Cita de Roosevelt

"Ningún país, sin importar su riqueza, puede permitirse el derroche de sus recursos humanos. La desmoralización causada por el desempleo masivo es nuestra mayor extravagancia. Moralmente es la mayor amenaza a nuestro orden social" (Franklin Delano Roosevelt)

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lunes, 29 de febrero de 2016

Plan B Europa: cantos de sirena desde la izquierda

Artículo publicado en la sección Luces Rojas del Diario Infolibre el pasado 29/2/2016.


Mucho ruido y pocas nueces, así puede resumirse lo vivido este pasado fin de semana en Madrid. El carismático economista y ex-ministro de finanzas griego Yanis Varufakis encabezó la cumbre social celebrada bajo el lema “un plan B para Europa contra la austeridad y por la revolución democrática”, que ha congregado a movimientos y partidos políticos progresistas europeos en múltiples foros, conferencias y talleres donde se ha tratado de todo menos de un Plan. Si se quiere disputar a las instituciones europeas el poder, mucho debe cambiar la narrativa de la izquierda del Viejo Continentepara elaborar un programa coherente y radical con el que convencer a la población.

Algún ponente lamentó que el evento no supusiese más que una pérdida de esfuerzos y tiempo en el empeño en democratizar la Unión Europea en vano, recordando incluso a un adalid del neoliberalismo como fue Friedrich von Hayek. El economista austriaco postulaba una federación que permitiese el libre movimiento de trabajadores y capitales entre los países miembros. Esto impediría a los Estados la imposición de costes sobre los negocios que excediesen los que fuesen impuestos por otros socios, atando así de pies y manos la propia gobernanza nacional; una visión premonitoria de esta Europa de los mercaderes. Éric Coquerel, coordinador del Parti de Gauche francés, objetó ante unos asistentes envueltos en una estéril retórica internacionalista que la soberanía popular sigue canalizándose a través del Estado-nación, y que poner sobre la mesa un verdadero plan B es amenazar a las instituciones europeas con un conjunto de medidas unilaterales.

Esperar que los ciudadanos del conjunto de la Unión Europea aprueben los dictados democratizadores de los países de la periferia es cuanto menos ingenuo.


La salida o no salida del Euro estuvo presente en el conjunto de las conferencias y ponencias, quedando patente la posición más sopesada ante una posible salida de griegos, franceses y portugueses frente al tabú que parece ser debatir sobre este tema en España, donde, si acaso, se concibe vagamente una expulsión por el incumplimiento de los Tratados; pero, la unanimidad mostrada en favor del acuerdo alcanzado en el Consejo Europeo para aplacar a Cameron nos sugiere que el propósito real es continuar dentro de la federación hayekiana.

Como bien se ha expuesto a lo largo de la cumbre y estamos totalmente de acuerdo, necesitamos otro modelo energético, otro modelo social que garantice los derechos y avanzar hacia una economía feminista, verde e integradora, sin dejar a nadie atrás. Sin embargo esto no se puede hacer en una arquitectura institucional en la que están divorciadas las políticas monetaria y fiscal. Mantener la separación de ambas es aceptar que nos resignamos a un sistema en el cual la democracia hinque su rodilla en el suelo ante la tiranía de los mercados.

Pese a la voluntad patente de elaborar propuestas con la que nace este proyecto, no creemos ver nada nuevo en el modo de construir un discurso con el que afrontar el conflicto con las instituciones europeas sobre principios claros. Sin la comprensión de por qué un Estado dotado de soberanía monetaria puede mantener una deuda pública tan amplia como sea necesario, el grueso de las iniciativas debatidas se mueven irremediablemente en el espacio de la ampliación o flexibilización del margen obligado por los Tratados.

Así se ha propuesto una financiación de los gastos públicos víaaumento de impuestos a las grandes fortunas, cuya efectividad, siempre limitada a lo que se recaude, depende del control de capitales, cuestión ardua como ninguna otra.

La trampa en que cae la izquierda es aceptar el discurso neoliberal de la necesidad de unas reglas de estabilidad presupuestaria, aunque éstas sean moduladas. Aumentar los impuestos para incrementar el gasto social puede tener un efecto redistributivo, pero no por ello amplía el espacio fiscal, pudiendo tener un efecto netamente contractivo. La moneda es poder, señaló quien fue coordinador del Bloco d'Esquerda portugués, Francisco Louça, y es algo con lo que no podemos estar más de acuerdo. En diferentes momentos se expuso en la cumbre la noción de la imposibilidad de que una moneda funcione sin Estado, de lo pernicioso para la operatividad misma del Capitalismo de la “desnacionalización del dinero”, o el perjuicio que supone que las políticas públicas dependan de la financiación en los mercados.

