Cita de Roosevelt

"Ningún país, sin importar su riqueza, puede permitirse el derroche de sus recursos humanos. La desmoralización causada por el desempleo masivo es nuestra mayor extravagancia. Moralmente es la mayor amenaza a nuestro orden social" (Franklin Delano Roosevelt)

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viernes, 5 de mayo de 2017

Tres alternativas para la zona euro

En este enlace pueden encontrar el vídeo de mi intervención en el Seminario de Economía Marxista, Poskeynesiana y Cuántica al cual el Prof. Julián Sánchez tuvo la gentileza de invitarme.


martes, 25 de abril de 2017

Tres Alternativas para la Unión Monetaria Europea

El profesor Julián Sánchez ha tenido la gentileza de invitarme el Jueves 27 de abril de 2017 para dar una presentación sobre alternativas para la unión monetaria europea en la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid.

Aquí tenéis el vídeo:


martes, 21 de marzo de 2017

España debe abandonar el euro inmediatamente y recuperar su soberanía monetaria



No se puede negar que la economía española lleva creciendo varios trimestres seguidos. He argumentado en artículos anteriores que la principal causa ha sido la voluntad del Gobierno de incumplir el mal llamado “objetivo” de déficit acordado con Bruselas. El gobierno ha estimulado el crecimiento con gasto fiscal deficitario a partir de 2013 para ganar las elecciones de 2015 con la aquiescencia de una Bruselas alarmada ante el ascenso de Podemos. No obstante, pido al lector que observe con un poco de detenimiento el siguiente gráfico.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos publicados por el INE


Es innegable que se ha producido un crecimiento económico desde que la insensata política de austeridad radical que nos impusieron Bruselas y el BCE fue suavizada. Sin embargo observen que todavía en el cuarto trimestre de 2016 no habíamos superado el nivel de producción alcanzado en 2008. ¡Treinta y cuatro trimestres después la economía española sigue produciendo menos que al inicio de la crisis! Probablemente ésta es la recuperación económica posterior a una recesión más lenta que se haya observado desde la Guerra Civil. En la anterior crisis económica iniciada en el último trimestre de 1992 la economía recuperó su nivel de actividad previo en tan solo siete trimestres. Pese a todo el triunfalismo exhibido por las autoridades españolas lo cierto es que nos enfrentamos a un fenómeno sin precedentes que debería avergonzarnos. Cuando la Comisión Europea proclama el éxito de las políticas de austeridad lo sorprendente es que no haya más economistas denunciando tamaña tergiversación de los hechos.


Las consecuencias de esta larga crisis han sido letales para las familias. Nuestra tasa de desempleo, más propia de un estado fallido de África que de un país de la OCDE, sigue siendo de las más altas del mundo occidental. La tasa de desempleo juvenil, el colectivo más perjudicado por la crisis, sigue siendo superior al 42%, la más alta de Europa. Hemos perdido a una generación entera. Se han publicado abundantes datos que demuestran que muchas familias han descendido de clase social. Otro legado de la crisis es la tasa de desempleo de larga duración más elevada de Europa. Este fenómeno afecta sobre todo a ciudadanos mayores de 50 años. Entre los parados de larga duración de esa cohorte dos tercios llevan más de un año sin trabajar. Muchos no volverán a encontrar un empleo y por ello verán su nivel de vida reducido para siempre. A la pérdida permanente e irreversible de renta se añadirá la injuria de que se les reconocerá una pensión menor a la que habrían disfrutado de haber podido seguir trabajando. No es admisible ninguna complacencia ante la magnitud de la tragedia.


Fuente: elaboración propia a partir de datos publicados por Eurostat

Lamentablemente no nos encontramos solos. Es cierto que el proceso de financiarización puesto en marcha por el neoliberalismo desencadenó una crisis internacional sin precedentes cuyos daños han tardado en ser reparados. La lógica de la austeridad que se apoderó del pensamiento económico dominante ha impedido que los gobiernos actuasen con mayor determinación. Pero la mayoría de los países occidentales han superado ya el nivel de la producción que tenían antes de la crisis. Ése no es el caso de varios estados pertenecientes a la zona Euro (España, Italia, Portugal, Finlandia y Grecia) que siguen con un PIB en términos reales inferior al de 2007. El factor euro no es una coincidencia.

Cuando la economía española parece estar saliendo de la crisis muchos podrían pensar que es un mal momento para recomendar la recuperación de la soberanía monetaria. Sin embargo los argumentos en favor de la soberanía monetaria son muy contundentes.

En primer lugar es innegable que de haber tenido nuestra propia moneda en 2010 no habríamos sufrido el ataque de los mercados contra nuestra deuda soberana. Tampoco habría sido posible que el BCE y Bruselas hubiesen chantajeado a nuestro gobierno exigiendo la imposición de políticas de austeridad en el peor momento posible. Fuera de la unión monetaria, nuestra economía se habría recuperado de la crisis en 2011 o 2012. Es cierto que el BCE ahora compra nuestra deuda pública en los mercados, lo cual nos ha emancipado de ellos temporalmente. Sin embargo, estos programas de compra de deuda soberana son provisionales y además están condicionados al cumplimiento de objetivos de austeridad. Bruselas apremia a España para que siga reduciendo su déficit. Ni los tratados ni la ideología que domina en las instituciones europeas han cambiado ni lo harán.

El problema va más allá de las erradas políticas de austeridad que se impusieron desde Bruselas en 2010. Nos enfrentamos a un fallo estructural en el diseño de la moneda común europea. El tratado de Maastricht cercena la capacidad de actuación de los Estados ya que los priva del respaldo de un banco central y limita su capacidad de actuación ante una recesión. La moneda común también impide que un estado con dificultades causadas por su balanza comercial deprecie su moneda para recuperar parte de la competitividad perdida.

La catástrofe social que ha legado la crisis económica requiere de una respuesta decidida por parte del Estado. La adecuada es que el Estado incurra en un gasto fiscal deficitario probablemente superior al 8% sobre el PIB durante al menos dos o tres años. Esto es imposible dentro del rígido marco fiscal impuesto por los tratados europeos que nos impone una senda de reducción del déficit hasta que éste sea inferior al 3%.

El tiempo se agota

Tenemos que ser conscientes de que el tiempo se agota. Si no acometemos ahora un plan de crecimiento basado en un potente estímulo fiscal, nos apartaremos para siempre de la senda de crecimiento potencial del PIB que teníamos en 2007. Nos encontraremos con dos generaciones perdidas de jóvenes. Muchas personas han perdido toda esperanza de encontrar una oportunidad laboral. Esto implica que nunca podrán hacer realidad ninguna aspiración personal legítima: desarrollar una carrera, mantener una relación de pareja, emanciparse y establecer su propio hogar, tener hijos, llevar un nivel de vida materialmente digno, etc.

Existe otro problema más difícil de entrever a corto plazo. Seguir en la unión monetaria europea nos condena a ser un agente secundario en Europa limitado a ofrecer productos hortofrutícolas y servicios de hostelería a los más prósperos vecinos del norte. Se nos permitirá tener un pequeño tejido industrial en algunas zonas que han acertado a conservar lo que sobrevivió a la "reconversión" industrial de los 80 (en realidad un desmantelamiento en toda regla). Pero gran parte de este tejido fabril será auxiliar del aparato productivo de Alemania.

Necesitamos acometer una urgente modernización de nuestro sistema productivo. Solo un estado que cuente con la potestad de encauzar recursos reales cuantiosos hacia nuevas actividades industriales y tecnológicas puede conseguir una transformación real. Esto solo puede hacerlo un estado con capacidad de crear moneda fiduciaria, es decir, dotado de soberanía monetaria. La UE carece de una instancia federal con una visión transformadora de la periferia y capaz de movilizar los recursos hacia ese nuevo modelo económico.

Recientemente el Grexit ha retornado a los medios como tema candente ante la evidencia de que los rescates no sirven para sacar a Grecia de la depresión y de que necesitará un nuevo rescate para evitar el default. La situación de ese país es aún más dramática que la de España. Claramente Grecia se beneficiaría de una salida de la cárcel de deuda y la liberación de unos tratados que impiden a su gobierno iniciar una política fiscal expansiva. La falta de coraje del gobierno de Tsipras y una opinión pública temerosa de la reintroducción de una moneda nacional explica que aún no se haya producido este evento. Restableciendo la dracma, Grecia podría recuperar el crecimiento muy rápidamente, ya que un estado que disfruta de un monopolio de emisión de moneda puede comprar todo lo que se encuentre a la venta en su territorio. Es decir, el Gobierno griego tendría la capacidad de dar ocupación a todos los recursos ociosos en su país. La pregunta no es si Grecia saldrá de la zona euro sino cuándo.

