Cita de Roosevelt

"Ningún país, sin importar su riqueza, puede permitirse el derroche de sus recursos humanos. La desmoralización causada por el desempleo masivo es nuestra mayor extravagancia. Moralmente es la mayor amenaza a nuestro orden social" (Franklin Delano Roosevelt)

miércoles, 15 de noviembre de 2017

A ritmo de fado o flamenco: ¿qué hacemos si el Banco Central Europeo suprime el programa de compra de activos?


En julio de 2012 el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, anunció que su entidad haría todo lo posible por salvar el euro. Esas palabras bastaron para calmar los mercados y disipar la prima de riesgo. Aun así fue necesario que el Tribunal de Justicia Europeo respondiera las objeciones del Tribunal Constitucional Alemán y dos años más de deflación antes de que el emisor europeo se animara a aplicar las llamadas políticas de flexibilización cuantitativa a través del Programa de Compra de Activos (o APP por las siglas en inglés Asset Purchase Programme). El programa asignaba el 90% a la compra de bonos del tesoro y otras agencias reconocidas y el 10% a emisiones de organizaciones internacionales y bancos de desarrollo multilaterales. También establecía un límite cuantitativo del 33% sobre el total de las emisiones. Las compras siempre se hacen en el mercado secundario para que la ficción de que los precios se forman en los mercados pudiera mantenerse y de ellas debían encargarse los bancos centrales nacionales en un 80%.

El programa ha inyectado más de 80 mil millones de depósitos al mes en la zona euro aunque el ritmo ha caído a 60 mil millones al mes. Pese al triunfalismo y los comentarios ufanos de cierta prensa y de las jerarquías comunitarias, ha tenido una importancia limitada. Los programas de flexibilización cuantitativa, como ha explicado recientemente un importante trabajo publicado en el boletín del Banco de Inglaterra, simplemente canjean unos activos por otros. Es decir, los bancos centrales compran deuda pública, que paga un interés, y entregan a los inversores cuentas de depósitos en los bancos comerciales con la esperanza de que estos fondos se inviertan en la economía productiva. Es bastante probable que una parte se destinara a la especulación bursátil y que otra se dedicara a la devolución de préstamos para reparar los balances de las endeudas empresas europeas. Una expansión fiscal habría sido mucho más eficaz.

A pesar de todo es innegable que parte ha debido ir a inversiones reales. Sin embargo el efecto más interesante ha sido que ha permitido a los gobiernos como el español seguir ejecutando un gasto fiscal deficitario. Mejor era un estímulo capado en su eficacia que nada. Gran parte de la recuperación económica de España a partir de 2014 se debió precisamente a la posibilidad de incumplir los objetivos de déficit gracias al apoyo del BCE.

Otro efecto positivo es que los bonos comprados han acabado en el balance del Banco de España ayudando a hacer más sostenible nuestra deuda exterior. Hemos comprado bonos a bancos alemanes y franceses y a cambio estos han obtenido cuentas de reservas en sus respectivos bancos centrales. La contrapartida a estas compras ha sido un incremento de los saldos negativos del Banco de España en TARGET2, el sistema de compensación de pagos del Eurosistema, pero estos no devengan intereses y no son pasivos exigibles a diferencia de las emisiones del Tesoro.



Sin embargo en el pecado las autoridades europeas llevan la penitencia. Al limitar las emisiones de deuda hemos llegado a un punto en que al BCE se le están acabando los títulos disponibles para comprar. De hecho para algunos países los bancos centrales ya han excedido los límites consentidos por el programa APP (a lo que el BCE ha hecho la vista gorda, demostrando que prefiere violar los tratados y sus propias normas antes que dejar que se caiga el tinglado de la moneda común).

En el escenario actual de cierta recuperación económica y aproximación cuando no rebasamiento de límites de adquisición de activos muchos pronostican que el BCE reducirá el ritmo de compras en los próximos meses. Añadamos a esto que el mandato de Draghi está cercano a su fin y que es más que probable que se imponga un candidato alemán, Jens Wiedmann, conocido por su intransigencia y hostilidad al programa de flexibilización cuantitativa. Es posible que el APP se cancele en 2018.

