Cita de Roosevelt

"Ningún país, sin importar su riqueza, puede permitirse el derroche de sus recursos humanos. La desmoralización causada por el desempleo masivo es nuestra mayor extravagancia. Moralmente es la mayor amenaza a nuestro orden social" (Franklin Delano Roosevelt)

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martes, 8 de agosto de 2017

La teoría circuitista de los beneficios

Villaviciosa de Odón, 8 de agosto de 2017

Alain Parguez

En el post anterior examinamos la ecuación de beneficios de Kalecki. Recordemos que según el economista polaco los beneficios de la clase capitalista equivalían a la inversión, el consumo de los capitalistas, el déficit público, el superávit de la balanza comercial con el resto del mundo y lo minoraba el ahorro de los trabajadores.

Alain Parguez, un economista procedente de la tradición circuitista plantea en mi opinión una interesante síntesis entre la ecuación de los beneficios de Kalecki, el circuitismo y la teoría de la moneda moderna (TMM) (Parguez, 2002). La aportación de Parguez a Kalecki es fundamental porque el economista polaco no había entendido que el déficit público no necesita de la financiación de fondos obtenidos del sector privado mediante la recaudación de impuestos ya que gastando el estado crea nuevo dinero y creo que tampoco hizo una distinción entre ganancias monetarias retenidas y beneficios gastados.

Flujo y reflujo

Parguez explica que tanto las empresas como el estado no pueden financiar sus gastos presentes con ingresos que aún no se han producido. En la secuencia lógica de acontecimientos primero tiene que haber un proceso de creación de dinero de las empresas y del gobierno. En el caso del gobierno sabemos que es el acto de gastar el que crea el dinero pero en el caso de las empresas el origen del dinero es el crédito bancario. Con ese nuevo poder de compra los empresarios pueden tomar sus decisiones de gasto en la adquisición de nuevos bienes de equipo. En una economía monetaria este aspecto temporal del circuito económico es fundamental. No se puede poner en marcha ninguna actividad económica sin que antes haya alguien que haya creado el poder de compra que permite movilizar recursos reales para dedicarlos al proceso productivo.

Las empresas tendrán que devolver esos créditos cuando sus inversiones produzcan los flujos de caja de entrada, en la fase que Alain Parguez llama de ‘reflujo’. La fase de reflujo es la que consigue la devolución de los préstamos y por tanto corresponde a la destrucción del dinero bancario. En el caso del estado la fase de reflujo es la recaudación de impuestos que destruye el dinero. El dinero es como un fotón, una partícula fugaz portadora de paquetes de información. Una vez que impacta en nuestra retina podemos conservar la imagen un tiempo breve en nuestro cerebro pero el propio fotón se destruye.

Al igual que no es posible que los ciudadanos paguen sus impuestos si antes el estado no les ha entregado aquello que sirve para pagarlos a través de la ejecución del gasto público (el dinero del estado no es más que un crédito fiscal), tampoco es posible que las empresas recuperen el dinero que necesitan para pagar al banco sin antes poner en circulación el dinero bancario pagando a los trabajadores los sueldos que estos usarán para consumir los productos fabricados y comercializados por las empresas (salvo en el esporádico e improbable caso de que algunos de estos trabajadores sean falsificadores de moneda).

Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre empresas y gobierno: el estado puede crear dinero por su propia cuenta gracias a que el Banco Central compra las emisiones de deuda del Tesoro y puede financiar al gobierno a tipo de interés cero. En cambio las empresas deben recurrir a los intermediarios de crédito. Solo estos pueden crear dinero crediticio pues solo estas instituciones cuentan con el respaldo del estado a través del banco central para hacerlo.

La falacia Robin Hood

Fijémonos en esta paradoja: al recaudar impuestos el estado destruye el dinero que ha creado previamente. Si recauda tantos impuestos como ha gastado previamente el estado conseguirá un equilibrio presupuestario pero a la vez estará retirando dinero del bolsillo de los ciudadanos. Los impuestos no generan nuevos ingresos con los que el estado puede gastar y además reducen los ingresos de los hogares y, por consiguiente, su consumo. Los impuestos destruyen una cantidad equivalente de dinero. Los impuestos, por tanto, retiran renta del sector privado sin generar rentas para el estado que se podrían reciclar en gasto. La insistencia de los socialdemócratas en que primero hay que recaudar, preferentemente de los ricos, para luego realizar el gasto social en favor de los pobres está basada en una ficción, una ilusión. Es lo que Parguez llama la paradoja “Robin Hood” pero yo considero más apropiado llamarla la “falacia Robin Hood”: la idea de que es necesario sacar impuestos de los ricos para transferirlos a los pobres. No hay ninguna razón por la que el estado no pueda previamente hacer transferencias a los pobres y luego decidir si necesita retirar poder de compra de los ricos para deflacionar la economía.

El déficit público como fuente de beneficios empresariales

La elevación de la presión fiscal simplemente estruja los presupuestos familiares, reduce el consumo y solo puede llevar a una reducción de los beneficios empresariales. Recuerden que según Kalecki un superávit fiscal reducía los beneficios y en cambio un déficit contribuía a su formación.

Para entender por qué el déficit público genera beneficios empresariales recordemos la contabilidad de reservas que hemos descrito en posts anteriores. Supongamos que el estado ha gastado más de lo que ha recaudado, a esa diferencia la llamamos déficit. Ese déficit público se refleja contablemente en el activo de los balances de los bancos como un aumento de sus cuentas de reservas, cuya contrapartida, euro a euro, en el pasivo son los depósitos bancarios que mantienen las empresas y los hogares. Si el déficit ha generado un incremento de la demanda agregada, la suma de las compras de lo mercancías del estado y el incremento neto del consumo de los hogares tiene que ser equivalente a las ganancias monetarias retenidas acumuladas por las empresas. Las ganancias monetarias retenidas son iguales a la discrepancia entre los beneficios agregados y la deuda, en la que el empresario incurrió para financiar las inversiones, que ha sido devuelta utilizando los beneficios brutos. El incremento total en el stock de pasivos bancarios lo detentan las empresas en forma de beneficios monetarios retenidos (Parguez, 2002, pág. 91).