Pero la cuestión de la soberanía se escamotea y las propuestas de una política fiscal común no pasan de un escuálido banco europeo de inversiones.

Aún peor que quedarse ahí son los desafortunados casos en que se ha escuchado como ejemplo de monetización de deuda el “Quantitative Easing”, que ha servido para bajar la prima de riesgo de los bonos de los Estados mediante la compra de éstos a los bancos privados por el Banco Central Europeo, puro agiotaje. La evidencia es que este tipo de herramientas de política monetaria sirven para bajar los intereses, si bien no llevan a estimular por sí mismas la demanda ni mucho menos producen inflación, objetivo para el cual también se han planteado con nulos resultados. En este asunto mantiene una mayor lucidez el ex-diputado de Syriza, Costas Lapavitsas, quien recriminó ante los allí presentes que, aunque la izquierda se auto-engañe con la posibilidad de reformar el Euro, solo aquéllos Estados-nación que mantengan su soberanía alimentaria o energética podrán mantenerse firmes ante el chantaje de las instituciones europeas ante una eventual transición hacia otra moneda, como sugiere la brillante economista Özlem Onaran.

Nos entristece comprobar que los planteamientos del pretendido Plan B discurran por las fronteras impuestas por unas políticas de equilibrio presupuestario. También nos sorprendió que no se tomara en consideración el control público del Banco Central para dotar a los estados de autonomía en materia fiscal. Incluso dentro de la Eurozona, a falta de una verdadera unión fiscal, podría ser posible que los Estados ganaran cierto margen con una financiación directa del BCE, pero estas soluciones exigen modificaciones de los Tratados y procelosas negociaciones desde posiciones de debilidad.

La interpretación neoliberal adolece de serias falacias, pero tiene la virtud de ser coherente con unos intereses de clase. La confusión y el precario conocimiento en la sociedad sobre el funcionamiento de una Economía Monetaria de Producción juegan en su favor; la batalla de las ideas está perdida y ésta es la gran tragedia de la izquierda. Quizás por el popular aborrecimiento de la banca, por razones de peso, se llega a exponer en un evento como este que la actividad bancaria es una mera intermediación entre ahorradores e inversores. Esto no es cierto, los bancos tienen capacidad de crear dinero con un mero apunte contable, sin necesidad de que este dinero esté respaldado por depósitos previos u oro, como algunas personas aún creen que ocurre. Las proposiciones pintorescas a las que lleva la pobre comprensión del negocio bancario como que la concesión de créditos se ajuste a sus reservas provocarían que fuese prohibitivo el crédito a pequeños negocios y familias, lo que polarizaría aún más la sociedad. ¿No sería más razonable proyectar una regulación más solvente para controlar los abusos y excesos de los bancos privados? No comulgamos con propuestas carentes de sentido práctico del tipo muerto el perro se acabó la rabia, no es una solución real.

Echamos en falta en las sesiones de Plan B una discusión sobre un sector público de mayor ambición, al que se reduce a un papel exclusivamente redistributivo incapaz de ligar la creación de empleo y sostenibilidad ambiental como objetivos simultáneos de una política económica, o el pleno empleo con la estabilidad de precios, habitualmente presentados de forma antagónica. Un Estado dotado de soberanía monetaria tiene la capacidad de movilizar los recursos ociosos de su economía y de desincentivar ciertos consumos mediante impuestos. Cuatro décadas de dominio ideológico neoliberal han llevado a que la izquierda ignore la capacidad del sector público para liderar cambios tecnológicos, que se caracterizan por una incertidumbre radical que el sector privado tiende a evitar. El Estado tiene las herramientas para satisfacer necesidades insatisfechas por servicios que el sector privado no provee, y puede priorizar inversiones verdes y un modelo de consumo sostenible sin provocar que el empleo se vea resentido, utilizando los planes de trabajo garantizado como herramienta de política de rentas para acabar con la precariedad y como un eficiente instrumento en las políticas de igualdad.

La narrativa progresista europea debe encauzar el debate hacia la consecución de una Hacienda Funcional, explicando la necesidad de los déficits públicos para maniobrar en un espacio fiscal que debe ser delimitado por los recursos reales, y no por los financieros, permitiendo así buscar los fines a los que aspiramos como sociedad. Hay que transmitir a la ciudadanía ciertos principios que permitan despojarnos de los mantras que llevan a equívocos y provocan el temor infundado hacia determinadas políticas.