En esas circunstancias la economía europea empezará a parecerse a un bajel que no puede navegar por falta de viento. Ante este escenario de calma chicha la presión de los mercados sobre la deuda pública española puede regresar. Es improbable que el gobierno de Rajoy no insista en su continuación pues es conocido su comportamiento obsequioso ante los alemanes y que hará cuantas genuflexiones sean necesarias para colocar a Guindos como vicepresidente de la entidad. Por tanto la presión para que España reduzca el gasto público o suba los impuestos en 2018 aumentarán. El retorno a la austeridad puede acabar con el ciclo de crecimiento económico, que pese a su evidente inequidad social, permite un crecimiento del PIB y una creación de empleo de baja calidad.

Si un gobierno de izquierdas lograra desalojar al gobierno de derechas ¿qué política debería tomar si el BCE abandona el APP y quiere acometer un ambicioso programa de creación de empleo público y mejora de las políticas sociales?

Sabemos que la izquierda se ha congratulado por una supuesta superior gestión del gobierno socialista de Portugal, que ha conseguido reducir su déficit fiscal a la vez que hacía políticas más sociales. Aquí la izquierda demuestra ser prisionera del pensamiento económico neoclásico y carecer de discurso propio. En realidad, cuando una economía está lejos del pleno empleo, lo que procede es aumentar el déficit público, no reducirlo. Este es la conocida como primera ley de finanzas funcionales postulada por Abba Lerner basada en evaluar el déficit no por el guarismo que representa la fracción sobre el PIB sino por sus impactos en la economía real. Portugal, con una tasa del 9,5%, al igual que España, está muy lejos del pleno empleo.

Al ignorar los criterios de las finanzas funcionales la izquierda cae en la llamada falacia de Robin Hood, la creencia de que se pueden ejecutar políticas sociales sin aumentar el déficit mediante el sencillo mecanismo de subir los impuestos a los ricos. Si bien la diferencia entre la propensión marginal a consumir de los ricos —más baja— y la de los pobres —más alta— puede tener un pequeño expansivo, este sería insuficiente para sacar a España de una profunda recesión causada por unos deteriorados balances en el sector privado y que se manifiesta en una altísima tasa de desempleo. Es fundamental entender algo que a los jerarcas de Bruselas no les entra en su limitada imaginación: el déficit del sector público es el ahorro del sector no público. En este momento el sector privado necesita ahorrar, reparar sus balances, y el estado tiene la obligación de llenar la brecha en el gasto agregado que dejó desocupado el sector privado.

Un nuevo gobierno de izquierdas deberá pues elegir entre someterse a su fatal destino (el fado portugués) o ponerse flamenco ante las autoridades de Bruselas. En nuestra opinión un nuevo gobierno de progreso debería evitar las suertes de Portugal y del Gobierno de Syriza. El primero se ha mostrado sumiso y el segundo inicialmente rebelde pero, desprovisto de una hoja de ruta clara, poco tardó en rendirse ante los chantajes del Eurogrupo y el BCE.

Un gobierno eficaz debe portarse con osadía y astucia. En primer lugar debería exigir una extensión del programa APP ampliando tanto los límites cuantitativos como su duración. Pero además el gobierno debe suministrar los activos que necesita comprar el BCE emitiendo nueva deuda. Por tanto el Gobierno de España debería incumplir los límites de déficit. El Pacto de Estabilidad y Crecimiento no lo permite pero existe un pequeño resquicio. El PEC fue flexibilizado para que tuviera en cuenta los períodos de dificultad económica. Los gobiernos pueden alegar que el déficit obedece a una circunstancia inusual, a una grave recesión económica o una circunstancia temporal ya que «las previsiones indican que el déficit disminuirá por debajo del valor de referencia tras la finalización de la circunstancia inusual o recesión». Es evidente que el gobierno de Rajoy debería haber clamado al cielo ya que se le exigía un ajuste demasiado rápido en una situación catastrófica.

No podemos olvidar que la UE exige que se tenga en cuenta la evolución del déficit estructural. La regla de oro, consagrada en los pactos europeos y en nuestra constitución mediante la reforma exprés del artículo 135, exige que el déficit estructural sea inferior al 0,5% del PIB o al 1% si la deuda está por debajo del límite del 60%. El ‘déficit estructural’ corresponde a una hipotética situación de pleno empleo. El problema es cómo se define ésta. Si aceptamos que una tasa de desempleo no aceleradora de la inflación (NAIRU) del 16% es pleno empleo entonces estamos perdidos. Pero si luchamos por exigir que una definición de pleno empleo es el 2%, como tiene Islandia actualmente, entonces es evidente que nuestro déficit estructural está sobreestimado y existe más margen para reducirlo. Es conveniente aclarar que no creemos en el principio neokeynesiano de que el déficit fiscal debe estar equilibrado a lo largo del ciclo económico. La posición normal de un gobierno es tener un déficit fiscal si se pretende evitar una recesión. Pero las reglas de juego son otras.