La búsqueda de beneficios en el exterior

Desde el punto de vista de Parguez por tanto la fobia al déficit pública encierra en sí las semillas de su propia derrota porque un superávit solo puede socavar los beneficios monetarios retenidos … salvo que los capitalistas sean capaces de encontrar otra fuente. Ya vimos en la ecuación general de beneficios de Kalecki que éstos podían proceder del superávit obtenido en el comercio exterior. Esta estrategia explica la obsesión de los economistas mainstream por incrementar la competitividad de las naciones y ganar cuotas de mercado internacional para las oligarquías capitalistas para las que trabajan. También explica por qué para Alemania la unión monetaria europea ha sido tan útil para mantener los beneficios de su clase capitalista cuando en su propio país el gobierno se empeñaba en mantener un superávit mientras sus hogares, tras una década de represión salarial, disuadida de mantener su propia reproducción, se convertían en asustadizos consumidores con una fuerte preferencia por el ahorro. Ayuda a entender por último por qué el capitalista español, ante la pérdida de su propio mercado en favor de productores de otras economías más competitivas, optó por convertirse en el agente del capitalismo franco-alemán en América Latina como único medio de conseguir beneficios que se le negaban en su propio país donde también la ortodoxia vigente nos llevaba a buscar un superávit deflacionista.

Hogares endeudados y financiarización

Si seguimos examinado la ecuación de beneficios de Kalecki vemos que el ahorro de los consumidores reduce los beneficios. Pero lo contrario también es válido. ¿Y si los capitalistas, a través de sus entidades de crédito, consiguen convencer a las familias para que, en lugar de ahorrar, se endeuden? El desahorro de los hogares se convierte entonces en una fuente de beneficios. El préstamo hipotecario explica el beneficio del promotor inmobiliario y del rentista propietario de tierras urbanizables. El préstamo de la entidad financiadora ayuda a crear los beneficios de los grandes grupos del automóvil. La tarjeta de crédito ha mantenido las ganancias de las empresas gracias a que permite el milagro de que los trabajadores gasten en su propia reproducción más de lo que permiten sus reprimidas rentas salariales. Recuerden el excedente que obtenía el capitalista en el Departamento 3 que describía Kalecki: ¡ahora los capitalistas dan un paso más y consiguen sacar excedentes anticipados! Éste es el mecanismo de la financiarización observada en los países adscritos al capitalismo atlántico cuando los superávits comerciales no eran posibles y a la vez se pretendía el imposible de alcanzar un superávit fiscal.

Beneficios no retenidos en forma monetaria

Pero ¿qué hay de las otras dos fuentes de beneficios que describía Kalecki en su ecuación más sencilla? Recordemos que en la formulación más esquelética de Kalecki:

Beneficios brutos=inversión + consumo de los capitalistas

Aquí es donde la teoría moderna de la moneda y el circuitismo completan el análisis de Kalecki. Si no consideramos una economía monetaria la ecuación de Kalecki es impecablemente correcta. Pero el consumo de los capitalistas y la inversión son el resultado de sus propias decisiones de gasto. Una vez que las han ejecutado el dinero que habían conseguido mediante los beneficios ya no existe, se ha transferido a otros bolsillos o cuentas bancarias. Solo queda ese coche de lujo en el garaje o esa inversión en una máquina en el taller. Fíjense que en los párrafos anteriores recalco que Parguez hablaba de ganancias monetarias retenidas. La inversión y el consumo no pueden ser ganancias retenidas sino gastadas.

Esta diferencia entre beneficios retenidos en forma monetaria y decisiones de gasto de los capitalistas es crucial. El capitalista pretende invertir una cantidad de dinero en la compra o producción de mercancías para volver a recuperarlo a ser posible aumentado cuando venda las mercancías. En forma sintética Marx hablaba de la circulación M-C-M’, donde el circuito parte con dinero M (Money), que se convierte en mercancías C (Commodities) para obtener más dinero M’, a ser posible siendo M’>M, es decir aumentado con la plusvalía extraída de los trabajadores. El capitalista lógicamente desea que el resultado de su actividad sea obtener M’, no más C. En la fase de flujo, la financiación de la inversión puede proceder de los beneficios retendios, o financiarse con nuevo crédito como veíamos al principio. Es cierto que dentro de la propia clase capitalista puede haber algunos que se hayan endeudado para realizar la inversión y por tanto su posición financiera neta sea negativa, al menos temporalmente. Sin embargo a estos capitalistas que se han endeudado para acometer una inversión los llamaría Schumpeter emprendedores en su Teoría del Desarrollo Económico (Schumpeter, 1934). Los emprendedores son capitalistas en potencia ya que aspiran a incorporarse a sus filas pero aún no lo han conseguido. Obviamente no podemos confundir este personaje con la figura contemporánea del autónomo glorificado también llamada “emprendedor” en el sistema propagandístico que intenta ocultar lo que no es más que autoexplotación de cortos vuelos. El emprendedor procura no arriesgar su capital y, si es avispado, dejará quebrar su empresa si comprueba que no va a conseguir que M’>M.

Los capitalistas pueden también destinar sus beneficios a la compra de bienes de lujo en la fase de reflujo pero, si realmente pertenecen a esa clase, no es creíble que se endeuden para pagar esos gastos. Puede haber quienes se endeuden para comprar bienes de lujo pero esos no serán capitalistas sino personas que quieren vivir por encima de sus posibilidades o personas que están abandonando la clase capitalista por mala fortuna o desidia.

Obviamente dentro de la clase capitalista los hay que toman préstamos de otros pero, en agregado, la clase capitalista no puede crear activos financieros netos. Los créditos de unos capitalistas son las deudas de otros pero si consolidamos todas las deudas se cancelan con los préstamos y el saldo tiene que ser forzosamente cero. Para que la clase capitalista pueda acumular beneficios retenidos en forma monetaria otro sector de la sociedad tiene que estar dispuesto a crear los activos financieros, es decir, a endeudarse. Esos solo pueden ser las familias no capitalistas, el estado o los extranjeros. El estado suministra nuevo dinero o bonos del Tesoro gracias al déficit público. Las familias se dejan atrapar en el crédito bancario para comprar los productos que les venden los capitalistas. Los extranjeros aportan depósitos en moneda extranjera o se embarcan en operaciones de crédito internacional para financiar importaciones en el comercio deficitario con las grandes potencias exportadoras.