España debería tomar nota pero al igual que en Grecia, nuestras élites están comprometidas con el proyecto europeo. Considero que el establishment español tiene un serio problema que va más allá de la negación de la realidad. Podríamos exculparlo pensando que las élites empresariales y políticas son incapaces de entender que el diseño de la moneda común ha sido erróneo. Pero lamentablemente la cuestión es más grave. Carecen de la sensibilidad humana necesaria para actuar con decisión en la reparación de los daños que ha causado la crisis a sus conciudadanos más desafortunados. Inquieta pensar que este establishment se comporta en realidad como las "élites compradoras" del antiguo imperio colonial portugués, cuyos intereses estaban mejor alineados con los de la metrópolis que con los de sus compatriotas. De otro modo, cuesta entender el enamoramiento de nuestro establishment con un proyecto europeo extremadamente peligroso para la estabilidad y el bienestar de nuestra sociedad. Nuestros dirigentes carecen totalmente de un proyecto de país que vaya más allá de repetir mecánicamente que la "solución es más Europa" sin explicar en qué consiste tal "solución".

Padecen de una seria ceguera sobre la naturaleza de nuestra relación con los socios europeos. Estos han demostrado la más absoluta insensibilidad hacia los sufrimientos causados a la población de los países periféricos. Su actitud es más propia de sociópatas que de los aliados que creen tener los dirigentes españoles. Ninguno de los países superavitarios ha asumido la necesidad de contribuir a nuestra rápida salida de la crisis con una política expansiva que redujera sus abultados superávit comerciales. Éstos fueron la contrapartida a nuestro endeudamiento externo y privado y su reducción habría facilitado la salida de la crisis en la periferia. Por supuesto, una transferencia de rentas está fuera de toda cuestión. Los países del núcleo duro europeo, apoyados partidariamente por las instituciones europeas, impusieron todos los costes de la salida de la crisis sobre nosotros y prefirieron rescatar a los grandes bancos alemanes y franceses que a los pueblos del sur. Estos países hegemónicos no están dispuestos a modificar los tratados para reparar los fallos de diseño del euro. Sin la existencia de un demos europeo y sin un gobierno federal capaz de abordar un proyecto ambicioso de transformación es ingenuo pensar que Europa resolverá nuestros problemas.

Las sociedades mediterráneas padecen de un bajo nivel de autoestima. Quizás por eso estamos encadenados a una relación patológica que recuerda a las de esas mujeres maltratadas que aún no han aceptado que su marido las tortura física y mentalmente. Urge que la sociedad española abra los ojos y entienda que somos nosotros los responsables de encontrar la solución más conveniente para nuestros problemas. Esto no es nacionalismo trasnochado, es sencillamente lo que hacen los estados escandinavos, como Suecia o Dinamarca, que se negaron a entrar en la unión monetaria porque pronosticaron, acertadamente, que exterminaría sus estados de bienestar. Sin titubear debemos recuperar el principal símbolo de identidad de un estado democrático y soberano: la moneda. No hay soberanía democrática sin soberanía monetaria. Regeneración democrática de nuestra política para someter a las oligarquías y soberanía monetaria son las dos caras de la misma moneda.

martes, 18 de octubre de 2016

El PSOE perdido en su dilema

Artículo publicado originalmente en la sección Luces Rojas del diario Infolibre el 18 de octubre de 2016.


El 19 de junio de 1989, el Gobierno de Felipe González incorporó la peseta al mecanismo de cambios del Sistema Monetario Europeo (SME) con la "banda ancha" que permitía una fluctuación del 6% en torno al tipo central. Ese momento fue calificado por el ministro de Economía, Carlos Solchaga, como "una de las más trascendentes que ha tomado el Gobierno" (El País, 1989). Sin duda lo fue. Es posible que los socialistas todavía no sean conscientes de las consecuencias que tendría esa decisión para el país y para su propio partido.

Hay que reconocerles a los dirigentes europeos una extraordinaria obcecación en imponerse regímenes monetarios disfuncionales. El hecho de que determinados países necesitasen mayores márgenes de fluctuación debió alertar a los dirigentes europeos acerca de la futilidad de fijar los tipos de cambio e ilustrarlos acerca de la utilidad de los tipos de cambio fluctuantes. Los intentos anteriores de crear un sistema de tipos de cambio fijos habían fracasado debido a que imponían ajustes asimétricos. El dominio comercial de la industria alemana generaba déficits en la balanza de pagos de las naciones menos competitivas como Francia, Italia, Reino Unido o España. Los desequilibrios de la balanza de pagos presionaban a la baja las cotizaciones de las divisas de los países deficitarios obligando a intervenciones de sus respectivos bancos centrales para sostenerlas mediante subidas de tipos de interés y ventas de reservas. Si bien los tratados comprometían al Bundesbank, el banco central alemán, en el sostenimiento de los tipos de cambio la realidad es que su colaboración fue siempre reticente. Esta cooperación habría exigido que Alemania bajase sus tipos de interés para reducir el atractivo de los depósitos bancarios en marcos. Los economistas alemanes del Bundesbank siempre temieron que bajar los tipos de interés y vender marcos para comprar las divisas de sus socios comerciales podría dar lugar a tensiones inflacionistas. La fobia a la inflación se impuso al cumplimiento de sus obligaciones y frecuentemente Alemania dejó que el peso del ajuste recayera sobre sus socios de la CEE.

El SME sufriría una profunda crisis en 1992 poco tiempo después de la reunificación alemana y del ingreso de España. Helmut Kohl había decidido cambiar todos los marcos de la antigua República Democrática Alemana por marcos de la República Federal aplicando un tipo de cambio de uno a uno, muy alejado de la cotización de mercado donde el precio del marco oriental valía una cuarta parte. El Bundesbank decidió subir los tipos de interés para contener los efectos potencialmente inflacionistas de tal medida. Esta decisión generó una crisis monetaria en toda Europa pues los demás países se vieron obligados a aumentar sus tipos de interés para evitar la salida de depósitos hacia Alemania. En Suecia el banco central tuvo que fijar el tipo de intervención para operaciones a un día en el 500%. Este escritor, a la sazón empleado de una empresa sueca, recuerda llamadas de pánico desde la casa matriz reclamando todos los saldos en cuentas bancarias de la filial española. Para contener las presiones especulativas, en agosto de 1993 los países europeos decidieron ampliar estas bandas de fluctuación hasta el 15%.


Ese año España se vio obligada a realizar hasta cinco devaluaciones pese a lo cual aguantó el tirón y continuó en el SME. Sin embargo las medidas de ajuste requeridas para defender la permanencia de España en el SME llevaron la tasa de desempleo hasta cerca del 23% superando el anterior record durante la crisis producida la subida de los precios del petróleo entre los años 70 y 80. Quizás si España no se hubiese comprometido a mantener un tipo de cambio artificial el gobierno hubiese podido aplicar un programa presupuestario anticíclico. Lejos de plantear un programa de este tipo el gobierno de González implantó medidas de contención del gasto social. En abril de 1992 un Real Decreto recortaba las prestaciones del paro, tanto en su cuantía como en su duración, al tiempo que endurecía las condiciones para acceder al seguro de desempleo. Esta disposición, conocida como el "decretazo" y rechazada unánimemente por los sindicatos, que convocaron una huelga general en mayo de 1992, fue el primer paso del fin de la política socialdemócrata puesta en marcha en 1989, entre otras cosas, porque el gobierno debía reducir drásticamente el déficit público para tratar de cumplir las condiciones del Programa de Convergencia de la Unión Europea (Marín Arce, 2000). Estas políticas provocaron la definitiva derrota electoral de los socialistas de Felipe González en 1996 al que sucedió José María Aznar. A diferencia del Reino Unido que resolvió no volver a participar en un experimento europeo, España, Portugal e Italia –los futuros PIGS– no escarmentaron y siguieron con obstinación el camino de la unión monetaria.

Rebobinemos la cinta hasta el año 2010. Tras negar en 2008 la crisis económica –seguramente para evitar el coste político de reconocerla en plena campaña electoral–, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero acometió un plan de expansión que inyectó más de 12.000 millones de euros en la economía a través del Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo, más conocido como Plan E. Muchos la criticaron por considerarlo extravagante pero el punto de vista de este autor es que esa política fue correcta y, si acaso, pecó de tímida. El plan se destinó a inversiones en los ayuntamientos, actuaciones de Investigación y Desarrollo, fomento de las energías renovables, actuaciones medioambientales, rehabilitación de edificios públicos, rehabilitación de viviendas y atención a la dependencia, entre otros programas. Pese a haber sido injustamente criticado, el plan dio resultados con una leve recuperación en 2010 tras la fortísima caída de la actividad económica del año anterior. Quizás algunos programas se estructuraron con excesiva premura y por tanto no tuvieron el impacto deseable, pero era lo mejor que se podía hacer desde un gobierno presupuestariamente constreñido ante una caída espectacular de la actividad económica. Probablemente España habría salido de la depresión en 2011 si el Plan E hubiese tenido continuidad pero la crisis griega y la reacción "austérica” lo abortaron prematuramente.

Poco después de ganar las elecciones de octubre de 2009 el desventurado nuevo primer ministro griego, George Papandreou, confesaba a sus pares europeos que el gobierno conservador que le había precedido mintió a la Unión Europea acerca de laverdadera magnitud del déficit griego. Anunció una estimación corregida del déficit que alcanzaría el 12,5% del PIB, un escándalo para los sacrosantos objetivos del Tratado de Maastricht. La escalada de la prima de riesgo sirvió de excusa para satisfacer los insensatos instintos de austeridad de ese nefasto cuarteto integrado por Merkel, Barroso, Sarkozy y Trichet. Las instituciones europeas impusieron en mayo de 2010 el giro a las políticas de “consolidación fiscal”.