Si, pese a estas buenas razones, las autoridades de Bruselas amenazan con imponer la multa prevista en los tratados por incumplimiento del PEC en el brazo corrector, creemos que es mejor anunciar que el Gobierno la pagará pero que seguirá en su intención de incumplir los límites cuantitativos de déficit y deuda ante la situación de alarma social y económica existente.

Sin embargo, como ha comprobado el gobierno de Syriza, el poder efectivo lo tiene quien controla el BCE. Si el emisor decidiera no comprar nuestra deuda pública un programa de expansión del déficit sería imposible. Por eso nuestra recomendación a ese futuro gobierno de izquierdas es exigir una reforma de los tratados que obligue al BCE a comprar toda la deuda pública emitida sin imponer límites cuantitativos al gasto público. También debería luchar por eliminar los límites arbitrarios del Tratado de Maastricht. Si eso no es posible debe negociar una ampliación de los límites.

A largo plazo un gobierno de izquierdas convencido de la bondad del proyecto europeo debería pedir la creación de una instancia federal que ejecute una política fiscal común. A fin de aclarar las dudas entendemos que una unión fiscal no tiene nada que ver con lo que propone Alemania: un reforzamiento de la supervisión europea sobre nuestras cuentas públicas acompañado de un fondo monetario europeo de carácter anticíclico. Una unión federal significa dotar a una instancia como la Comisión Europea de un presupuesto equivalente a entre el 15 y el 20 por ciento del PIB europeo que pueda por tanto ejercer modificaciones discrecionales del gasto público de suficiente amplitud para compensar las oscilaciones inevitables del gasto agregado del sector privado e incluso transferir rentas a zonas en crisis.

Estas propuestas son contrarias a los intereses de Alemania y, en el entorno político europeo actual, en el que al frente de los gobiernos de los principales países se sientan políticos conservadores o neoliberales, es improbable que sean aceptadas.

Si el flamenco no es posible y el futuro gobierno de izquierdas prefiriera el ritmo de fado no podrá ejecutar las políticas que sus votantes esperan de ellos causando un nuevo desencanto entre sus bases electorales. Eso es lamentable pero no fuimos nosotros quienes animamos a los políticos españoles a entregar nuestra soberanía monetaria a un organismo multilateral que se adhiere a los dogmas neoliberales. La unión monetaria y económica europea es como un pasillo con muchas puertas a la derecha pero pocas a la izquierda que además dan a habitaciones muy estrechas.

martes, 31 de octubre de 2017

Mientras mirábamos a Cataluña

Editorial publicado en Red MMT originalmente  el pasado 16 de octubre

Mientras la opinión pública doméstica e internacional contemplaba atónita cómo el Gobierno de España y la Generalitat se disputaban los residuos de soberanía que quedaban en la periferia europea ha pasado inadvertida para la mayoría una disputa mucho más importante para el futuro de la zona euro. Cuando Macron ganó las elecciones los europeístas respiraron aliviados pensando que la derrota de Le Pen salvaría el proyecto europeo. Macron es un exitoso producto de la mercadotecnia de las elites que ha asumido el compromiso de profundizar las “reformas estructurales” de carácter neoliberal que el último país estatista de Europa se resistía a adoptar. Su reforma de la legislación laboral destinada a derrumbar la protección a los derechos de los trabajadores y así acercarse al modelo español lo demuestra. Pero además de campeón neoliberal, los euroentusiastas confiaban en que sería el socio adecuado para restablecer el equilibrio en ese eje franco-alemán que se supone central en la construcción del proyecto europeo. Macron acompañaría al presidente de la Comisión Europea Jean Claude Juncker en el avance de una serie de tímidas reformas que deberían ayudar a la zona euro a responder mejor ante una crisis. Sin embargo, la construcción europea se parece cada vez más al fútbol, ese juego en el que participan veintidós jugadores y casi siempre gana Alemania.