Los capitalistas necesitan hacerse con esos activos financieros para asegurarse la acumulación de capital. Para ello es fundamental obtener un poder de mercado con un elevado grado de monopolio o situarse muy cerca del monopolista de la creación del dinero, el estado.

Referencias


Parguez, A. (2002). A Monetary Theory of Public Finance : The New Fiscal Orthodoxy: From Plummeting Deficits to Planned Fiscal Surpluses. International Journal of Political Economy, 32:3, 80-97.

Schumpeter, J. A. (1934). The Theory of Economic Development. Boston: Harvard University.


jueves, 3 de agosto de 2017

¿De dónde vienen los beneficios?

Michał Kalecki

En este post vamos a repasar una de las principales aportaciones del polaco Michal Kalecki a la Economía, la ecuación de beneficios. Si uno consulta la contabilidad nacional apreciará que la renta nacional se reparte en tres grandes magnitudes:

  • La remuneración de los asalariados
  • El excedente bruto de explotación
  • Los impuestos sobre la producción y las importaciones netos de subvenciones

El excedente bruto de explotación (EBE) es un concepto que podría asimilarse a los beneficios contables de la empresas pero es en realidad un poco más amplio porque incluye todas las rentas procedentes de la propiedad y de la empresa. A diferencia de los beneficios empresariales el EBE no excluye el consumo de capital. Si deducimos el consumo de capital fijo obtenemos el excedente neto de explotación. El consumo de capital fijo representa el montante de los activos fijos consumidos durante el período considerado como resultado del desgaste normal y la obsolescencia previsible, incluida una provisión para las pérdidas de activos fijos como consecuencia de daños accidentales asegurables. De forma aproximada podríamos decir que el EBE recoge la parte de la renta que se asigna al factor capital.

En la contabilidad nacional de España observamos la siguiente distribución de la renta nacional bruta:
Fuente: INE, cifras en millones de euros.

Al examinar la tabla podemos comprobar cómo, pese a la estabilidad relativa en el tiempo de estas grandes magnitudes, durante la crisis económica los componentes de la renta interior bruta cayeron pero no hicieron de forma uniforme. La siguiente tabla muestra que la participación de los salarios en la renta cayó más que el EBE y los impuestos sobre la producción netos de subvenciones. Por tanto los asalariados perdieron participación en el reparto de la renta en favor del capital y probablemente también absorbieron el crecimiento de los mayores impuestos aplicados como consecuencia de las políticas de austeridad fiscal. Tengamos en cuenta que en realidad las retribuciones de algunos altos ejecutivos, aunque formalmente se incluyan en la magnitud de los asalariados, podrían más propiamente incluirse en un concepto amplio de beneficios.


La evolución del EBE y de las rentas de la propiedad nos hace plantearnos la siguiente pregunta: ¿qué determina los beneficios del factor capital entendido en su forma más amplia?

Esta cuestión ocupó a Michal Kalecki quien la abordó de una forma muy elegante y sencilla (Kalecki, 1969). Kalecki partió inicialmente de un modelo económico esquelético en el que solo habría dos clases de personas, trabajadores y capitalistas, ignorando por el momento el sector exterior y asumiendo que los impuestos son de poca importancia. Los trabajadores solo cobran salarios mientras que los capitalistas cobran los beneficios.

Recordemos además que

PRODUCTO=GASTO=RENTA

Esto nos permite describir esquemáticamente el producto interior bruto de esta forma.

Desde el punto de vista de la demanda el PIB es igual al consumo de trabajadores y capitalistas y a la inversión en capital fijo. Desde el punto de vista de las rentas el PIB=beneficios brutos+sueldos y salarios. Además suponemos que los trabajadores no ahorran y destinan toda su renta a consumo mientras que los capitalistas pueden destinar su renta a inversión o a consumo.

Dado que consumo de los trabajadores=sueldos y salarios de los trabajadores, aritméticamente se deduce que:

Beneficios brutos=consumo de los capitalistas +  inversión en capital fijo.

La ecuación es muy sencilla pero tiene una gran significación. La pregunta que se hizo Kalecki fue cuál era la variable determinada, los beneficios brutos o el consumo y la inversión. Kalecki responde

es evidente que los capitalistas pueden decidir consumir e invertir más en un determinado período que en el anterior, pero no pueden decidir ganar más. Por consiguiente son sus decisiones de inversión y consumo las que determinan sus beneficios y no vice versa.
Además Kalecki observa que

si consideramos un plazo corto podríamos decir que las inversiones y el consumo de los capitalistas están determinados por decisiones adoptadas en el pasado porque la ejecución de una inversión requiere un cierto tiempo y el consumo de los capitalistas responde a cambios en los factores que lo influyen con cierto retraso.
Estas decisiones no son estacionarias ya que los capitalistas no deciden consumir e invertir exactamente lo mismo que en el período anterior. Por ejemplo, determinados acontecimientos como la acumulación de existencias también pueden alterar las decisiones de inversión.

Kalecki ilustra el problema de los beneficios empleando una analogía marxista. Imaginemos que en la economía hay tres departamentos:


  1. Departamento de producción de bienes de inversión.
  2. Departamento de producción de bienes de consumo para capitalistas.
  3. Departamento de producción de bienes de consumo para trabajadores.
Los capitalistas del Departamento 3, después de vender una cantidad de bienes de consumo equivalente a los sueldos de sus trabajadores, todavía retendrán un excedente de bienes de consumo. Este excedente es su beneficio y esta producción se destinará al consumo de los trabajadores empleados en los otros dos Departamentos. Como los trabajadores no ahorran su consumo es igual a sus salarios. Por tanto:

Los beneficios totales serán equivalentes a la suma de los beneficios en el Departamento 1 y el Departamento 2 y los salarios pagados en ambos. O dicho de otro modo, los beneficios serán idénticos al valor de la producción en estos departamentos, es decir, el valor de la producción de bienes de inversión y el valor de la producción de bienes de consumo para capitalistas.