En la reunión del Ecofin de 9 de mayo de 2010 la ministra de Hacienda española, Elena Salgado, llamó a Zapatero para decirle que habían llegado a un punto intermedio entre el recorte que exigía Alemania y el que pretendía realizar España: 5.000 millones para 2010 y 10.000 para 2011. En total el 1,5 por ciento de PIB. "España y Portugal serán observados y vigilados" (Guindal, 2012) decía la hierática y agria canciller alemana Merkel, quien por fin conseguía imponer el dogma alemánsobre toda Europa. En agosto, mientras se disparaba en los mercados la prima de riesgo, Jean Claude Trichet mandaba su carta-chantaje exigiendo una serie de reformas de tenor neoliberal como condición para comprar deuda pública española. Tal carta imponía un conjunto de reformas legales que constituían un mandato claro sobre la legislación que debían aprobar las Cortes Españolas y una extralimitación de las competencias del Banco Central Europeo.

Quizás la reacción más acertada para España habría sido abandonar el euro en ese mismo momento y recuperar la libertad para continuar la política presupuestaria expansiva imposible de aplicar dentro del rígido corsé del Tratado de Maastricht y del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Pero los socialistas españoles jamás habrían tomado una decisión semejante porque antes que defensores de la clase trabajadora son europeístas. En el epílogo de su obra, ZP exime de responsabilidades a los que impulsaron el Tratado de Maastricht:

"Pero debo dejar claro que considero injusto cualquier intento de responsabilizar de los males actuales a quienes concibieron y aprobaron el Tratado de Maastricht. Sería injusto, primero porque, a pesar de los 'defectos de fabricación' de la moneda común, el euro es un proyecto que, sin duda, merece la pena. El euro es Europa y Europa es más importante que cualquier crisis económica, por dura que ésta sea. Y, segundo, porque es políticamente indecoroso que los gobernantes miren hacia atrás en un tiempo de dificultades graves. (…) Algo ha fallado en el modelo del euro. Algo muy serio. El euro impulsó su prosperidad y su crecimiento, pero sin bases sólidas. Pero la UE y el euro son proyectos irrenunciables, y más aún en la era de la globalización" (Rodríguez Zapatero, 2013).

En definitiva, aquí Rodríguez Zapatero nos da la clave del pensamiento de muchos políticos devotos del europeísmo: el proyecto europeo es tan importante que todo lo demás está a su servicio. No está el euro al servicio de los europeos; somos los europeos los sacrificados en el altar del magno designio.

Poco después la tasa de desempleo volvía a dispararse y la economía española volvía a la recesión. En noviembre de 2011 el PSOE perdía estrepitosamente las elecciones y entraba en una profunda decadencia de la que quizás nunca se recupere. Es probable que el empeño de los socialistas por cumplir ante todo con sus responsabilidades europeas, dejando al Estado español inerme para proteger a los más débiles ante cada crisis económica, haya sido la tumba del partido más antiguo de España.


Referencias

El País. (17 de junio de 1989). La peseta asumirá la disciplina cambiaria del Sistema Monetario Europeo desde el lunes. El País. Obtenido de http://elpais.com/diario/1989/06/17/economia/614037606_850215.html
Guindal, M. (2012). Los días que vivimos peligrosamente. Ed. Barcelona: Planeta.
Marín Arce, J. (2000). Diez años de gobierno del PSOE (1982-1992). Historia Contemporánea. Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, 189-209.
Rodríguez Zapatero, J.L. (2013). El Dilema: 600 días de vértido. Barcelona: Planeta.


miércoles, 2 de diciembre de 2015

El nombre la nueva moneda



En un post anterior publiqué un manifiesto de la APEEP describiendo aspectos operativos de la salida del euro. En este post trato un asunto más bien sentimental: cómo llamar a la nueva moneda.

Propongo que la nueva moneda no se llame peseta sino que se recupere el nombre de una antigua moneda española como el real o el escudo. Volver a la peseta tiene varios inconvenientes. Para empezar, legalmente la peseta es una fracción no decimal del euro. En 1999 los tipos de cambio de todas las divisas europeas que iban a integrarse en el euro se fijaron de forma irrevocable, en nuestro caso a razón de 166,386 ₧ por Euro. Volver a la antigua moneda respetando ese tipo de cambio complicaría la transición a la nueva moneda. Después de haber acostumbrado a la población a calcular precios en euros pedirles que volvieran a pensar en pesetas resultaría una broma pesada. Un tipo de cambio con seis dígitos no resulta demasiado sencillo.

Una nueva denominación evitaría confusiones con la antigua peseta. Además, reconozcamos que, a diferencia de los alemanes, a los que les costó renunciar al marco, los españoles no echaron de menos a la antigua peseta, una moneda que se había depreciado mucho durante nuestro convulso siglo XX por culpa de la Guerra Civil y la inflación de los años 70.

Mi sugerencia es que recuperemos el nombre de una moneda histórica. Esto responde a una reivindicación frente a quienes ponen en cuestión la capacidad de nuestros gobernantes de gestionar nuestra moneda. He oído argumentos de este tipo para justificar la conveniencia de permanecer en el Euro. Aparte de responder a una fobia antidemocrática que prefiere una moneda secuestrada por un banco central independiente que no responde a los intereses verdaderos de la población, la historia nos recuerda que hemos sido perfectamente capaces de gestionar un sistema monetario en el pasado. A quienes tratan de socavar nuestra moral advirtiendo de que nuestro gobierno sería incapaz de gestionar eficazmente una nueva moneda y de que entraríamos en una espiral hiperinflacionista hay que recordarles que España ha sabido gestionar un sistema monetario eficaz en el pasado y por tanto no existe ninguna regla humana que impida que lo hagamos de nuevo.

Quizás muchos españoles ya no recuerdan que, hasta la invasión napoleónica y la independencia de sus antiguas colonias americanas, la moneda de su país fue la más aceptada en el comercio internacional. Durante los siglos XVII y XVIII España suministró hasta el 80% de la producción de plata mundial. El Real de a Ocho o peso fuerte fue la divisa internacional indiscutible y la principal moneda de referencia para el tráfico internacional. Esta legendaria moneda fue el origen de las que actualmente se denominan peso en varios países de América Latina y Filipinas. Del prestigio de la antigua moneda española da una idea cabal el hecho de que los EE.UU. no disfrutaron de una moneda propia hasta el año 1792, fecha en la que se creó el dólar con unas medidas, peso y composición similares a las del peso. Hasta 1857 el peso mexicano y el antiguo real de a ocho español siguieron circulando en paralelo al dólar y fueron aceptados como medio de pago en EE.UU.





Además, la unión monetaria de la monarquía española tuvo una longevidad sorprendente pues abarcó prácticamente tres siglos. Un trabajo de las historiadoras María Alejandra Irigoin y Regina Grafe[i] aporta evidencia de que el sistema monetario español fue un sistema de transferencias que quizás fuera la clave de la supervivencia del sistema económico del antiguo imperio colonial. Gracias a los situados o transferencias desde cajas superavitarias a otras deficitarias entre los virreinatos y audiencias de las colonias americanas se creaban unos vínculos económicos entre territorios cuya dispersión era inabarcable y difícil de cohesionar. Según estas autoras, las remesas de plata a la metrópoli representaban tan solo una pequeña parte de la redistribución de los excedentes de las cajas. Mayor importancia tenía la distribución intracolonial de unos recursos que, para la época tenían unas dimensiones con las que pocos estados de la época podían rivalizar. Entre el 16 y el 45 por ciento de los ingresos generados en las colonias no se gastaban en el distrito de origen sino que se transferían a otras tesorerías regionales de las colonias. Algunas cajas fueron deficitarias permanentemente mientras que otras fueron superavitarias. Los defensores de esta Unión Monetaria Europea sin unión de transferencias podrían haber tomado nota de la importancia de la existencia de éstas para asegurar la supervivencia de una unión política. Solo se puede asegurar la supervivencia de una unión monetaria con transferencias, sobre todo en un sistema metálico donde la escasez de moneda puede llevar la economía a la deflación y la depresión.

Creo que si queremos encariñar a los españoles con su nueva moneda, deberíamos bautizarla con un nombre que nos devuelve a un pasado brillante. Algunas personas mayores todavía recordarán las monedas de 25 y 50 céntimos, denominaciones que correspondían a antiguas monedas de 1 y 2 reales. El nombre pues ha permanecido vivo en nuestra memoria hasta hace pocas décadas. También podríamos utilizar los nombres escudo -una antigua moneda de oro- peso -la moneda de 8 reales de plata fuerte- o maravedí -la antigua moneda de cobre. Los hombres que supieron gestionar uno de los sistemas monetarios más longevos de la historia ya no están vivos. Pero podemos aprender de ellos para saber cómo gestionar un sistema monetario. Recuperemos una denominación de aquella época en su memoria.




