Cita de Roosevelt

"Ningún país, sin importar su riqueza, puede permitirse el derroche de sus recursos humanos. La desmoralización causada por el desempleo masivo es nuestra mayor extravagancia. Moralmente es la mayor amenaza a nuestro orden social" (Franklin Delano Roosevelt)

Mostrando entradas con la etiqueta Luces Rojas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Luces Rojas. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de octubre de 2016

El PSOE perdido en su dilema

Artículo publicado originalmente en la sección Luces Rojas del diario Infolibre el 18 de octubre de 2016.


El 19 de junio de 1989, el Gobierno de Felipe González incorporó la peseta al mecanismo de cambios del Sistema Monetario Europeo (SME) con la "banda ancha" que permitía una fluctuación del 6% en torno al tipo central. Ese momento fue calificado por el ministro de Economía, Carlos Solchaga, como "una de las más trascendentes que ha tomado el Gobierno" (El País, 1989). Sin duda lo fue. Es posible que los socialistas todavía no sean conscientes de las consecuencias que tendría esa decisión para el país y para su propio partido.

Hay que reconocerles a los dirigentes europeos una extraordinaria obcecación en imponerse regímenes monetarios disfuncionales. El hecho de que determinados países necesitasen mayores márgenes de fluctuación debió alertar a los dirigentes europeos acerca de la futilidad de fijar los tipos de cambio e ilustrarlos acerca de la utilidad de los tipos de cambio fluctuantes. Los intentos anteriores de crear un sistema de tipos de cambio fijos habían fracasado debido a que imponían ajustes asimétricos. El dominio comercial de la industria alemana generaba déficits en la balanza de pagos de las naciones menos competitivas como Francia, Italia, Reino Unido o España. Los desequilibrios de la balanza de pagos presionaban a la baja las cotizaciones de las divisas de los países deficitarios obligando a intervenciones de sus respectivos bancos centrales para sostenerlas mediante subidas de tipos de interés y ventas de reservas. Si bien los tratados comprometían al Bundesbank, el banco central alemán, en el sostenimiento de los tipos de cambio la realidad es que su colaboración fue siempre reticente. Esta cooperación habría exigido que Alemania bajase sus tipos de interés para reducir el atractivo de los depósitos bancarios en marcos. Los economistas alemanes del Bundesbank siempre temieron que bajar los tipos de interés y vender marcos para comprar las divisas de sus socios comerciales podría dar lugar a tensiones inflacionistas. La fobia a la inflación se impuso al cumplimiento de sus obligaciones y frecuentemente Alemania dejó que el peso del ajuste recayera sobre sus socios de la CEE.

El SME sufriría una profunda crisis en 1992 poco tiempo después de la reunificación alemana y del ingreso de España. Helmut Kohl había decidido cambiar todos los marcos de la antigua República Democrática Alemana por marcos de la República Federal aplicando un tipo de cambio de uno a uno, muy alejado de la cotización de mercado donde el precio del marco oriental valía una cuarta parte. El Bundesbank decidió subir los tipos de interés para contener los efectos potencialmente inflacionistas de tal medida. Esta decisión generó una crisis monetaria en toda Europa pues los demás países se vieron obligados a aumentar sus tipos de interés para evitar la salida de depósitos hacia Alemania. En Suecia el banco central tuvo que fijar el tipo de intervención para operaciones a un día en el 500%. Este escritor, a la sazón empleado de una empresa sueca, recuerda llamadas de pánico desde la casa matriz reclamando todos los saldos en cuentas bancarias de la filial española. Para contener las presiones especulativas, en agosto de 1993 los países europeos decidieron ampliar estas bandas de fluctuación hasta el 15%.