La semana pasada Alemania ha proferido su adverbio favorito a todas las propuestas que supuestamente asegurarían la viabilidad del proyecto europeo: «Nein!». Ni siquiera la jubilación de Schäuble va a conseguir una flexibilización de las posturas alemanas. Pero ¿cuáles eran esas medidas por las que supuestamente abogaba Macron y la Comisión Europea?

Creemos que los euroentusiastas, por desconocimiento de la teoría moderna de la moneda, sobrevaloraban su importancia. Sin embargo algunas podían ir en la buena dirección. La propuesta más relevante, que nosotros no compartimos, era crear un presupuesto de defensa europeo y una fuerza de intervención con capacidad de intervención. Quizás se ocultaran en los planes de Macron un intento de desarrollar un keynesianismo militar dotando a un embrión de gobierno federal con un mínimo presupuesto. Hemos explicado anteriormente que una unión monetaria solo puede ser plenamente operativa si se acompaña de una instancia federal con capacidad de ejecutar un presupuesto y actuar de forma anticíclica. Que se trate de conseguir esto por la puerta trasera aprovechando temores de amenazas a la seguridad demuestra que el proyecto europeo tiene cada vez menos proyectos ilusionantes que ofrecer. La respuesta de Alemania ha sido un sonoro «Nein!».

Otro proyecto querido por los reformistas del euro ha sido la creación de un seguro de desempleo europeo. Esta idea de nuevo podría contribuir a dar viabilidad al euro ya que, si se desarrollara plenamente implicaría un aumento del gasto público en aquellas zonas con mayores tasas de paro. Pero hay que matizar que la idea tendría un alcance muy limitado pues solo beneficiaría a trabajadores que ya hubiesen cotizado previamente al plan europeo lo cual quiere decir que nuestro ejército industrial de reserva tendría que seguir cobrando de nuestra Seguridad Social. Pese a todo, la propuesta tenía algún mérito. De nuevo Alemania ha dicho «Nein!».

Por último la idea de los bonos europeos. Esa solución sigue fascinando a los reformistas del euro porque se supone que reduciría los costes de deuda de los países periféricos al mutualizar los riesgos. Pero ese efecto ya lo consigue el Banco Central Europeo simplemente comprando la deuda de los estados en los mercados gracias a los programas de compras de activos. La propuesta ha recibido otro «Nein!» como respuesta.

Alemania empieza a recordarnos a los niños de corta edad que solo utilizan el adverbio negativo ante cualquier pregunta por defecto no sea que les cuelen los adultos algo que no quieren. Macron ha sido comparado con un macaron por su aspecto y lenguaje empalagoso pero nulo contenido en nutrientes, tuétano y sustancia. Su incapacidad de hacer frente a Alemania demuestra que efectivamente la analogía le sienta bien.

¿Qué quiere Alemania para Europa? Básicamente que ante la próxima crisis Europa solo tenga el mismo instrumento que utilizó en la anterior: el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), es decir ayudas financieras acompañadas de medidas de austeridad draconianas que traten de encerrar los parámetros de deuda y déficit públicos en la estrecha cochiquera que se diseñó en el Tratado de Maastricht. Hemos explicado repetidas veces que estos límites son imposibles de conseguir en una depresión y que solo sirven para obstaculizar la recuperación económica.



El presidente del Banco Central Europeo (BCE) Mario Draghi se ha mostrado pragmático y eficaz en su misión de salvar el euro, pero será sustituido el año que viene probablemente por Jens Wiedmann, un intransigente defensor de las terapias de electrochoque fiscal. Es además probable que las compras de activos que han mantenido a flote nuestra deuda pública se vayan reduciendo dado que ya se han agotado los límites máximos que el BCE se había autorizado a sí mismo: un 33% del stock existente. En estas circunstancias podemos esperar una subida de los rendimientos exigidos a nuestra deuda pública (la famosa prima de riesgo, una pariente cercana de los bond vigilantes). Rajoy ha decidido no acudir a la reciente cumbre europea de Estonia porque prefería concentrarse en aplastar sediciones en Cataluña, y por tanto quizás no se esté enterando de mucho. Cuando levante la vista y contemple los resultados de la obra de su admirada Merkel, a la que nunca se opondrá, quizás se quede aún más pasmado de lo que suele estarlo. La prima de riesgo habrá vuelto y con ella el desempleo galopante, enemigos que, en el cantar de gesta del Partido Popular que TVE nos narra en los telediarios, Rajoy había conseguido derrotar. Menos mal que le quedará el atontamiento del público con proclamas patrióticas y agitar de banderas para ganar las elecciones. Los discursos identitarios, empleados por diferentes niveles de administración pública, se retroalimentan exaltando las pasiones pero consiguen su efecto: relegar a un segundo plano la justicia social. Las banderas no hacen a los países soberanos, solo enfrentan a las clases populares por las migajas que el marco institucional disfuncional de esta Europa irreformable nos permitirá repartir… si los mercados lo permiten.