[i] Regina Grafe and Maria Alejandra Irigoin (2006). The Spanish Empire and its legacy: Fiscal redistribution and political conflict in colonial and post-colonial Spanish America. Journal of Global History, 1, pp 241-267 doi:10.1017/S1740022806000155

viernes, 5 de junio de 2015

Los lunes al Sol (IV)

Las uniones monetarias europeas: la contumacia en el error

Post conjunto de Stuart Medina y Miguel Navascués

6 de junio de 2015.

El reciente libro de Mitchell, “Eurozone Dystopia. Group Think and Denial on a Grand Scale” describe con gran erudición los sucesivos intentos de los países europeos de establecer regímenes cambiarios desde los años 70. Todos estos sistemas eran propensos a la inestabilidad porque no contemplaban mecanismos que compensaran los desequilibrios que acumulaban los países con balanzas comerciales deficitarias. Reiteradamente los países más débiles se encontraban con fuertes presiones devaluatorias de su moneda.

Como explicamos en el post anterior, para defender sus tipos de cambio, los bancos centrales debían contar con reservas de moneda extranjera. Pero al agotarse estas reservas, los bancos centrales se veían obligados a subir los tipos de interés para evitar la fuga de capitales y aplicar políticas de austeridad que limitaran las demandas y las importaciones. Estas políticas enfriaban la economía y provocaban aumentos de desempleo por lo que generaban inestabilidad política y conflictividad social. En cambio los países superavitarios (normalmente Alemania, Holanda) podían evitar la apreciación de su moneda vendiendo la propia y acumular reservas de moneda extranjera o bajando sus tipos de interés. Sin embargo los bancos centrales de estos países temían las consecuencias inflacionistas para sus economías de estas medidas. Para el BundesBank la prioridad absoluta fue siempre la estabilidad de precios. Por eso los países superavitarios frecuentemente dejaron que cada palo aguantara su vela y no intervinieron para mantener las cotizaciones de las monedas de sus socios.

Debido a las tensiones cambiarias, las devaluaciones fueron frecuentes en los sistemas monetarios europeos convirtiendo el compromiso de mantener el tipo de cambio fijo en papel mojado. Las tensiones produjeron también repetidas salidas y realineaciones de las paridades en los sucesivos sistemas monetarios. Los problemas de estos sistemas monetarios se derivaban en parte de la asimetría que suponía que los países deficitarios tenían que soportar la carga del ajuste (subidas de tipos de interés, políticas de rigor presupuestario). Alemania hizo lo posible por vaciar de contenido las instituciones y reglas que hubieran permitido el desarrollo de un sistema más simétrico. Por ejemplo se negó a la creación de fondos que hubieran podido prestar fondos a los países en dificultades. Alemania no estaba dispuesta a facilitar financiación a países “derrochones”.

El primer experimento fue la “serpiente monetaria dentro del túnel” que se instituyó por el Acuerdo de Basilea de 1972. Permitía una fluctuación máxima de las paridades del 2,25 % y una fluctuación máxima del 4,5% respecto del dólar USA. La serpiente no duró mucho y no tardó en desmontarse ante los reiterados ataques especulativos. El déficit comercial de EE.UU. y los superávit de Japón y Alemania provocaron reiterados ataques especulativos. Primero abandonó el la libra esterlina. En 1973 la Banca d’Italia tuvo que dejar flotar la lira italiana. Los esfuerzos de los bancos centrales de Japón y Alemania no resultaron efectivos y finalmente el dólar se devaluó un 10% y también se dejó que el yen japonés flotara libremente. Tras la Guerra árabe-israelí y el embargo petrolero, Francia trató de mantenerse dentro del sistema con varias entradas y salidas hasta que en 1976 se vio obligada a abandonarlo definitivamente.

No contentos con haber comprobado el fracaso de esta primera unión monetaria. A finales de los años 70, bajo los mandatos de Giscard d’Estaing en Francia y Schmidt en Alemania, se acordó crear el Sistema Monetario Europeo (SME) con el ECU como cesta de divisas de referencia. Además se creaba una línea de Financiación a Muy Corto Plazo (Very Short Term Financing o VSTF) gestinado por el Fondo Monetario de Cooperación Europeo.

El compromiso por mantener las paridades convirtió a los países deficitarios de nuevo en pasto de los especuladores. Algunos lectores recordarán como en 1992 la libra esterlina fue objeto de un ataque orquestado por George Soros. Alemania echó leña al fuego subiendo sus tipos de interés para controlar los riesgos inflacionistas derivados de la absorción de la antigua RDA. Mitchell recoge un incidente narrado por Whitney, (1992) y Mallaby (2010) durante una cumbre de septiembre de 1992. Norman Lamont, el ministro de Hacienda británico, golpeaba con el puño la mesa y gritaba al presidente del Bundesbank, Helmut Schlesinger. «Aquí hay doce ministros sentados en esta mesa reclamándole que bajen sus tipos de interés. ¿Por qué no lo hace?».  Italia negoció una devaluación de la lira. El Banco de Inglaterra luchó desesperadamente por mantener el tipo de cambio de la libra esterlina. El 16 de septiembre de 1992, el célebre “miércoles negro”, tras comprar 1.000  millones de libras (esfuerzo fútil frente a los billones que simultáneamente vendía Soros), subió el  tipo de interés primero al 12% y al 15% al día siguiente.  Esa tarde el Reino Unido abandonó el SME y al día siguiente lo hacía Italia. España devaluó la peseta un 5% y de nuevo se vio forzada a hacerlo en 1993. 

El SME empezó a cuestionarse cuando Francia decidió hacer un referéndum sobre el tratado de Maastricht en 1992. El resultado fue positivo, pero tan apretado que los mercados pusieron en duda que todos los paises estuvieran calurosamente a favor. A su vez, el Tratado de Maastricht fue el intento de Francia de "sujetar" a una Alemania unificada, algo que Francia no deseaba de su enemigo histórico. El acuerdo pactado fue que a Alemania se le permitía unificarse si "se sometía" al euro...

Todas las monedas fueron atacadas y vencidas, salvo el franco francés. ¿Por qué? Como se descubrió después, el Bundesbank, por orden del Gobierno, había puesto a disposición del Banco de Francia una cantidad a sin limite de marcos alemanes. El fracaso del SME debió ser el aviso del seguro fracaso del euro que se avecinaba, pero las apuestas políticas eran ya irreversibles. Todas la teorías ad hoc que se lanzaron para que la gente aceptará el euro, eran pura ideología. Mientras, del otro lado del Atlántico venían serias advertencias del problema que se iba a crear.

El experimento le había costado al Reino Unido una crisis económica y un aumento innecesario del paro. Gran Bretaña aprendió la lección y nunca más volvió a entrar en una unión monetaria europea. Los políticos españoles e italianos, aquejados de un ingenuo “europapanatismo”, volvieron a caer en la trampa.  Finalmente los estados europeos decidieron crear la Unión Monetaria Europea con un Banco Central Europeo. El engendró se basó en el Informe Delors, que, con un marcado sesgo neoliberal y a diferencia de lo propuesto por el informe Werner, renunciaba a una unión fiscal. El Informe Werner fue redactado en 1970 y consideraba como condición ineludible para el éxito del proyecto que hubiera una unión fiscal con una centralización de la política económica bajo la responsabilidad de una Comunidad Europea responsable ante el Parlamento Europeo. Al parecer, Delors consideraba que esa unión fiscal era innecesaria en el diseño monetarista de su proyecto. Bastaría con los límites de deuda pública y déficit marcados de forma totalmente arbitraria por el Tratado de Maastricht y cuya inutilidad el tiempo se encargaría de demostrar.

Los franceses pensaron que al crear el BCE y el Euro arrebatarían a Alemania la moneda y el control sobre la política monetaria. El problema fue que el diseño neoliberal de las instituciones europeas en la práctica acentuó los problemas de los sistemas monetarios europeos anteriores porque privó definitivamente a los estados de su capacidad de devaluar en caso de entrar en problemas de balanza de pagos. Fue la ceguera ideológica de los dirigentes europeos de aquellos años, como Valery Giscard d’Estaing, Raymond Barrre, Scmidt, Schröeder, Chirac, Felipe González, etc. la que aparcó las recomendaciones del informe Werner y adoptó el neoliberal proyecto de Delors. La unión monetaria sin unión fiscal ha permitido que Alemania siguiera practicando su política mercantilista y de exportación de la deflación que ha llevado a las economías más débiles de la periferia al paroxismo actual de depresión y desempleo masivo.

Este empeño se ha cobrado un altísimo precio en la merma de las tasas de crecimiento económico y en un crecimiento de las tasas de paro. De facto, las países de Eurolandia acabaron convertidas en una "zona marco" donde el Bundesbank dictaba la política monetaria a sus socios europeos.

España en el sistema monetario europeo

Así pues, la combinación del cambio de foco de la política macroeconómica hacia la estabilidad de precios frente a las políticas de pleno empleo y el empeño en fijar los tipos de cambio probablemente sean explicaciones mucho más convincentes de la pertinazmente elevada tasa de desempleo en España que las narrativas sobre competitividad de la economía española. ¿Quién iba a invertir en un negocio y crear empleo en una nación sometida permanente al ajuste presupuestario y el rigor?