Ese año España se vio obligada a realizar hasta cinco devaluaciones pese a lo cual aguantó el tirón y continuó en el SME. Sin embargo las medidas de ajuste requeridas para defender la permanencia de España en el SME llevaron la tasa de desempleo hasta cerca del 23% superando el anterior record durante la crisis producida la subida de los precios del petróleo entre los años 70 y 80. Quizás si España no se hubiese comprometido a mantener un tipo de cambio artificial el gobierno hubiese podido aplicar un programa presupuestario anticíclico. Lejos de plantear un programa de este tipo el gobierno de González implantó medidas de contención del gasto social. En abril de 1992 un Real Decreto recortaba las prestaciones del paro, tanto en su cuantía como en su duración, al tiempo que endurecía las condiciones para acceder al seguro de desempleo. Esta disposición, conocida como el "decretazo" y rechazada unánimemente por los sindicatos, que convocaron una huelga general en mayo de 1992, fue el primer paso del fin de la política socialdemócrata puesta en marcha en 1989, entre otras cosas, porque el gobierno debía reducir drásticamente el déficit público para tratar de cumplir las condiciones del Programa de Convergencia de la Unión Europea (Marín Arce, 2000). Estas políticas provocaron la definitiva derrota electoral de los socialistas de Felipe González en 1996 al que sucedió José María Aznar. A diferencia del Reino Unido que resolvió no volver a participar en un experimento europeo, España, Portugal e Italia –los futuros PIGS– no escarmentaron y siguieron con obstinación el camino de la unión monetaria.

Rebobinemos la cinta hasta el año 2010. Tras negar en 2008 la crisis económica –seguramente para evitar el coste político de reconocerla en plena campaña electoral–, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero acometió un plan de expansión que inyectó más de 12.000 millones de euros en la economía a través del Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo, más conocido como Plan E. Muchos la criticaron por considerarlo extravagante pero el punto de vista de este autor es que esa política fue correcta y, si acaso, pecó de tímida. El plan se destinó a inversiones en los ayuntamientos, actuaciones de Investigación y Desarrollo, fomento de las energías renovables, actuaciones medioambientales, rehabilitación de edificios públicos, rehabilitación de viviendas y atención a la dependencia, entre otros programas. Pese a haber sido injustamente criticado, el plan dio resultados con una leve recuperación en 2010 tras la fortísima caída de la actividad económica del año anterior. Quizás algunos programas se estructuraron con excesiva premura y por tanto no tuvieron el impacto deseable, pero era lo mejor que se podía hacer desde un gobierno presupuestariamente constreñido ante una caída espectacular de la actividad económica. Probablemente España habría salido de la depresión en 2011 si el Plan E hubiese tenido continuidad pero la crisis griega y la reacción "austérica” lo abortaron prematuramente.

Poco después de ganar las elecciones de octubre de 2009 el desventurado nuevo primer ministro griego, George Papandreou, confesaba a sus pares europeos que el gobierno conservador que le había precedido mintió a la Unión Europea acerca de laverdadera magnitud del déficit griego. Anunció una estimación corregida del déficit que alcanzaría el 12,5% del PIB, un escándalo para los sacrosantos objetivos del Tratado de Maastricht. La escalada de la prima de riesgo sirvió de excusa para satisfacer los insensatos instintos de austeridad de ese nefasto cuarteto integrado por Merkel, Barroso, Sarkozy y Trichet. Las instituciones europeas impusieron en mayo de 2010 el giro a las políticas de “consolidación fiscal”.

En la reunión del Ecofin de 9 de mayo de 2010 la ministra de Hacienda española, Elena Salgado, llamó a Zapatero para decirle que habían llegado a un punto intermedio entre el recorte que exigía Alemania y el que pretendía realizar España: 5.000 millones para 2010 y 10.000 para 2011. En total el 1,5 por ciento de PIB. "España y Portugal serán observados y vigilados" (Guindal, 2012) decía la hierática y agria canciller alemana Merkel, quien por fin conseguía imponer el dogma alemánsobre toda Europa. En agosto, mientras se disparaba en los mercados la prima de riesgo, Jean Claude Trichet mandaba su carta-chantaje exigiendo una serie de reformas de tenor neoliberal como condición para comprar deuda pública española. Tal carta imponía un conjunto de reformas legales que constituían un mandato claro sobre la legislación que debían aprobar las Cortes Españolas y una extralimitación de las competencias del Banco Central Europeo.