La carencia de un discurso económico alternativo sólidoconvertirá a los progresistas europeos en reos de sus propios titubeos e inconsistencias. Alberto Garzón reconoció que si la izquierda no es capaz de encauzar el descontento popular será la extrema derecha quien lo haga, merced a su discurso más sencillo y de fácil asociación, a la par que falso y lesivo para el interés común y las libertades individuales.

Como advirtiese Antonio Gramsci, la conquista del poder cultural es previa a la del poder político. La izquierda debe entender la importancia de la soberanía monetaria y perderle el respeto a dogmas establecidos, no plegarse a reglas presupuestarias y escapar de la arbitraria disciplina de unos mercados financieros que sirven a oscuros intereses particulares. Sin tal exigencia, no podrá plantear un Plan B para Europa sin perderse en laberintos que no llevan a nada, más que a desencantos, resignación y sufrimiento. ¿Construimos un Plan B o nos contentamos con darle vueltas a cómo suavizar el Plan A?









Esteban Cruz Hidalgo y Stuart Medina Miltimore

domingo, 14 de septiembre de 2014

España y el euro

Un artículo que escribí en El Diario resumiendo el debate que sostuvimos sobre el Euro en noviembre de 2013
España y el Euro

España lleva más de un lustro reptando por el fondo de una prolongada depresión, secuela del estallido de la burbuja inmobiliaria agravada por la crisis de deuda en la zona euro y la austeridad. Las cifras de la devastación son de sobra conocidas: más de un 25% de paro, 56% entre los jóvenes; una losa de deuda que obstruye el flujo de crédito a empresas y familias; unas cuentas públicas cada vez más deterioradas; más de 400.000 empresas desaparecidas; y un retroceso de las rentas y del consumo a niveles de los 90. El pasado 23 de noviembre el grupo Plan B, que busca alternativas a las políticas de austeridad, organizó un debate sobre la pertenencia de España al euro en el que participaron Josep Borrell, José Carlos Díez y Antonio Estella.
En la discusión se evidenció que la pertenencia al euro no genera unanimidad. Josep Borrell piensa que "la salida del euro no está en la agenda. Además" advierte "si saliéramos del euro la nueva divisa se depreciaría quizás más de un 30% pero la deuda seguiría denominada en euros y por tanto nos abocaría a un default". Borrell reconoce que estar fuera del euro tendría algunas ventajas porque tendríamos un banco central propio que actuaría como la Reserva Federal Americana que monetiza deuda y compra deuda para reducir los tipos de interés. "El problema es que ya estás dentro del Euro".
Antonio Estella discrepó sobre la irreversibilidad de nuestra pertenencia a la moneda única. "España debería haber dejado el euro en verano de 2012. Es verdad que ahora la cosa está más tranquila pero no se puede descartar que volvamos a entrar en recesión y la cuestión vuelva a abrirse. Además la salida del euro permitiría aplicar un programa intenso de reformas que es necesario y que ahora el euro no te deja aplicar. "
José Carlos Díez coincidió con Borrell en que "los costes de la salida del euro para España superan ampliamente los beneficios". Pero advierte "la gente ahora se cree las 13 palabras de Draghi pero la confianza dura hasta que desaparece;  en cualquier momento puede haber una restricción de crédito y una fuga de capitales intraárea".
Díez cuestionó el papel del euro en la génesis de la crisis. "Echarle la culpa de todo lo que está pasando hoy al euro no tiene sentido. Florida tuvo una burbuja inmobiliaria y una crisis bancaria porque los bancos dieron muchas hipotecas pero no estaba en el euro. Italia, que estaba en el euro, no ha tenido burbuja. Por tanto no echemos culpas al euro de cosas que no provocó".
Para Díez el problema es que Europa no funciona. "La ventaja de Florida es que comparte un fondo por prestación de desempleo y un fondo de garantía de depósitos con todos los EE.UU. Cuando la tasa de desempleo llegó al 12% hubo rentas que se transfirieron desde el resto de EE.UU. a Florida. Cuando los bancos de Florida cayeron entró dinero del fondo de garantía de depósitos. Ambas medidas pusieron un suelo a la caída. Lo que Europa no tiene y no se ve en la agenda es [un mecanismo de] transferencia de rentas y un programa de estabilización real para estabilizar el sistema bancario".
Para José Carlos Díez "hay que resolver la crisis bancaria porque hay muchas deudas que no se van a pagar. Para que la deuda griega deje de crecer el PIB tendría que crecer más que el de China" lo cual es inverosímil. "Por tanto hay que hacer una reestructuración de su deuda. Pero el gobierno alemán y otras instituciones europeas han sacado este tema de la agenda".
Hubo acuerdo entre los ponentes en que la gobernanza del euro, en palabras de Antonio Estella, "está mal parida. Hace falta más integración fiscal y bancaria".