Para la joven democracia española, recién salida de la larga noche de la dictadura franquista, la entrada en la CEE era una prioridad política. Antes de la entrada en la CEE ya ensayaba con tipos de cambio fijo y políticas de ajuste acordadas por los Pactos de la Moncloa en 1978 para hacer frente al shock del petróleo.
«A partir de 1978, las políticas de ajuste derivadas de los Pactos de la Moncloa son contrarrestadas negativamente por la presencia del segundo shock energético, que provoca otra fuerte crisis del sector exterior y una nueva devaluación en 1982. La segunda mitad de los ochenta se caracteriza por una peseta que tiene como punto de referencia la integración en la C.E.E., y finalmente en el S.M.E., lo que conduce a políticas antiinflacionistas que producen altos tipos de interés y una apreciación nominal y real de la moneda española[1].»
España entró en las CEE en 1986. En los años anteriores los técnicos del Banco de España se habían resistido a renunciar al margen de maniobra que habría implicado entre en el mecanismo de tipos de cambio del SME. Pese a no estar obligada…

«…ya desde 1986, los márgenes de maniobra de la política monetaria se habían reducido sensiblemente como consecuencia de una política de tipo de cambio combinada con una incipiente liberalización de los movimientos de capital. Durante el período 1986-1987, las autoridades monetarias españolas siguieron de cerca la evolución de la peseta con respecto al marco alemán y de febrero de 1988 a junio de 1989 el Banco de España practicó una política de shadowing del MTC interviniendo en los mercados de cambios según la lógica interna del SME. [2]»

Finalmente será a

«finales de 1986 cuando el Presidente Felipe González se pronuncie, por primera vez y total claridad, a favor de una «entrada rápida, o incluso muy rápida, en el SME».[3]
El fenómeno de las devaluaciones se repitió años más tarde con España ya integrada en la CEE y en el SME.
«Así, en los primeros noventa, el ya mencionado alto valor de nuestra divisa, unido a un deterioro de los fundamentos de nuestra economía que erosionaban la credibilidad exterior en la gestión de la política económica española, llevó a la necesidad de devaluar hasta en cuatro ocasiones desde 1992 hasta 1995, ante las presiones que nuestra moneda estaba soportando en los mercados de divisas en un contexto de crisis del S.M.E. Estas devaluaciones condujeron a una depreciación nominal y real de la peseta para iniciar, una vez superada la crisis del S.M.E. a partir de la segunda mitad de los noventa, la senda de la convergencia nominal derivada de los criterios de Maastricht, que culminaría, primero, con la fijación irrevocable de los tipos de cambio y, finalmente, con la desaparición de las monedas nacionales en las primeras semanas del año 2002[4].
En definitiva, España lleva aplicando políticas de rigor presupuestario, control de la inflación y de tipos de cambio fijo desde hace décadas. No olvidemos que durante todo este tiempo el Banco de España lleva recomendando la moderación salarial (y de los beneficios)[5]. Pero si el PIB de una nación es igual a su renta, es decir, la suma de los salarios, los beneficios, las rentas mixtas y los impuestos sobre la producción y las importaciones está claro que pedir moderación en el aumento de las rentas, como hacen los sucesivos gobernadores, no puede implicar otras cosa que deprimir la economía permanentemente.

El siguiente gráfico, muestra el tipo de cambio peseta marco alemán (que lógicamente se fija a partir del momento en que se fijaron irrevocablemente los tipos de cambio en la zona euro. Se aprecian claramente los picos correspondientes a las sucesivas devaluaciones. El empeño de las autoridades por impedir lo inevitable tuvo su impacto en el aumento inexorable del desempleo a lo largo de los años 80 y primeros 90.



Durante un breve interludio, en el que los agentes llegaron a creerse que el euro eliminaba los riesgos-país dentro de Eurolandia, la entrada de capitales del Norte de Europa permitió financiar la burbuja inmobiliaria. Cuando se acabó la fiesta la imposibilidad de ajustar el tipo de cambio forzó todo el brutal peso del ajuste sobre nuestra economía y el factor trabajo.

Las consecuencias de tratar al trabajador como una mercancía.


Los neoliberales ven al trabajo como una mercancía más que debe intercambiarse en el mercado. Si se quiere que haya más demanda de esa mercancía no hay más que rebajar su precio y mejorar su calidad para que resulte más atractiva. Es lo mismo que pasa con los pepinos, los rábanos o los barriles de petróleo. Siempre habrá un precio que iguale oferta y demanda.

El problema es que los trabajadores no son una mercancía sino que son personas y además resulta que son consumidores, inversores y ahorradores. Si seguimos imponiendo la carga de las recuperaciones década tras década, recesión tras recesión, sobre sus espaldas, laminando sus derechos, generando incertidumbre y ansiedad, cercenando sus proyectos vitales, lo único que conseguiremos es lo que tenemos: desaliento del consumo, caída de la natalidad (en un suicidio gradual y colectivo de la clase trabajadora), caída de la inversión e imposibilidad de renovar el tejido empresarial (porque ¿quién va a apostar en un mercado deprimido con una tasa de desempleo insultantemente elevada?)

Y he aquí la inconsistencia de los neoliberales. Todo su empeño en conseguir una fuerza de trabajo flexible y barata solo puede resultar en una caída permanente de la demanda. De tal forma que el empresario, quejoso de los elevados salarios puede, por un lado observar con entusiasmo la caída de sus costes laborales unitarios, para luego lamentarse de una caída en ventas que devorará sus márgenes empresariales. Finalmente el empresario se dará cuenta de que, para mantener su cuota de mercado, tiene que bajar los precios. Por tanto resultará que sus costes unitarios medidos en términos reales (descontado el efecto de las caídas de precios) no se han reducido. En estas condiciones, por mucha reforma estructural que se haga ¿quién es el inversor que se atreve en invertir en empresas tecnológicas para cambiar el modelo productivo?



[1] : Aixalá Pastó, José (2002): "Una historia del tipo de cambio de la peseta (1868-2002)", [en línea] 5campus.com, Economía Aplicada <http://www.5campus.com/leccion/peseta> [y añadir fecha consulta]
[2] Manuel Sanchis i Marco* DE LAS MONEDAS NACIONALES AL SISTEMA MONETARIO EUROPEO: LA APORTACIÓN DE LOS SERVICIOS DE LA COMISIÓN
[3] Ibidem
[4] : Aixalá Pastó, José (2002): "Una historia del tipo de cambio de la peseta (1868-2002)", [en línea] 5campus.com, Economía Aplicada <http://www.5campus.com/leccion/peseta> [y añadir fecha consulta]

martes, 2 de junio de 2015

El señuelo de la mutualización de la deuda

Artículo escrito conjuntamente por Stuart Medina y Jorge Amar. Este artículo fue anteriormente publicado en InfoLibre el 31 de mayo de 2015.

Hace unos días Guillermo de la Dehesa, economista, presidente de honor del CEPR (Centre for Economic Policy Research) de Londres  y antiguo secretario general de Comercio, y luego Secretario de Estado de Economía bajo los gobiernos de Felipe González publicó, en El País un artículo titulado "¿Tiene realmente futuro la zona euro?". Suponemos que el artículo habrá pasado relativamente desapercibido pero es interesante leer una opinión que se aleja del predominante "europapanatismo[1]". Recomendamos la lectura de este artículo porque contiene un análisis certero de los fallos de la moneda común europea. Obviamente su perspectiva es neokeynesiana aunque también se inspira en el análisis sobre Áreas Monetarias Óptimas de Mundell, un neoliberal que, curiosamente, apoyó la creación del Euro porque representaba una oportunidad de privar a los estados de las herramientas macroeconómicas clásicas. Aunque parte de postulados ajenos a la Teoría Moderna del Dinero, podemos estar de acuerdo en su conclusiones. Resulta evidente que la carencia de un gobierno federal europeo ha privado a la Unión Europea de su capacidad de hacer frente de forma eficaz a un shock asimétrico. Coincidimos con de la Dehesa en que
"Prueba de la falta de una política fiscal común es que hoy las tasas de crecimiento del A(rea) E(uro), cinco años después de la Gran Recesión, son menos de la mitad que las de EE.UU. y Reino Unido, que pueden utilizar ambas políticas macroeconómicas. Más aún, ningún estado importante de la Eurozona cumple hoy su objetivo del 60% de deuda sobre el PIB, salvo los más pequeños como Estonia, Eslovaquia, Letonia, Lituania y Luxemburgo. Crear ahora una política fiscal única para enfrentar dichos choques asimétricos necesitaría un deseo compartido por todos los estados miembros y un cambio de los tratados. Modificarlos y ratificarlos llevaría hasta diez años, al haber estados miembros que necesitan aprobarlo por referéndum. Demasiado tiempo para una decisión tan urgente y necesaria."
Sin embargo, lejos de proponer una devolución de la soberanía monetaria a los estados, que sería el corolario lógico de su análisis, de la Dehesa propone una solución que él y otros economistas propusieron desde el Instituto para el Nuevo Pensamiento Económica y que.ya fue descartada por los estados acreedores. Ésta consiste en una mutualización temporal del exceso de deuda de todos los estados miembros, definiendo como tal la que supere ese 60% del PIB estipulada por el Tratado de Maastricht y que habría tenido su origen en la crisis financiera global y los fallos de diseño del euro. Este exceso se depositaría en un Fondo de Redención de Deuda (FRD) que se financiaría en los mercados emitiendo "euroletras" con la garantía conjunta y solidaria de los 19 estados miembros.