Además la producción de los Departamentos 1 y 2 también determinará la producción del departamento 3 si la distribución entre salarios y beneficios en todos los departamentos viene dada. La producción del Departamento 3 se verá estimulada hasta el punto en que los beneficios extraídos de la producción igualarán la producción de los salarios en los Departamentos 1 y 2. Recordemos que la producción de bienes de consumo y el empleo en el Departamento 3 tiene que alcanzar el punto en el que, una vez satisfechos las necesidades de consumo de estos trabajadores, queda un excedente que iguala los salarios de los departamentos 1 y 2.

Para alcanzar este resultado son claves los factores de distribución que determinan la distribución del ingreso, por ejemplo el grado de monopolio. Dado que los beneficios quedan determinados por decisiones de los capitalistas sobre su consumo e inversión, son los factores de distribución los que determinan finalmente el consumo de los trabajadores y, por consiguiente, el producto nacional bruto y el empleo. Es decir, una vez que los capitalistas han tomado sus decisiones el producto nacional se verá impulsado hasta el punto en que los beneficios, extraídos en función de los factores de distribución, igualen el consumo de los capitalistas y la inversión.

El planteamiento anterior es demasiado esquemático. Kalecki generaliza la ecuación de beneficios incorporando los dos sectores que ignoramos hasta ahora: el gobierno y el exterior. El gobierno recauda impuestos, compra bienes y servicios y paga transferencias. Con el sector exterior comerciamos lo cual genera unas exportaciones netas de importaciones.

Recordemos de nuevo que 

PRODUCTO=GASTO=RENTA

Representado esquemáticamente la producción se desglosa en dos columnas, donde la izquierda acumula las rentas y la derecha el gasto al que se destinan las rentas, como sigue:


La recaudación de impuestos se destinará en parte a adquisición de bienes y servicios del gobierno y en parte a transferencias (por ejemplo pensiones, ayudas de desempleo, etc.). Si restamos los impuestos menos las transferencias de ambos lados en el lado de las rentas desaparecen los impuestos pero aparecen las transferencias que añadiremos a los salarios. En el lado del gasto aparece el déficit público.


Si ahora pasamos las rentas de los trabajadores a la columna de la derecha restando en ambos lados obtenemos la siguiente ecuación de beneficios:

Beneficios netos de impuestos directos=Inversión en capital fijo+consumo de los capitalistas+déficit público+consumo de los trabajadores+saldo de la balanza comercial+déficit público-salarios netos de impuestos directos y transferencias+consumo de los trabajadores

Pero los salarios de los trabajadores netos de impuestos directos y transferencias menos su consumo no es más que el ahorro de los trabajadores. Por tanto la anterior ecuación se puede simplificar: 


Beneficios netos=Inversión en capital fijo+consumo de los capitalistas+déficit público+consumo de los trabajadores-ahorro de los trabajadores+saldo de la balanza comercial

El ahorro es igual a la inversión


Los economistas clásicos consideraban que la inversión venía limitada por los fondos disponibles generados por el ahorro y que ambas magnitudes se igualaban gracias al tipo de interés. La ecuación de Kalecki desmonta todo el andamiaje clásico sobre la inversión y el ahorro. (Por cierto, recuerden que el trato fiscalmente favorable que nuestro actual IRPF da a las rentas del ahorro se deriva de la creen falaz de que el ahorro se dirige a la inversión y que por tanto, para favorecer el crecimiento económico, habría que fomentar el ahorro).

Para examinar esta cuestión Kalecki nos invita a imaginar que el déficit público y también el saldo comercial con el exterior son cero. Además sabemos que el ahorro de los capitalistas debe ser igual a sus beneficios netos menos su consumo y el ahorro de los trabajadores es su renta salarial neta de impuestos y transferencias menos su consumo. De esta manera se cumple la identidad

Ahorro bruto=inversión bruta en capital fijo

Si de nuevo suponemos que los trabajadores no ahorran (lo cual no es una desviación muy seria de la realidad) obtenemos la anterior ecuación esquelética de beneficios:

Ahorro bruto de los capitalistas=inversión bruta en capital fijo

La identidad entre ahorro e inversión se da por definición, pero a diferencia de los economistas clásicos Kalecki entiende que son los capitalistas los que determinan su propia suerte. No son los ahorros los que determinan la inversión sino las decisiones de inversión y consumo las que determinan los beneficios.

Dentro de la clase capitalista puede haber aquéllos que deseen realizar inversiones que superen su propia capacidad de ahorro y por ello recurrirán al crédito bancario. Pero recuerden como hemos explicado en un post anterior que los bancos no necesitan obtener fondos de terceros para conceder préstamos. Es el acto de crear el préstamo el que genera automáticamente los fondos de ahorro que los financian. De esta manera el inversor generará una deuda con un banco pero, al transferir los fondos a los capitalistas que fabrican los bienes de inversión cuando compra los bienes de capital fijo, estos se encontrarán con instrumentos de ahorro que pueden consumir o retener. En definitiva ante cada decisión de inversión financiado con deuda de un capitalista otro capitalista se encontrará con los fondos en los que materializará su ahorro. Por eso no es el ahorro el que determina la inversión, como se cree vulgarmente, ¡es al revés! En este proceso Kalecki observa que el tipo de interés no tiene nada que ver. De esta forma Kalecki desmonta de un plumazo varias falacias que aun hoy están muy aceptadas por los economistas mainstream: la teoría de los fondos prestables, la tasa natural de tipo de interés y la determinación endógena de los tipos de interés.