Borrell lamenta que "la crisis ha debilitado la democracia europea. La carta de Tritchet lo prueba. Hay una profunda perversión de la democracia. Nos hemos encontrado con una institución monetaria dictándoles las constituciones a los pueblos. A esa perversión se le suma el pánico ante los mercados. Los líderes europeos hicieron tonterías por puro temor: el 2-pack, el 6-pack y toda la batería de normas que hemos creado no me gustan desde un punto de vista democrático. No sé si en el Parlamento Español se han enterado de a qué ha quedado reducido su papel".
Piensa Borrell que "la salida de la crisis debería pasar también por una reforma de las instituciones que hiciera que la gente se sintiera más representada y que las decisiones no cayesen en un cenáculo tecnocrático que los gobiernos trasladan al parlamento y que se aprueban por temor a los mercados. Los gobiernos extremadamente endeudados están a los pies de los acreedores. El FMI dice que los europeos han preferido evitar el 'default' de Grecia para preservar los créditos que los bancos le habían dado. Se fue retrasando la reestructuración de su deuda hasta que ésta ya no estaba en el balance de los bancos sino en el del BCE. Pero 'default' griego va a haber, explícito o implícito".
¿Qué sería necesario para que funcionara la unión monetaria europea? José Carlos Díez explica que "uniones monetarias ha habido en la historia. Las que funcionaron, como la alemana o la italiana, fueron las que tenían una gobernanza fuerte y una capacidad de toma de decisiones rápida y las que fracasaron fueron las que estaban en manos de instituciones como las que tenemos en Europa. La moneda es un papel, una convención. Si no lleva detrás una unión política no va a funcionar".
Estella coincide en este punto con Díez: "En los casos de las uniones monetarias alemana e italiana había previamente una unión política y por eso funcionaron. No hay ningún caso en la historia en que, sin esa voluntad firme y expresada de crear una unión política, funcione una unión monetaria. En el caso de Europa esa voluntad no existe".
Una salida involuntaria de España del euro no se pude descartar. José Carlos Diez advierte sobre la psicología de los mercados. "La pregunta en los mercados es "¿quién es el próximo?" Si sale uno del euro el mecanismo se activa. En ese momento Europa tiene que responder a dos preguntas y tiene que hacerlo rápido. Una: ¿cuántos países quiere que sigan en el euro? Y dos: ¿cuánto dinero está dispuesto a gastarse? Porque esto no va a salir gratis y este dinero va a salir de los contribuyentes. El problema es que en Europa siempre llegamos tarde a todo y con muy poca contundencia".
"Hay dos formas de salir del euro, una muy violenta que puede activar el Banco Central Europeo −ya ha amenazado dos veces con hacerlo en los casos de Chipre y Grecia− que es que te corte el acceso de tu banca a su sistema de financiación. Si te hacen eso es como cuando sale en el videojuego "Game Over". La segunda es no hacer nada. Llegaría un punto en que la propia sociedad le pediría a su clase política "sácame de aquí"".
"A mí me gustaría que el euro siguiera", concluye Díez. "España se ha transformado en los últimos 25 años y ahora tenemos un abanico de productos de exportación y Grecia no. Grecia necesita una devaluación de su tipo de cambio y volver a su nivel de competitividad. En el caso español e irlandés, nos equivocamos con la burbuja y el sistema bancario, pero, si quitas esas dos cosas, estos países tiene capacidad para seguir dentro del euro y crecer". Díez piensa que Grecia debería salirse del euro porque no le ofrecen un plan mejor.
Estella plantea el escenario de una salida voluntaria. "En un artículo Andrew Rose analiza todos los casos de salida de sistemas monetarios como 'currency boards' o 'pegs', etc. Su conclusión es que los estados que con más probabilidad salen de zonas monetarias –o sistemas similares- son estados ricos, grandes, y con democracias bien asentadas. España sí cumple con esos requisitos. Teniendo en cuenta que nuestras magnitudes son malas no entiendo por qué lo que aplica a Grecia no vale para España".
Jurídicamente Estella ve posible la salida. "La deuda soberana está sometida al ordenamiento jurídico del país emisor y por tanto se podría redenominar a la nueva moneda. Otra cosa es la deuda privada que suele estar sometida a las leyes y tribunales de Inglaterra y por tanto habría que estudiar caso por caso. Es falso que no te puedas ir del euro, no está prohibido en los tratados; existe un derecho de salida".
Jean Monet, uno de los padres de la construcción europea dijo que "los hombres no aceptan el cambio más que en la necesidad y no ven la necesidad más que en la crisis". Europa tiene necesidad de cambiar, la cuestión es saber si todos en Europa ven la necesidad.