Sin embargo dudamos mucho de la eficacia de la propuesta. Pensamos que la iniciativa llega tarde. Resultó novedosa en 2012 pero, si entonces no convenció, no vemos por qué razón ahora los impulsores de los FRD tendrían éxito. Además ha dejado de tener sentido pues pretende un objetivo que ya se  ha conseguido por otras vías: reducir el tipo de interés que pagan los estados más endeudados y evitar que caigan presa de los pánicos del mercado. En la fecha en la que escribimos estas líneas el tipo de interés de las letras del Tesoro del Reino de España a 12 meses es de 0,02% ¡y el de plazo de 1 a 3 meses es negativo!

Este descenso de los tipos de interés de la deuda pública  no se debe a ninguna gestión virtuosa del Gobierno de Mariano Rajoy. Simplemente se ha comprobado que los tipos de interés son una variable exógena que marca el banco central y no una endógena que determinan los mercados. Bastó que Draghi anunciara que haría todo lo que estuviera en su mano para salvar al Euro y que el BCE iniciara las operaciones de compra masiva de deuda pública en los mercados secundarios (OMT) para conseguir este efecto.

Bill Mitchell, Profesor de Economía y Director del Centro de Plemo Empleo y Equidad (CofFEE), en la University of Newcastle (Australia), se ha mostrado muy crítico con este tipo de soluciones. En las galeradas de su libro Eurozone Dystopia, que se puede encontrar en internet (http://bilbo.economicoutlook.net/blog/?p=27666), comenta con sarcasmo:
" La pregunta evidente es ¿Para que molestarse? Varufaquis et al. (2013) reconocen esta cuestión. El BCE ya demostró con su Programa de Mercado de Valores, que se inició en mayo de 2010 y que consistió en compras ilimitadas por el banco central de bonos en el mercado secundario (es decir, en manos de inversores privados después de haber sido emitidos por el gobierno), que se podía despejar a los inversores privados en bonos de la ecuación en lo referente al establecimiento de tipos de interés (rendimiento de los bonos del gobierno). En septiembre de 2012, el BCE sustituyó el PMV con el programa de transacciones monetarias ilimitadas (OMT), y con fanfarria, declaró que "no se ponían límites cuantitativos ex ante sobre el tamaño de las transacciones monetarias ilimitadas” (BCE, 2012). La decisión del BCE de mostrarse dispuesta a comprar cantidades ilimitadas de deuda gubernamental implica que cualquier operador privado en bonos que intentara tomar una posición  contraria contra cualquier gobierno de la Eurozona perdería. Esencialmente, cualquier corredor de bonos sabrá que pueden fácilmente endilgarle al BCE cualquier compra de bonos en el mercado secundario. La lógica de la acción es que, al comprar grandes volúmenes de bonos con vencimiento a corto plazo (1 a 3 años) en el mercado secundario, el precio subirá reduciendo los rendimientos. Los operadores en bonos se ven obligados a comprar bonos del estado con vencimientos a más largo plazo si quieren rendimientos superiores lo cual eleva los precios y baja los rendimientos. La iniciativa implica que de hecho el BCE puede fijar los rendimientos al nivel deseado, incluso en cero. Implica que los economistas convencionales están equivocados si aducen que los déficit elevarían los tipos de interés hasta el punto en que los gobiernos llegarían a la insolvencia porque los mercados privados de bonos se negarán a comprar su deuda. Esa insolvencia solo puede ocurrir si el banco central de referencia se niega a comprar su deuda. Esa insolvencia solo puede darse si el banco central relevantes desiste de sus funciones de emisor de moneda. Una vez que entiendes lo relevante que es esto no tardas en darte cuenta de que el plan de rescate del BCE no es suficiente para restablecer el crecimiento porque se propone imponer la condicionalidad (austeridad) como requisito para la participar. El programa OMT por tanto no acierta a resolver el núcleo del problema cual es que el Sur de Europa está en una depresión y la única salida es una expansión del déficit público. El BCE está dispuesto a comprar bonos del Estado ilimitadamente – pero solo si sucumben a un paquete de austeridad fiscal que asegurará que sus perspectivas de crecimiento se deterioren aún más." (traducido del inglés por Stuart Medina)
El anterior programa del BCE, las llamadas OMT, resultó ineficaz para restablecer el crecimiento de los estados deprimidos del Sur de Europa, porque obligaban a los estados a someterse a un programa de austeridad. Por tanto las OMT estaban condenados al fracaso aunque se consiguiera que los tipos de interés cayeran a 0.

Las operaciones de QE que actualmente está realizando el BCE, tienen algunos límites, el más importante de los cuales es que son los bancos centrales de cada país los responsables de asumir hasta el 80% de estas operaciones. Esto evita que se mutualice la deuda de los estados, algo a lo que Alemania se niega. Por tanto, el único efecto adicional, supuestamente benéfico, al conseguido por la QE, que tendría la propuesta de de la Dehesa es que parte de la deuda de los estados se mutualizaría. Pero argüimos que es absolutamente innecesario que la deuda se mutualice para que el rendimiento de la deuda pública no lo determinen los mercados. Basta con que el banco central actúe como tal. Actualmente, solo la deuda pública griega no se beneficia de este efecto balsámico porque, digámoslo sin tapujos, los estados europeos han decidido chantajear al gobierno democráticamente elegido de Grecia para que retorne al dogma neoliberal de la austeridad como camino para salir de la crisis (y que, dicho sea de paso, tan espectacularmente está fallando pues el país está de nuevo en recesión).

Tres años después de la primera propuesta de de la Dehesa y sus colegas los daños a la economía de la periferia europea son irreversibles pues seguramente nos habremos apartado de la senda potencial del PIB para siempre.


La balbuceante, endeble e inicua recuperación económica de España se debe a que el Gobierno Rajoy se olvidó de la austeridad en un desesperado intento por ganar las elecciones de 2015. La Comisión Europea ha colaborado haciendo la vista gorda y no exigiendo el cumplimiento de los objetivos de déficit. Este pacto faustiano se volverá en contra del siguiente gobierno de España pues el ajuste se exigirá en 2016 lo cual provocará una recaída en la recesión. Pero este breve alivio de la depresión demuestra que lo que urge en Europa no es una mutualización de la deuda sino levantar de una vez los inútiles e innecesarios (salvo en la mente de los neoliberales obsesionados con el fantasma inexistente de la inflación) límites de déficit público, iniciar una política expansiva y eliminar la dogmática prohibición de que el BCE financie a los estados. 


[1] Europapanatismo. (de Euro y papanatismo) m. Actitud que consiste en admirar la Unión Monetaria Europea de manera excesiva, simple y poco crítica." 

lunes, 6 de abril de 2015

¿Qué yogur prefieren, el griego o el búlgaro?

05 de abril de 2015
El proyecto de la unión monetaria europea, diseñado con una óptica neoliberal, con un Banco Central Europeo (BCE) que no podía actuar como prestamista de última instancia y sin uniones fiscal y bancaria auténticas, ha generado la mayor crisis económica que se recuerde en Europa. Sin embargo sus creadores y sus inspiradores ideológicos aún son incapaces de reconocer los errores de diseño del Euro y, como mucho, están dispuestos a aceptar que la unión monetaria requiere ligeros retoques. Cuando llegó la crisis, los neoliberales, firmemente asentados en las instituciones europeas, como el Sr. Tritchet, el Sr. Sarkozy, la Sra. Merkel o el Sr. Barroso, fueron incapaces de diagnosticar correctamente la crisis y, con sus recetas de 'devaluación interna' (reducciones salariales) y 'consolidación fiscal' (austeridad), actuaron como bomberos pirómanos, profundizando aun más las caídas de PIB y empleo. Lerner argumentaba que una tasa de desempleo elevada era una prueba de que el gasto público era excesivamente bajo. Pues bien, Europa decidió cavar más hondo.

Pero el predominio del pensamiento único europeo empieza a resquebrajarse ante la evidencia de que los resultados han sido catastróficos. La reciente victoria de Syriza ha enfrentado a las instituciones europeas a la evidencia de que sus políticas no pueden seguir aplicándose impunemente. Algunos han tenido la decencia de reconocer que se han equivocado. Recordemos las recientes lágrimas de cocodrilo de Juncker cuando admitió que "habíamos pecado contra la dignidad de los pueblos" o el reconocimiento de economistas del FMI como Blanchard de que habían subestimado el multiplicador fiscal

Inasequibles al desaliento, no obstante, otros siguen tratando de convencernos de que los países en crisis solo pueden achacarse a sí mismos la culpa de su infortunio. Por supuesto obvian siempre las responsabilidades de Alemania y los restantes países acreedores, de las instituciones europeas y del nefasto diseño de la unión monetaria en la gestación de la crisis europea de deuda. Uno de los más recientes intentos de autojustificación es el de Guntram Wolff cuyo escrito, titulado A tale of floods and dams (Un cuento de inundaciones y diques), es una fantasía neoliberal repleta de arrogancia y deshonestidad intelectual. En este cuento el autor alemán selecciona datos de forma interesada y aporta interpretaciones sesgadas sobre la crisis griega, aderezando todo ello con gráficos que pretenden darle un maquillaje de seriedad y rigor académico a su artículo, en un intento fútil de convencernos de que los griegos son los únicos responsables de su crisis.