domingo, 24 de septiembre de 2017

RECUPERAR EL ESTADO: LO QUE NINGÚN IZQUIERDISTA DEBERÍA PERDERSE


LUGAR: ECOO, C/Escuadra 11, Madrid
FECHA: 28 DE SEPTIEMBRE DE 2017
HORA: 18:30



La crisis del orden neoliberal ha resucitado una idea política que se creía que estaba destinada a la basura de la historia. El Brexit, la elección de Donald Trump, y la reacción neonacionalista, anti-globalización y antiestablishment que se han apoderado de Occidente revelan el anhelo por una reliquia del pasado: la soberanía nacional.


En respuesta a este desafío contemporáneo, el economista William Mitchell y el politólogo Thomas Fazi reconceptualizan el estado nacional como un vehículo para el cambio progresista. Nos muestran cómo, a pesar de los estragos del neoliberalismo, el estado todavía detenta los recursos necesarios para el control democrático de la economía y las finanzas de una nación. El giro populista ofrece una apertura para desarrollar una ambiciosa pero viable estrategia política de izquierda.


RECUPERAR EL ESTADO ofrece un análisis político urgente, provocativo y clarividente de nuestra situación actual, y presenta una estrategia integral para revitalizar la economía progresista en el siglo XXI.
WILLIAM MITCHELL

es Profesor de Economía y Director del Centro de Empleo y Equidad en la Universidad de Newcastle, Australia. Es autor de varios libros como La Distopia del Euro (Lola Books, 2016) y Reclaiming the State (Pluto, 2017). Se le considera como uno de los principales economistas heterodoxos y sus ideas han sido adoptadas por el Partido Laborista.

THOMAS Fazi

es escritor, periodista, traductor e investigador. Sus artículos han aparecido en numerosas publicaciones. Es el autor de The Battle for Europe (Plutón, 2014) y coauthor de Reclaiming the State (Pluto, 2017).

lunes, 18 de septiembre de 2017

El Fondo Monetario Europeo: otro peldaño hacia el régimen colonial

Artículo publicado originalmente en el blog de Fundación Alternativas

Distraídos como estamos por los eventos cargados de tensión política, tonalidades épicas y negros augurios sobre la ruptura de España, otro evento que amenaza más seriamente la soberanía del pueblo español está pasando inadvertido. Si Merkel y Schäuble se salieren con la suya poco importaría que Cataluña se independizara de España porque la soberanía de ambos pueblos habrá quedado definitivamente suprimida. ¿Les parece una afirmación exagerada? Sigan leyendo.

La soberanía monetaria ya fue imprudentemente cedida al Banco Central Europeo a finales del siglo pasado con nefastas consecuencias para la sostenibilidad de nuestras cuentas públicas. Los economistas de la teoría monetaria moderna advirtieron entonces de los peligros de no completar la unión monetaria con una unión fiscal ejercida desde una instancia federal (Wray, 2012). Privados del respaldo de un banco central, los estados se exponían a que su deuda no fuera aceptada en los mercados. Las insensatas y arbitrarias limitaciones establecidas por el tratado de Maastricht al gasto público que pretendían paliar esta carencia, además de imposibles de cumplir, se revelaron como puro pensamiento mágico que dificultaría que un aumento del gasto público deficitario nos sacara de futuras crisis. Simplemente, arrebatados por su fe en el destino manifiesto de una unión europea neoliberal, Jacques Delors y quienes impulsaron el proyecto de unión monetaria sin unión fiscal desconocían cómo funcionan los sistemas monetarios modernos.