Reflexiones sobre el superávit comercial y el déficit presupuestario

Quizás las reflexiones finales de Kalecki en su capítulo sobre la determinación de los beneficios son las que resultan más reveladoras. Los beneficios de los capitalistas dependen positivamente de la existencia de un superávit comercial y de un déficit público. Si aumenta el superávit comercial por un crecimiento de las exportaciones los beneficios empresariales crecerían en ese importante. Obviamente esto exige un aumento de la producción, el empleo y los costes salariales en el sector exportador pero los sueldos adicionales pagados en él también expandirán la producción y los beneficios de la industria de producción de bienes de consumo para los trabajadores. De esto se deduce una explicación por la cual los capitalistas tienen tanto interés en aumentar su cuota de mercado internacional. El superávit en el comercio internacional permite aumentar sus beneficios por encima de lo que permiten su propio consumo y la inversión en el mercado doméstico. El modelo de crecimiento basado en exportaciones ha sido loado por los economistas convencionales que suelen tener un interés económico en avanzar los intereses de la clase capitalista (no muerden la mano que les da de comer). Pero hemos de recordar que un superávit exportador no mejora el nivel de vida de los trabajadores. Las exportaciones son un coste, no un beneficio: es lo que tenemos que entregar a cambio de poder comprar productos de importación. Adviertan como eso no es lo que nos cuentan los diarios de color salmón, la prensa generalista, los economistas tertulianos o el gobierno. Lo que nos venden es que exportar mucho es muy bueno para el país. Ya sabemos que solo es bueno para una parte (pequeña) de la población pero muy influyente.

Un déficit en las cuentas públicas tiene un efecto similar al de las exportaciones. También permite que los beneficios aumenten más allá de lo que permiten las decisiones de inversión y de consumo de los capitalistas. Un aumento del déficit público genera activos financieros en los que los capitalistas pueden materializar el ahorro obtenido por los beneficios empresariales.

En principio los empresarios deberían ser partidarios de un déficit público ya que les beneficia de la misma manera que un superávit comercial. Sin embargo el propio Kalecki aclara las razones de la repugnancia de los empresarios (y de los economistas a su servicio) por el déficit público (Kalecki, 1943). Kalecki cita tres razones:

1. Repugnancia por la interferencia gubernamental en la solución del problema del desempleo.

En un sistema de laisser faire son los empresarios los que determinan el nivel de empleo y ocupación en función de sus expectativas y su confianza. Si la confianza de los empresarios se deteriora la inversión privada decae lo cual resulta en caídas de empleo y producción. Esto le da un enorme poder a los empresarios sobre el gobierno ya que cualquier pérdida de su confianza debe ser evitada para que no se genere una crisis. Sin embargo, cuando los gobiernos aprendieron que podían actuar directamente sobre la creación del empleo mediante un aumento del déficit este mecanismo de control pierde su eficacia. La búsqueda de un superávit público tiene que ver más bien con conseguir que el nivel de empleo dependa exclusivamente del estado de confianza de los empresarios.

2. Repugnancia por la dirección del gasto público (inversión pública y subvención del consumo)

Los empresarios desean que el gasto público se oriente hacia objetos que no compitan con su actividad: carreteras, hospitales, escuelas, defensa. Si el estado destinara el gasto público a suministrar bienes que fabrica el sector privado caería la tasa de beneficios del sector privado. La oposición a que el estado subvencione el consumo es de naturaleza moral, "ganarás el pan con el sudor de tu frente", que es fundamental para conseguir una fuerza de trabajo disciplinada. Este principio obviamente no aplica a quienes ya disponen de un patrimonio cuantioso.

3.Repugnancia por los cambios sociales y políticos que resultan del mantenimiento del pleno empleo.


Suponiendo que la sociedad superara la oposición de los capitalistas a la acción del estado, en un régimen de pleno empleo se producirían cambios sociales desfavorables a los empresarios. Los trabajadores ya no estarían sometidos a la función disciplinaria del desempleo. Esto resultaría en mejoras salariales a través de huelgas y negociación colectiva lo cual llevaría a una caída en la tasa de beneficios y aumentos de precios que perjudican los intereses de los rentistas. Al final la disciplina en el taller y la "estabilidad política", como la entienden los empresarios, merecen pagar el precio de renunciar a esos mayores beneficios que aportaría el aumento del déficit. Kalecki concluye: 

Su interés de clase les dice que el pleno empleo duradero no es sensato desde su punto de vista y que el desempleo es una parte integral del sistema capitalista "normal".

Referencias:


Michal Kalecki. (1969) Theory of Economic Dynamics. Augustus M. Kelly Publishers. Nueva York.


miércoles, 21 de octubre de 2015

La narración clásica sobre el desempleo

Si hay una nación que tiene un serio problema estructural con el empleo ésa es España.
El registro histórico de desempleo es simplemente desolador. Desde finales de los años 70, solo durante un breve interludio, asociado a la burbuja inmobiliaria que siguió a nuestra entrada en la moneda común, conseguimos que la tasa de desempleo llegara a tener menos de dos dígitos en porcentaje sobre la población activa. Si tenemos en cuenta que, además, la población activa es de las más bajas de los países de la OCDE la magnitud de la tragedia resulta aún mayor. Más desolador es constatar que las élites empresariales y políticas de este país no tienen ningún interés en resolver el problema. Inquieta reconocer que la democracia española ha sido incapaz de generar el pleno empleo. Salvo los nacidos antes de los años 60, prácticamente nadie en este país ha conocido una situación de pleno empleo. Quien más quien menos ha experimentado dificultades para incorporarse al mercado de trabajo, episodios más o menos duraderos de desempleo y condiciones laborales cada vez más degradadas; salvo que haya conseguido aprobar unas oposiciones, esté muy bien conectado o tenga unas habilidades y competencias muy demandadas por el mercado.



Ilustración1.Elaboración propia a partir de datos de la población activa del INE (desde 2000) y fuentes diversas para años anteriores. Nota: hay cambios metodológicos a lo largo de la serie histórica que no he tratado de resolver.

¿Qué explica nuestra incapacidad histórica para resolver el problema del desempleo?
La narrativa convencional hunde sus raíces en la teoría económica clásica que resucitó a partir de los años 70 con la formulación conocida actualmente como neoliberalismo. John Maynard Keynes, en la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero[i], resume la teoría clásica del desempleo tal como la había explicado el Profesor Arthur Pigou[1], quien, según su entender, tenía el mérito de haber hecho la formulación más completa y explícita de todos los autores neoclásicos. Según esta teoría el salario es igual al producto marginal del factor trabajo, es decir equivale al valor que dejaría de producirse si el trabajo se redujera una unidad. Contrátese un trabajador más y las empresas perderán porque el producto de ese recurso adicional no cubrirá el coste incremental. Contrátese uno menos y el empresario perderá la oportunidad de ganar un poquito más. La premisa de los clásicos es que todos los procesos productivos tienen rendimientos marginales decrecientes, es decir, que se saca menos producto por cada recurso añadido. Existe pues una relación inversa entre salario y la cantidad de trabajo que los empresarios estarían dispuestos a ofertar.