Quizás la reacción más acertada para España habría sido abandonar el euro en ese mismo momento y recuperar la libertad para continuar la política presupuestaria expansiva imposible de aplicar dentro del rígido corsé del Tratado de Maastricht y del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Pero los socialistas españoles jamás habrían tomado una decisión semejante porque antes que defensores de la clase trabajadora son europeístas. En el epílogo de su obra, ZP exime de responsabilidades a los que impulsaron el Tratado de Maastricht:

"Pero debo dejar claro que considero injusto cualquier intento de responsabilizar de los males actuales a quienes concibieron y aprobaron el Tratado de Maastricht. Sería injusto, primero porque, a pesar de los 'defectos de fabricación' de la moneda común, el euro es un proyecto que, sin duda, merece la pena. El euro es Europa y Europa es más importante que cualquier crisis económica, por dura que ésta sea. Y, segundo, porque es políticamente indecoroso que los gobernantes miren hacia atrás en un tiempo de dificultades graves. (…) Algo ha fallado en el modelo del euro. Algo muy serio. El euro impulsó su prosperidad y su crecimiento, pero sin bases sólidas. Pero la UE y el euro son proyectos irrenunciables, y más aún en la era de la globalización" (Rodríguez Zapatero, 2013).

En definitiva, aquí Rodríguez Zapatero nos da la clave del pensamiento de muchos políticos devotos del europeísmo: el proyecto europeo es tan importante que todo lo demás está a su servicio. No está el euro al servicio de los europeos; somos los europeos los sacrificados en el altar del magno designio.

Poco después la tasa de desempleo volvía a dispararse y la economía española volvía a la recesión. En noviembre de 2011 el PSOE perdía estrepitosamente las elecciones y entraba en una profunda decadencia de la que quizás nunca se recupere. Es probable que el empeño de los socialistas por cumplir ante todo con sus responsabilidades europeas, dejando al Estado español inerme para proteger a los más débiles ante cada crisis económica, haya sido la tumba del partido más antiguo de España.


Referencias

El País. (17 de junio de 1989). La peseta asumirá la disciplina cambiaria del Sistema Monetario Europeo desde el lunes. El País. Obtenido de http://elpais.com/diario/1989/06/17/economia/614037606_850215.html
Guindal, M. (2012). Los días que vivimos peligrosamente. Ed. Barcelona: Planeta.
Marín Arce, J. (2000). Diez años de gobierno del PSOE (1982-1992). Historia Contemporánea. Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, 189-209.
Rodríguez Zapatero, J.L. (2013). El Dilema: 600 días de vértido. Barcelona: Planeta.


martes, 3 de noviembre de 2015

Rescates ciudadanos: ¿renta básica o garantía de empleo?

28 de octubre de 2015

Artículo publicado originalmente en InfoLibre

Al acercarse la fecha de las elecciones a Cortes los partidos políticos han empezado a difundir sus propuestas. En el variado espectro situado a la izquierda han surgido varias propuestas dirigidas a atender al numeroso colectivo de damnificados por la crisis que, pese a la recuperación, aun languidecen en situaciones de paro y pobreza.

Es de sobra conocido que nuestro estado de bienestar es de los más ineficaces de Europa. El estudio Social Expenditure Update publicado por la OCDE[i] revela que, en las sociedades mediterráneas, las ayudas públicas pagadas en efectivo benefician a las rentas más altas. La razón es que muchas de estas ayudas están vinculadas a un historial laboral y a cotizaciones sociales excluyendo de su cobertura a personas marginadas que, con suerte, solo han podido trabajar en el sector informal. Además, no llegan a 1,2 millones los parados que reciben una prestación de desempleo cuando el total se acerca a los 5 millones. Por este motivo las situaciones de paro prolongado están teniendo un impacto tremendo en el aumento de la pobreza y la marginación. Es desgarrador reconocer que, aunque la economía se recuperara y volviéramos a los niveles de producción de 2007, probablemente muchos parados de larga duración ya no encontrarán empleo.

Dos propuestas que atienden a los que no tienen recursos están compitiendo en el mercado electoral. Por una parte, la renta mínima, también llamada renta básica; por otra, el plan de empleo garantizado. La primera parte con ventaja pues ha suscitado un cierto debate y existen propuestas competidoras. Sus adalides han sido Podemos, partido que ha mostrado algún titubeo cuando se empezó a cuestionar su viabilidad económica desde los medios de comunicación y los partidos “respetables”. Sin embargo recientemente el PSOE ha presentado una propuesta modesta y, quizás por ello, Podemos se siente más cómodo recuperándola con mayor decisión. La segunda ha pasado más desapercibida, quizás porque solo ha sido defendida por Izquierda Unida, para ser más precisos, por el candidato Alberto Garzón.