Ante todo veamos quién es Guntram Wolff. Es el Director de Bruegel desde junio de 2013, un think-tank neoliberal cuyo consejo de administración preside Jean Claude Tritchet, el mismo chantajista que le impuso la agenda neoliberal al presidente ZP en 2010. En definitiva, se le puede considerar como un miembro del establishment europeo y por tanto alguien completamente incapaz de encontrar más que pequeños defectos en el funcionamiento del euro.

Citando al inicio una frase de Maquiavelo sobre la necesidad de prepararse para futuras inundaciones construyendo los diques a tiempo uno ya va vislumbrando el tono general del artículo: de nuevo las analogías facilonas que tanto gustan a los conservadores; otra vez los intentos de culpabilizar a las víctimas de la crisis y eludir las propias responsabilidades; “si hubieses sido más hormiga y menos cigarra”; el cuento de los tres cerditos y la casa con buenos cimientos; etc.

Guntram Wolff comienza su argumentación identificando similitudes en las condiciones de déficit por cuenta corriente y deuda externa de Grecia y Bulgaria en los años previos a la crisis financiera global (CFG). ¿Por qué piensa Guntram Wolff que Grecia y Bulgaria eran naciones tan parecidas? En primer lugar porque ambas naciones se habían constreñido o atado las manos, aquélla uniéndose a la moneda común, está estableciendo un “currency board”. También porque ambas naciones carecerían de una arquitectura institucional solvente y por las deficiencias estructurales de sus economías. A tal fin emplea el índice de “Facilidad de desarrollar negocios” que publica el Banco Mundial o los resultados del informe PISA como indicadores de esta supuesta debilidad institucional. Podemos estar de acuerdo con que las instituciones de ambas naciones son endebles pero esto les coloca junto a un número muy grande de estados y por tanto no son la excepción. Siendo naciones tan similares, Guntram Wolff se pregunta por qué una ha pasado una crisis tan profunda y la otra no.

Convenientemente el Sr. Wolff parece haberse olvidado de una fundamental diferencia: que Bulgaria estaba fuera del Euro y, aunque había decidido fijar el tipo de cambio del Lev con el Euro, lo cierto es que disponía de soberanía monetaria y, sobre todo, de un banco central. Por tanto Bulgaria contaba con el prestamista de última instancia que le falló a Grecia. Hablamos más sobre esto más adelante, pero no olvidemos de esta fundamental diferencia de partida entre ambas naciones balcánicas.

Pero la tesis de Herr Wolff no está relacionada con la diferente dotación de instituciones monetarias. Pues ¿cómo podría ser que el euro, diseñado bajo postulados neoliberales, tuviera la más mínima relación con el desastroso resultado de la crisis griega?

Estamos de acuerdo con el Sr. Wolff en que ambas naciones tuvieron elevadísimos déficit por cuenta corrientes en la víspera de la gran crisis financiera mundial. Añadamos que también España y EE.UU.

Lógicamente, sigue el Sr. Wolff, la acumulación de déficits por cuenta corriente resultó en unas posiciones financieras netas crecientemente negativas frente al exterior. Lo mismo le ocurrió a España. Nada sorprendente hasta ahora.

Ninguna crítica hay a la oportunista política de explotar al vecino tan impunemente practicada por Alemania durante este período. La patria del Sr. Wolff decidió reprimir los salarios y el consumo en su país para ganar competitividad y, aprovechando los tipos de cambio fijos que impedían a las demás naciones contrarrestar las acciones alemanas, la libre circulación de mercancías y el libre movimiento de capitales, inundar a sus vecinos con sus productos. En definitiva las naciones acreedoras del núcleo europeo nos prestaron el dinero para que nosotros cerráramos nuestras fábricas y ellos pudieran alcanzar el pleno empleo. Esta es la causa fundamental de los enormes endeudamientos de los países periféricos de la UE y no otra. Aunque uno pudiera reprocharle a los gobiernos de Grecia, Bulgaria, España e Irlanda que no hicieran nada por frenar la avalancha de capital e importaciones alemanes, lo cierto y verdad es que, dentro del marco jurídico de la UE, no podían hacer nada para frenarla. Esto lo hemos argumentado en otros posts anteriores.

Donde la argumentación de Guntram Wolff empieza a volverse antipática es en la afirmación que hace a continuación:
En Bulgaria, los flujos de inversión directa foránea impulsaron los déficit por cuenta corriente. Como economía que había dejado atrás recientemente el período comunista y que tenía un bajo stock de capital, las oportunidades de inversión era aun significativas, a pesar de sus débiles instituciones. En cambio, en Grecia, un endeudamiento temerario del gobierno fue el principal impulsor de las importaciones de capital.
En definitiva, los búlgaros habrían actuado ejemplarmente destinando los abundantes flujos de capital alemán a inversiones productivas mientras que esos disolutos griegos se habrían “chuleado” el dinero con un gasto público improductivo.

Este párrafo condensa la esencia del pensamiento neoliberal. En primer lugar recoge el antiguo prejuicio conservador de que todo gasto público por definición es improductivo. Podemos estar de acuerdo en que el estado griego ha estado en manos de oligarquías que han utilizado el presupuesto público para crear redes clientelares, algo con lo que por cierto Syriza dice que quiere acabar. De esto sabemos mucho en España. Pero el gasto público permite también proveer a la sociedad de bienes públicos con una elevada rentabilidad social: pensemos en el gasto en educación, I+D, universidades, sanidad pública, infraestructuras, etc. Si en el párrafo anterior el Sr. Wolff argüía como prueba de la pobreza institucional precisamente los malos resultados de Grecia y Bulgaria en el informe PISA ¿cómo cree que deberían estos países mejorar en este ranking si no es con una mayor inversión pública? El Profesor Vicenç Navarro demuestra la baja dotación de bienes públicos y los bajos índices de gasto social en los países periféricos en un post reciente titualdo La farsa de la deuda en los países periféricos de la Eurozona.

Pero dejemos de lado la crítica al prejuicio contra todo lo público y centrémonos en el otro argumento: la supuesta irresponsabilidad del gobierno griego. Para empezar, no es cierto que el nivel de gasto público de los helenos fuera tan elevado en vísperas de la CFG. En un post de Frances Coppola (http://coppolacomment.blogspot.com.es/ ) ya se demostró que el gasto público griego estaba en línea con el de otros países. De hecho la mayor parte de la deuda griega se generó en una etapa muy anterior y fue consecuencia de la crisis petrolera de los años 70 y 80. Del examen de los datos no hay nada que sugiera que el gasto público griego en los años anteriores a la crisis fuera extraordinariamente elevado. Por ejemplo, tomando el año 2006, el inmediatamente anterior a la crisis, ¿por qué un gasto público del 45,2% en Grecia era muestra de derroche improductivo mientras que el 45,3% de Alemania era una muestra de virtuosismo dentro de los más estrictos cánones neoliberales? De acuerdo con que el gasto público de Bulgaria era bajo pero ¿no haría bien el Sr. Wolff preguntándose si quizás ese nivel fuese la causa de su debilidad institucional?

Hagámonos una pregunta adicional y que no es nada inocente. Si los griegos no fueron capaces de utilizar el capital prestado por los alemanes de forma productiva ¿por qué tampoco los propios compatriotas del Sr. Wolff quienes, no sabiendo qué hacer con él, prefirieron prestárselo a los griegos? Oportunidades no les faltaban. Precisamente hace poco Paul de Grauwe criticaba la falta de inversión pública del estado alemán.



Gasto público en porcentaje del PIB (EL=Grecia, ES= España, BG=Bulgaria y DE=Alemania)

De todas formas resulta que la premisa del Sr. Wolf es falsa. No es cierto que fuera el sector público el principal responsable del deterioro de la posición financiera neta de Grecia. El gráfico siguiente muestra cómo el deterioro en la balanza comercial fue fundamentalmente causado por el sector privado y que el sector público mantuvo un leve déficit que no era en absoluto inasumible. Fue la contundente crisis económica la causante del hundimiento de la recaudación fiscal griega. La nefasta gestión tras la intervención europea provocó un profundo hundimiento del PIB. Lógicamente, ambos efectos combinados: el aumento del déficit público en el numerador y la caída histórica del denominador llevaron a que el índice de deuda pública sobre el PIB se disparara hasta hacerlo insostenible.


Tomado de Frances Coppola: Greece's real problema (http://coppolacomment.blogspot.com.es/ )



El artículo recoge una crítica a la actitud del gobierno griego que en 2009 incrementó su déficit hasta el 5,7% seguido de otro aumento del 3% en 2010 mientras que Bulgaria “responsablemente” habría iniciado un ajuste fiscal del 4% en el mismo año. El autor habla como si realmente habría tenido alguna opción el gobierno griego. Sin embargo, no olvidemos que en ese año la recaudación fiscal del gobierno griego se hundió. Haber aplicado un ajuste en el gasto simplemente habría empeorado las cosas, como se demostró en los años posteriores en los que Bruselas y Frankfurt impusieron su criminal plan de austeridad.