Por otra parte, la utilidad del salario para un determinado volumen de empleo debe ser igual a la “desutilidad” marginal de esa cantidad de empleo. El término desutilidad es un poco críptico y es ciertamente difícil de medir pero vendría a equivaler al coste que tiene para el trabajador aceptar un empleo. Acudir a trabajar implica renunciar a tiempo de ocio y otras incomodidades además de costes de transporte y de cuidados de familiares durante la ausencia del trabajador. Si el sueldo no es suficientemente elevado a un trabajador puede no interesarle acudir a trabajar. Es decir, puede que la utilidad de trabajar, el salario neto, sea inferior a la desutilidad, en cuyo caso habrá trabajadores que se retirarán del mercado y viceversa. Según los clásicos habría un determinado volumen de empleo de equilibrio en el que el salario igualaría la desutilidad del trabajo. Una hora trabajada de más tendrá una desutilidad mayor que la utilidad que aporta y por tanto al trabajador no le interesará ofrecerla. Una hora trabajada de menos y la desutilidad de trabajar sería inferior al salario y por tanto al trabajador le interesará ofrecer sus servicios al mercado pues aún puede ganar productividad neta. La función de utilidad del trabajo gobernaría la oferta de empleo.

Para los neoclásicos la economía tiende al equilibrio automáticamente. En algún punto se igualarán las funciones del producto marginal del factor trabajo (la demanda de empleo) y la de utilidad del trabajo de tal forma que para un determinado salario el volumen de empleo demandado por los empresarios igualará al volumen ofertado. Por eso los clásicos consideraban que, en condiciones de competencia perfecta no existiría el desempleo.

Los clásicos aceptaban que podía darse un poco de desempleo de tipo “friccional” causado por pequeños desajustes de información entre oferentes y demandantes, retrasos y demoras al cambiar de un empleo a otro, errores de cálculo de los empresarios entre otros. Sin embargo, fuera de estas excepciones, que podríamos atribuir a pequeñas imperfecciones en el funcionamiento de la economía de mercado, el mercado siempre tendería al equilibrio. Si baja la demanda de empleo basta con que los trabajadores acepten una rebaja salarial. Aquéllos que no están dispuestos a trabajar por el nuevo salario se retirarían del mercado y por tanto, no estarían desempleados. La razón es que al nuevo salario la una parte de los trabajadores encontraría que su desutilidad sería superior al salario. Para aumentar el empleo bastaría una bajada de los salarios reales (los salarios medidos por su poder de compra real). Si existía desempleo “involuntario” éste solo podría darse si los trabajadores trataban de evitar la formación del precio de mercado mediante la colusión el recurso a prácticas anticompetitivas, amenazas de huelga o procesos de negociación colectiva. El desempleo “involuntario” solo podría ser culpa de las conductas anticompetitivas de los trabajadores.

En esencia esta narrativa, de origen decimonónico y resurgida con el neoliberalismo, ha impregnado a una gran parte de la sociedad, de las élites empresariales y políticas, incluyendo a las de la UE. El mensaje lo repiten una y otra vez las organizaciones de empresarios, los gobernadores del Banco de España, los ministros de Economía y Hacienda, diversos “gurús” y tertulianos de diverso pelaje. La melodía es la misma con distintas variaciones y cambios de compás. ¿Cuántas veces hemos oído que una legislación laboral con unos elevados costes de despido y enormes rigideces salariales (por ejemplo para adaptarlos a cambios a la productividad como ha pedido reiteradamente el presidente Felipe González) desincentivaba la contratación de trabajadores? ¿No estaba diciendo el presidente que los salarios deberían bajar hasta igualar su productividad marginal para que pudieran contratarse más desempleados? Nos han inculcado desde hace años que nuestra economía es escasamente competitiva, está constituida mayormente por microempresas, es incapaz de exportar y está centrada en los monocultivos del ladrillo y del turismo, que genera un empleo de baja calidad y muy sometido a los vaivenes de los ciclos de la economía. Es lo mismo que decir que si la productividad de nuestra economía aumentara también lo haría el empleo porque al aumentar el rendimiento marginal del factor trabajo los empresarios estarían dispuestos a contratar a más trabajadores. Por tanto la receta prescrita para aumentar el empleo es aumentar la competitividad de nuestra economía.

Una y otra vez se ha recurrido al marco conceptual neoliberal para explicar el desempleo.
La historia no ha variado en exceso en el tiempo. A finales de los 70 y principios de los 80, recién salidos del Franquismo y, ante la obligación de integrar nuestra economía en la europea, nos explicaron que nuestro sector industrial era poco competitivo lo cual obligaba a cerrar las empresas más obsoletas. También nos explicaban que unos sindicatos combativos, amparados por una legislación restrictiva heredada del corporativismo franquista y convalidada en el Estatuto de los Trabajadores, se habrían mostrado reticentes a colaborar aceptando ajustes salariales para rebajar el desempleo. Por culpa de esa recalcitrante actitud de los trabajadores, el ajuste industrial se tendía que de producir a costa del empleo. De nuevo el recurso a la explicación clásica de las prácticas de colusión de los trabajadores para explicar el desempleo involuntario.

En los años 80 se añade al ramillete de explicaciones la incorporación al mercado de trabajo de las cohortes más numerosas que haya habido jamás en la historia de este país, la generación nacida en el baby boom. Encontrar acomodo laboral, al igual que ya fue complicado adaptar el sistema educativo a tal avalancha y luego lo fue en el mercado de la vivienda (lo cual en parte explicó el boom inmobiliario), fue un reto para la economía pero reconozcamos que también amplió espectacularmente el mercado de consumidores. Sin embargo, el baby boom ya peina canas y hoy más del 50% de los jóvenes están desempleados. Pero al margen de coyunturas como la crisis industrial y la incorporación de jóvenes al mercado de trabajo, la narrativa no ha experimentado demasiados cambios. Para los economistas del mainstream el problema sigue siendo el desajuste de la oferta laboral a las necesidades del mercado, los salarios reales elevados y la falta de movilidad laboral. Una y otra vez se aducen factores estructurales para explicar las altas tasas de desempleo de nuestra economía.  