Así aconteció que el estado español se convirtió en rehén de los mercados financieros y de las imposiciones políticas procedentes de Bruselas, Berlín y París cuando llegó la crisis de 2008. En 2011 el presidente Zapatero se vio obligado por Merkel, Sarkozy, Trichet y Barroso a abandonar el plan de estímulos lanzado en 2009 —el denostado Plan E que realmente funcionó y había empezado a sacarnos de la crisis. El giro a la austeridad, la implantación de un programa de reformas de corte neoliberal y la reforma exprés del artículo 135 de la constitución española fueron las condiciones para que el BCE comprase nuestra deuda pública en los mercados secundarios y evitase nuestra insolvencia. El giro a la austeridad de 2011 explica que España tardase 36 trimestres en recuperar el volumen de producción que tenía en 2008, la crisis más larga de nuestra historia.

Últimamente los dirigentes europeos empiezan a hablar de “unión fiscal”. ¿Han aprendido los dirigentes europeos las lecciones de la crisis? No nos hagamos demasiadas ilusiones porque el lenguaje que emplean en Bruselas es polisémico y ambiguo cuando no engañoso. Se nos informa de que la Comisión Europea y algunas capitales coinciden en la necesidad de impulsar un Fondo Monetario Europeo (FME). La idea fue propuesta en marzo de 2010 por Thomas Mayer y Daniel Gros, economistas alemanes, en The Economist (Mayer & Gros, 2010). La nacionalidad de los autores, la ideología de la revista y el título del artículo “Disciplinary Measures” inspiran desconfianza y, efectivamente, los peores augurios se confirman cuando se lee el texto: un fondo de rescate a cambio de sometimiento a la disciplina fiscal impuesta por los países del Norte. El resultado de la propuesta se convirtió en el Mecanismo Europeo de Estabilidad, el cómplice del FMI que perpetró los programas de asistencia financiera a los países rescatados en la periferia europea.

Bruselas y las élites europeas están muy satisfechas con los resultados —no tanto los trabajadores y parados empobrecidos del sur de Europa— y ahora los responsables de la Comisión Europea (CE) pretenden rescatar las siglas originales. Pero un FME no es una instancia federal, es una mera réplica del FMI, mecanismo creado por el sistema de Bretton Woods para gestionar un sistema de tipos de cambio basado en el patrón oro. Según un documento publicado por la CE en abril, el FME aportaría líneas de liquidez a los estados miembros en dificultades y además serviría como instrumento de último recurso para la unión bancaria (Comisión Europea, 2017). La idea está siendo impulsada por el Comisario Moscovici como antesala a lo que por esos lares se entiende por “unión fiscal”.

La cuestión es quien controla el FME. Los alemanes no han tardado en quitarle el nuevo juguete a la Comisión. Nos cuenta El País que el ministro alemán de Economía, Wolfgang Schäuble, apoya el plan para transformar el Mede en el FME tras las elecciones alemanas (Pérez, 2017). Reuters cuenta que Schäuble abogaba por sacar al FMI de futuros rescates y se mostraba dispuesto a considerar la transformación del MEDE en el nuevo FME. Para Schäuble el Brexit es una oportunidad para avanzar con la integración europea: «necesitamos velocidades flexibles, agrupaciones variables de países, “coaliciones de los dispuestos”». Fiel al pensamiento gregario europeo, para Schäuble el problema sigue siendo la falta de reformas estructurales. «No hay carencia de deuda en el mundo ni carencia de liquidez de los bancos centrales. Sin embargo, hay falta de productividad y competitividad en muchos países porque las reformas necesarias no se han realizado» (Reuters, 2017).

En Román paladino, el FME daría financiación a países en dificultades a cambio de disciplina fiscal al gusto germánico y condicionada a más reformas estructurales. Recordemos que en la jerga de los técnicos de los organismos multilaterales y los economistas de la escuela dominante, ‘estructural’ es una palabra polisémica que se utiliza como justificación de todo tipo de desmanes. Estructural puede significar que hay “rigideces” en un mercado de trabajo que se equipara al de las patatas. Estructural también puede significar que hay poca competencia y que es necesario liberalizar un sector para destruir todo el tejido de PYMES y sustituirlas por oligopolios que optimizan sus costes destruyendo cuanto empleo sea posible. Estructural, también es un problema de ineficiencia del sector público que se resuelve vendiendo todas las empresas públicas.