A continuación el Sr. Wolff se detiene en una discusión sobre si hubiese sido aconsejable un menor o mayor ritmo de ajuste fiscal aunque se posiciona como un partidario de una restructuración más temprana de la deuda griega. Sin embargo concluye que poco habría cambiado ralentizando o acelerando el ajuste fiscal, postura con la que estoy de acuerdo, pero por motivos distintos. En mi opinión Grecia debería renunciar en estos momentos a un superávit primario e ir a un ambicioso programa de reactivación de la economía con estímulos fiscales o un programa de empleo garantizado. Porque la raíz del problema, además de la falta de competitividad de la economía griega, está en la lamentable actuación de las autoridades europeas ante el inicio de la crisis de deuda soberana.

Ahora el Sr. Wolff pretende olvidar el papel del nefasto diseño institucional del euro en la gestación de la crisis de deuda soberana. Recurre al manido y desacreditado mito de la “confianza de los mercados”. Según él, la prima de riesgo griega se disparó por culpa de la equivocada actitud fiscal griega frente a la de los búlgaros que habría sido premiada por los mercados (los famosos 'bond vigilantes' de la mitología conservadora de EE.UU.).
Diferencias en la gestión fiscal y turbulencias fiscales importantes, asociados a los temores a la salida [del euro], etc. llevaron a una diferencia sustancial en la credibilidad de los mercados financieros y Grecia sufrió mucho por esto. Los rendimientos de la deuda búlgara han estado consistentemente debajo de los griegos desde el inicio de la crisis. Se podría argüir que los mayores rendimientos provocados por la falta de credibilidad griega fueron un importante factor tras el colapso del PIB griego. Piensen en las primas incrementadas como un incremento del tipo de interés del banco central, con los correspondientes efectos negativos en el rendimiento económico. Por tanto fue una noticia positiva que estas primas cayeran sustancialmente ante de la elección del nuevo gobierno griego. El más reciente incremento de los tipos de interés y la correspondiente pérdida de confianza me hace pesimista respecto al rendimiento económico global de la economía griega en 2015. El efecto de la austeridad reducida podría quedar más que compensada por un alza de los tipos de interés y un empeoramiento del clima inversor.
La desconfianza de los mercados habría conducido al alza de los intereses pagados por los griegos. ¡Otra vez nos vienen con la milonga de la confianza de los mercados! A su vez, esos elevados tipos de interés habrían conducido al colapso del PIB griego. Vamos, un clásico ejemplo de confundir una correlación con una relación causa efecto.

No se puede ser más deshonesto. Es evidente que la subida de la prima de riesgo griega solo podía dañar la ejecución de políticas anticíclicas del gobierno griego. Se olvida Wolff que fueron el Sr. Tritchet y la institución que presidía entonces los responsables de que se disparara la prima de riesgo griega. La leyenda de la confianza de los mercados es un embuste pues de otra manera no podría explicarse que la prima de riesgo griega (y la española, y la italiana, y la portuguesa) cayera inmediatamente después del famoso discurso de Draghi en el que prometía que haría cuanto fuera necesario para salvar el Euro (es decir, que compraría deuda de los países periféricos si fuera necesario, promesa que ahora están incumpliendo con Grecia pese a estar sometido a un programa de rescate precisamente en un intento antidemocrático de socavar los recursos del nuevo gobierno). 

Además, atribuir la caída del PIB griego a la subida de las primas de riesgo es una interpretación interesada. La verdadera causa del hundimiento del PIB griego fue la política de draconiana austeridad impuesta por el actual jefe del Sr. Wolff, el Sr. Tritchet, ese bombero pirómano que prefirió aprovechar la situación para imponer su agenda neoliberal a los gobiernos periféricos antes de comprometerse a comprar su deuda pública en el mercado secundario. No olvidemos además cómo la falta de una real unión bancaria contribuyó al incendio al contagiar los problemas de solvencia del sector bancario al estado griego. Por cierto, el Sr. Draghi sigue jugando al chantaje y a perpetuar la fragmentación bancaria al no permitir que los bancos griegos aporten deuda del estado griego como garantía para acceder a líneas de descuento del BCE.




Pero analicemos el rendimiento de ese supuesto parangón de virtud fiscal balcánica, Bulgaria, que ha recibido el premio del hada de la confianza y ahora descuella en el Olimpo de los casos de éxito noliberales. ¿No habría tenido mucha más influencia en la evolución del tipo de interés que pagaba el gobierno búlgaro el hecho de que el banco central de Bulgaria se avino a comprar deuda de su propio estado? En la siguiente figura vemos lo que pasó con el balance del banco central de ese país balcánico: desde finales de 2009 hasta 2013 sus activos casi se duplican. Es decir, al igual que el Reino Unido u otros países bendecidos con soberanía monetaria, Bulgaria pudo apoyar su deuda pública con compras en el mercado para impedir que los rendimientos se dispararan. Mientras, el BCE bajo Tritchet nos dejaba a los países periféricos tirados en el arroyo. Resulta evidente que Guntram Wolff no quiere morder la mano de quien le da de comer.

Ahora bien, la decisión de implantar un currency board es arriesgada y ya conocemos cómo acabó la experiencia argentina. Para acabar con la hiperinflación más les habría valido crear un sistema fiscal eficaz capaz de cancelar sus emisiones de dinero y crear esas instituciones que tanto echa en falta Wolff.


Con todo su descaro el Sr. Wolff pretende que extraigamos la moraleja de su fábula: los "mercados" premian a los estados obedientes y castigan a los supuestamente desobedientes. No tendría nada que ver en la evolución diferencial de los dos países balcánicos el hecho de que uno contó con un banco central que cumplió con su obligación y el otro no pudo obtener el respaldo del suyo, que además tenía prohibida la financiación a los estados y, a cuyo frente, se situaba un incompetente y chantajista presidente, el Sr. Tritchet. Pero ya que el autor alemán considera tan admirable la gestión de la economía búlgara, veamos qué pasó con el desempleo en ese aventajado alumno del neoliberalismo: en apenas 4 años sus tasas de desempleo volvieron a los niveles de 2003, la nada envidiable tasa de 14%.




No olvidemos que esta caída de empleo coincidió con la pérdida de una parte importante de la población del país. El país vio como se reducía su población en 288.000 de los habitantes entre 2006 y 2013, casi un 4%, la mayor parte sin duda trabajadores que se vieron obligados a emigrar. La población en edad de trabajar se redujo en 133.000 personas, el 6% del total. Esta es una pérdida de capital humano irreparable y que dificultará que el país recupere la producción que tenía antes de la CFG.

Evolución de la población de Bulgaria. Fuente: Eurostat

Cierto es que a los neoliberales estas variables no suelen importarles demasiado. Para ellos quien está desempleado es porque quiere. El sufrimiento causado a la población es absolutamente irrelevante para el Sr. Wolff y los de su cuerda. En definitiva, las políticas a las que obliga un régimen de cambios fijo o una unión monetaria sin unión fiscal siempre conducen a una única salida posible: altas tasas de desempleo y emigración cuando se produce un shock asimétrico. ¿Qué yogur prefiere Vd., el griego o el búlgaro?

Aun así no negaremos que Grecia tiene un problema de competitividad. Es cierto, una gran parte de su parva industria fue laminada entre finales de los años 70 y principios de los 80. Pero ésa es materia que ya trató Frances Coppola en su post. La que sí es una lección real es que se cumple el famoso "trilema" que ya expuso Hyman Minsky. Una nación solo puede elegir dos de las siguientes tres opciones de política económica:
  1. Margen para ejecutar políticas económicas conducentes al pleno empleo.
  2. Tipo de cambio fijo de su divisa.
  3. Libre movimiento de capitales.
De forma que una nación puede optar entre las tres combinaciones siguientes:
  1. Tener margen para ejecutar políticas que aseguren el pleno empleo y permitir el libre movimiento de capitales; pero entonces tendrá que permitir que su tipo de cambio flote libremente.
  2. Tener margen para ejecutar políticas que aseguren el pleno empleo y fijar el tipo de cambio de su divisa; pero entonces tendrá que introducir controles al libre movimiento de capitales.
  3. Fijar el tipo de cambio de su divisa y permitir el libre movimiento de capitales. Pero entonces carecerá de margen para aplicar políticas macroeconómicas que garanticen el pleno empleo y tendrá que sacrificar el empleo ante una crisis que comprometa el sostenimiento del tipo de cambio o haya riesgo de fuga de capitales.
En lo que si estaremos de acuerdo con el Sr. Wolff es que, dentro de la unión monetaria, es muy difícil encontrar una solución al problema griego. En lo que seguro que no estamos de acuerdo es en las causas (para él la falta de virtud fiscal, para mí la nefasta gestión del BCE y el mal diseño de la unión monetaria) ni en las soluciones. Para mí no queda otra que la recuperación de la soberanía monetaria (o la creación de una verdadera unión fiscal, bancaria y de transferencia de rentas de países superavitarios a deficitarios; pero antes pasará un camello por el ojo de una aguja).