Desde una perspectiva neoliberal solo tiene sentido atacar el desempleo aumentando la productividad, reduciendo los salarios reales, bajando la desutilidad del trabajo o reduciendo el desempleo friccional. Por eso tendríamos que atacar los siguientes problemas.

1.       La baja productividad marginal de la economía española. Si aumentamos la productividad marginal de nuestra industria conseguiríamos elevar el producto marginal del factor trabajo y por tanto, la industria contrataría más trabajadores hasta llegar a un nuevo equilibrio con más empleo y mayores salarios reales.
2.       Las “rigideces” de nuestro mercado laboral.  En este epígrafe podemos identificar algunas explicaciones recurrentes: leyes laborales que impiden el libre despido sin el pago de cuantiosas indemnizaciones; la negociación colectiva que no tendría en cuenta las circunstancias de cada empresa; la indexación de los salarios a la inflación; entre otras. En definitiva se trataría de eliminar los obstáculos que permitirían bajar los salarios y por tanto aumentar el volumen de empleo si fuera necesario.
3.       Los desincentivos para incorporarse al mercado de trabajo que aumentarían la desutilidad del trabajo. Entre éstos estarían las ayudas al desempleo, esa bestia parda de la derecha española llamada Plan de Empleo Rural (PER), las prestaciones de desempleo o, desde un punto de vista más progresista, las dificultades de las mujeres para incorporarse al mercado laboral

Este análisis neoliberal subyace al permanente reclamo de introducir las llamadas “reformas estructurales”. Esta línea argumental es una de las favoritas de la CE. A título de ejemplo, un informe del ejecutivo comunitario sobre los desequilibrios macroeconómicos de España publicado en 2015 señalaba los siguientes objetivos para nuestr0 mercado de trabajo[2]. Las inserciones entre paréntesis son mías.


  •  “Seguir nuevas medidas para reducir la segmentación del Mercado de trabajo para favorecer empleos sostenibles de calidad, por ejemplo, mediante la reducción del número de tipos contractuales y asegurar un acceso equilibrado a los derechos de indemnización por despido.” (Reducir los salarios reales)
  •  “Continuar con una monitorización regular de las reformas del mercado laboral.” (Acelerar el ritmo de introducción de reformas estructurales)
  •  “Promover desarrollos de salarios reales consistentes con el objetivo de la creación de puestos de trabajo.” (Reducir los salarios reales)
  •  “Fortalecer los requisitos de búsqueda de empleo en los beneficios de desempleo.” (Reducir la desutilidad del trabajo)
  •  “Acentuar la eficacia y la direccionalidad de las políticas activas de Mercado Laboral, entre las que se incluyen los subvenciones a la contratación, en especial para aquéllos que se enfrenta a mayores dificultades para acceder al empleo.” (Reducir el coste real del factor trabajo para las empresas)
  •  “Reforzar la coordinación entre el mercado de trabajo y las políticas de educación y formación.” (Reducir el paro friccional).
  •  “Acelerar la modernización de los servicios de empleo público para asegurar un asesoramiento personalizado eficaz, una formación adecuada y la adecuación entre demanda y oferta de empleo con un foco especial en los desempleados de larga duración.“ (Reducir el paro friccional).
  •  “Asegurar la aplicación efectiva de la cooperación público-privad en los servicios de colocación antes del fin de 2014 y monitorizar la calidad de los servicios prestados.” (Reducir el paro friccional).
  •  “Asegurar el funcionamiento efectivo del Portal de Empleo Único y combinarlo con medidas adicionales para asegurar la movilidad del trabajo” (Reducir el paro friccional y la desutilidad del trabajo).
De la lectura del documento de la Comisión Europea se deduce que los culpables del elevado desempleo español serían:

  •  La falta de formación de los trabajadores y la falta de acoplamiento entre las habilidades ofertas y demandas.
  •  Unos salarios reales que se resisten a bajar.
  •  Las rigideces del mercado de trabajo: esos trabajadores que no quieren moverse de su pueblo.
  •  Unos servicios públicos de empleo ineficaces.
  •  Los tipos de contratos laborales que generan un mercado dual donde unos tienen protección frente al despido y otros no. Con la expresión “acceso equilibrado a derechos de indemnización por despido” yo leo bajárselos a los que todavía conservan esos derechos.

¡La falta de demanda agregada como consecuencia de las políticas de austeridad y la falta de confianza de los empresarios no aparece en la lista!

Durante años las políticas aplicadas por los sucesivos gobiernos, bajo los auspicios comunitarios, han tenido siempre el mismo sesgo. Sin embargo en los últimos 30 años el desempleo se ha mantenido obstinadamente elevado. Los neoliberales objetarán que no hemos hecho las reformas estructurales con suficiente convicción y entusiasmo. Hay que reconocerles a los neoliberales su perseverancia en aplicar sus recetas económicas. El problema es que este análisis neoliberal no se sostiene ni desde la evidencia empírica ni desde un análisis conceptual.

La teoría de que la productividad marginal del trabajo = salario = desutilidad del trabajo es ingeniosa aunque resulta extremadamente difícil de aplicar en la práctica. Reconozcamos que para cualquiera resultaría extremadamente difícil calcular su desutilidad de trabajar más que aproximadamente. Sabemos que trabajar en una alcantarilla por 200 euros al mes no compensa el esfuerzo físico, los olores desagradables y los riesgos. También sabemos que un puesto administrativo por 45.000 € al año es una buena oportunidad pero dudo que la mayoría de las personas pueda hilar demasiado fino. Solo podemos llegar a una aproxima grosera de nuestra desutilidad.