La idea de Schäuble es arrebatar a la Comisión la supervisión fiscal y otorgarle el control presupuestario a esa nueva institución. Parece ser que Berlín mira con desdén a Bruselas a la que considera poco exigente en el cumplimiento de las reglas fiscales. Alemania quiere reglas y disciplina. La idea sería reservar un derecho de veto a Alemania, Francia e Italia. España se ve que pertenece a otra liga que la inhabilita para disfrutar de ese privilegio. Es decir, si ante la siguiente crisis económica España tuviera que solicitar ayuda del FME, vería suprimida su soberanía fiscal. En tal caso mejor sería cerrar las Cortes definitivamente.

Nuestro concepto de unión fiscal es bien distinto. Una unión fiscal verdadera consistiría en la creación de una instancia federal europea que tuviera la capacidad de administrar un presupuesto muy superior al actual equivalente al 2% del PIB. Siguiendo a Hyman Minsky, una buena regla sería que esa instancia federal gestionara una cifra parecida al total de la inversión, es decir, entre el 15% y el 20% del PIB europeo. La elección de esta cifra se debe a que la inversión es la partida más volátil del PIB. Cuando se produce una recesión la inversión suele caer con mayor intensidad que el consumo que suele ser más estable. Si la instancia federal europea gestionara un presupuesto del orden de magnitud propuesto una caída de la inversión en el sector privado podría ser inmediatamente compensada con un aumento de las transferencias a las zonas en crisis.

No hace falta recordar que Alemania no está dispuesta a contemplar un presupuesto para la Comisión Europea que permitiera transferencias de rentas hacia otros países. Prefiere seguir financiando su superávit comercial con préstamos al resto del mundo. Pero la renuencia germana está bien acompañada del pensamiento gregario dominante en Europa. La doctrina europea sigue sin entender que el déficit fiscal es una necesidad permanente de cualquier economía en la que los ciudadanos desean ahorrar. Es sorprendente que les cueste tanto aprehender un concepto tan sencillo: la deuda pública es igual al ahorro del sector no público. Estamos pues lejos de llegar a una unión fiscal real y lo que se está postulando es un remedo acompañado de cilicios y otros instrumentos disciplinarios. La posibilidad de que Alemania, Francia e Italia tengan la capacidad de vetar las decisiones de inversión nos hace pasar de la alarma al pánico.

Los dirigentes europeos negocian a nuestras espaldas y, entretanto, el Gobierno de Rajoy, lejos de defender nuestra soberanía, nos distrae con su épica batalla con los nacionalistas catalanes. Rajoy es uno de esos dispuestos de los que hablaba Schäuble. El defensor de la integridad de la soberanía nacional no titubeará en vender los restos de nuestra soberanía en un acto de lesa patria a cambio de una pequeña guinda, o mejor dicho, un Guindos al frente del BCE.

Referencias


Comisión Europea. (2017). REFLECTION PAPER ON THE DEEPENING OF THE ECONOMIC AND MONETARY UNION. Bruselas. Retrieved from https://ec.europa.eu/commission/sites/beta-political/files/reflection-paper-emu_en.pdf

Mayer, T., & Gros, D. (2010, febrero 18). Disciplinary measures. The Economist. Retrieved from The Economist: http://www.economist.com/node/15544302

Pérez, C. (2017, septiembre 9). Bruselas impulsa su propio Fondo Monetario para apuntalar el euro. El País. Retrieved from El País: https://economia.elpais.com/economia/2017/09/09/actualidad/1504974819_563129.html?id_externo_rsoc=TW_CC

Reuters. (2017, abril 20). Germany's Schaeuble: ESM could turn into European monetary fund. Retrieved from Reuters: http://www.reuters.com/article/us-imf-g20-germany-eurozone/germanys-schaeuble-esm-could-turn-into-european-monetary-fund-idUSKBN17M1RT

Tetlow, G., Donnan, S., & Brunsden, J. (2017, abril 23). EU policymakers revive push for European Monetary Fund. Retrieved from Financial Times: https://www.ft.com/content/8d4b3414-2756-11e7-8995-c35d0a61e61a

Wray, L. R. (2012, julio 8). MMT, The Euro and The Greatest Prediction of the Last 20 Years. Retrieved from New Economic Perspectives: http://neweconomicperspectives.org/2012/07/mmt-the-euro-and-the-greatest-prediction-of-the-last-20-years.html