En cambio, el concepto de productividad marginal del trabajo, aunque resulta elegante sobre todo cuando se acompaña del habitual aparato algebraico del gusto de los autores clásicos, en la práctica solo podría aplicarse a determinados empleos homogéneos en los que unos trabajadores pudieran ser sustituidos por otros con facilidad. Quizás un buen contable conseguiría ponerle una cifra a la productividad marginal del trabajo de la empresa para la que trabaja. Cuando vemos que determinados altos directivos o jugadores de fútbol perciben sueldos que resultan desorbitados, ¿podemos creer que si sus empleadores rescindieran sus contratos sus ingresos caerían en la misma medida que el salario ahorrado? Si Cristiano Ronaldo dejara el Real Madrid, de verdad dejaría de percibir ese club 17 millones de € al año siguiente. ¿Se reducirían los ingresos de ACS en 5 millones € si dejara de ser presidente Florentino Pérez? ¿Es creíble que la productividad marginal de un médico en atención primaria es equivalente al salario medio de 1.832 € mensuales que se observó en España en 2014? ¿Cómo se determina la productividad marginal de una enfermera? Honestamente parece que el concepto no puede tener más interés que el de una curiosidad estadística.

Quizás en el entorno de la sociedad industrial de finales del siglo XIX pudiera calcularse un rendimiento marginal de un trabajador pero este autor jamás ha visto en toda su experiencia profesional que una empresa supiera decir cuál era el de todos y cada uno de los puestos de trabajo. Es más que dudoso que las diferencias salariales observadas entre hombres y mujeres puedan justificarse por diferencias en la productividad marginal de cada sexo. Parece más realista suponer los niveles salariales los determinan el poder de negociación de cada una de las partes sin que ninguna pueda conocer ni de lejos cual es la productividad marginal de ese trabajador, concepto que, en caso de poderse calcular seguramente oscilaría de forma constante de un mes a otro.

Michal Kalecki ya explicó a principios del siglo XX que los salarios de los trabajadores en el sector industrial dependían del nivel de monopolio y de su poder de negociación gracias a la acción sindical. Desactivados los sindicatos muchos trabajadores han visto como sus ingresos caen por debajo del vaporoso nivel de la desutilidad del trabajo. Muchos no dejan de trabajar por este motivo pero seguramente han caído en una profunda desmotivación con nefastas consecuencias para la productividad, la que de verdad importa para mejorar las condiciones de vida de la población.

Podemos lanzar más objeciones al punto de visto de la Comisión Europea y de los gobiernos neoliberales sobre el problema de desempleo español. Una gran parte del recetario descrito anteriormente son medidas que pretenden reducir el paro friccional. Solo un ciego podría pensar que, en medio de una profunda depresión, que ha dejado a la cuarta parte de la fuerza laboral en el paro, una simplificación de los tipos de contratos va a reducir la tasa de paro en más de unas pocas décimas de punto porcentual. Reconozcamos que después de la enésima reforma laboral el paro sigue siendo insultantemente alto. Llevamos haciendo reformas laborales ya desde los Pactos de La Moncloa. ¿Qué más tenemos que hacer? Quizás el famoso contrato único consiguiera acabar con la dualidad del mercado de trabajo donde unos disfrutan de contratos permanentes con cláusulas de despido elevado y otros están condenados a los contratos temporales pero seguramente el resultado sería igualar por abajo a todos. Una agilización de los servicios de colocación estaría bien para reducir el paro friccional pero no acierto a comprender cómo una avalancha incontenible de parados en las oficinas de empleo puede ser eficazmente atendida por unos pocos funcionarios cuando el problema es que literalmente no existe demanda para emplear trabajadores. No estaría mal que el estado colaborara a reducir el desempleo doblando o incluso triplicando el número de personas ocupadas en estas oficinas de empleo pero dudo que realmente consiguieran mejorar una situación de devastación como la actual. Si el problema es que los trabajadores no están bien formados ¿por qué será que los jóvenes mejor formados —científicos, ingenieros, médicos, enfermeros— se están marchando a vivir en otros países donde les pagan mejores sueldos y les dan contratos estables? No parece plausible argumentar que mejorar la calidad de la oferta de los trabajadores vaya a ser exitoso cuando no hay demanda por parte de las empresas. Me temo que solo los políticos siguen creyendo que se puede resolver el problema del desempleo recurriendo al BOE. 



[1] Pigou es el autor de una obra, la Economía del Bienestar, una obra fundamental en muchos aspectos. A él se le atribuye el concepto de producto social marginal neto y el producto privado neto. El producto marginal neto de un recurso es el rendimiento obtenido por añadir un recurso adicional a un proceso productivo, por ejemplo un trabajador adicional, una máquina fresadora adicional en un taller, un coche nuevo a una flota de taxis, etc. Podía haber situaciones en las que las ganancias del producto marginal neto no revirtieran completamente el propietario. En este tipo de situaciones el inversor invertiría menos de lo deseable socialmente. Un ejemplo podría ser el de un propietario de un bosque reacio a invertir en él aunque las ventajas ambientales de éste beneficiarían a todos. En otros casos un empresario podría estar aprovechándose de actividades contaminantes o perjudiciales para la sociedad transfiriendo sus costes a la sociedad y por tanto obteniendo un rendimiento marginal superior al que le correspondería. Pigou considera que lo óptimo es que se cumplan dos condiciones. La primera es que el producto social neto marginal tiene que ser igual para todos los empleos de un recurso. Si un recurso arroja un rendimiento marginal mayor dedicándolo a otra actividad debería transferirse a esta para aumentar la producción total. La segunda es que el producto social marginal neto debe ser igual al producto privado marginal neto. Esto significará que el inversionista privado recibirá todas las ganancias procedentes de su inversión y que tendrá que sufragar todos sus costes. De los contrario se producirían externalidades de costes asumidos por la sociedad o no se asignará una cantidad de recursos óptima a determinadas actividades. Para corregir estas divergencias Pigou proponía utilizar impuestos y subvenciones.

Pigou y Kenyes fueron compañeros en la universidad de Cambridge y mantuvieron algunas controversias aunque también se influyeron mutuamente.
[2] Country Report Spain 2015 Including an In-Depth Review on the prevention and correction of macroeconomic imbalances.




[i] John Maynard Keynes. The General Theory of Employment, Interest and Money. (1964) Ed. De First Harvest/Harcourt. Pág. 5 y ss.