La renta mínima asegura a todos los ciudadanos un ingreso mínimo que garantice sus necesidades más elementales. La propuesta es muy antigua pues, ya en el siglo XVIII, el inglés Thomas Paine proponía un impuesto sobre la tierra y los patrimonios para destinar esos recursos a los más pobres; porque «la tierra, en su estado natural, era propiedad de toda la raza humana». Una propuesta limitada podría consistir en asegurar que todos dispongamos de esa renta mínima que nos asegure una vida digna sean cuales sean nuestras circunstancias.

Podemos propone una renta básica de € 600 mensuales con un 35% adicional si el perceptor convive con otra persona adicional en lo que llaman una “unidad de convivencia” y otro 20% por cada miembro adicional de la unidad familiar. En el caso de que la beneficiaria encontrara un empleo, la renta básica se iría reduciendo gradualmente. El PSOE propone una renta mínima que ha llamado “ingreso mínimo vital” que se reconocería como derecho en la Constitución “ante situaciones de carencia efectiva para el mantenimiento de una vida digna”. Su propuesta parece un poco más limitada pues sería una ayuda destinada a personas que se encuentran en situación de pobreza y el importe alcanza los 426 euros.

La garantía de empleo consiste en que el estado ofrece a todo aquél que esté dispuesto y sea apto para el trabajo un puesto remunerado en condiciones comparables a las de cualquier otro trabajador con un contrato indefinido. El empleo se desarrollaría en organismos públicos, agencias estatales y podría ampliarse a ONG. La idea fue planteada por Hyman Minsky hace varias décadas y la describí con cierto detalle en un artículo publicado en esta misma columna hace unos meses (http://www.infolibre.es/noticias/luces_rojas/2015/04/14/podemos_acabar_con_desempleo_garantia_empleo_31244_1121.html ). La garantía de empleo pretende conseguir varios objetivos. El primero es, obviamente, remediar situaciones de desempleo, pobreza y exclusión social. Además tiene la ventaja de actuar como una especie de stock de reserva que estabiliza los salarios y evita que, durante las crisis económicas, el ajuste se haga siempre a costa del empleo. El pool de contratados aumentaría en épocas de recesión mientras que, en épocas de bonanza, se reduciría por el aumento en la demanda de trabajadores por parte del sector privado. El programa estabilizaría los salarios y evitaría que los empresarios ofrecieran condiciones de explotación pues el trabajador siempre tendría la opción de recurrir al plan de empleo garantizado si sintiera que le están ofreciendo condiciones indignas en el sector privado.

Quizás el aspecto más interesante es el de evitar que la gente se “descapitalice” al pasar períodos de desempleo prolongado. La evidencia empírica demuestra que, en las épocas que suceden a las crisis económicas, las empresas prefieren contratar en primer lugar a aquéllas personas que llevan menos tiempo en el paro. También es conocido que las personas jóvenes que se incorporan al mercado de trabajo en épocas de alto desempleo suelen tener carreras profesionales menos fructíferas. La garantía de empleo permite a personas, que no podrían obtenerlo de otra manera, hacerse con un historial profesional. Por este motivo Warren Mosler lo llama también “empleo de transición”.

El objetivo no es quitarle trabajadores al sector privado sino facilitar que aquellos que no tienen empleo sean atractivos para el mercado. Tampoco plantea una competencia desleal a los empleados del sector público. Muchos de los puestos creados lo serían en el cuarto sector y no sustituirían a los funcionarios públicos.

Alberto Garzón ha propuesto un programa de garantía de empleo que contrataría a un millón de personas, sobre todo en áreas de servicios sociales, medio ambiente, cuidado de espacios urbanos y actividades recreativas, culturales y de ocio. Ofrecería un contrato indefinido retribuido con un sueldo 900 a 1.200 euros brutos mensuales con una duración de 25 horas semanales.

La pregunta que surge inevitablemente es ¿cómo se financiarían estos programas? Con unos niveles descomunales de pobreza y desempleo, estos programas de rescate ciudadano tendrían un coste elevado para el estado. La pregunta sobre la financiación es, por tanto, pertinente. La propuesta de IU presupone un aumento del gasto público de 15.000 millones de euros. Pero hay que tener en cuenta que esos salarios cotizan a la seguridad social y están sometidos a tributación por lo que parte del desembolso retornaría al estado. Por tanto sus proponentes aducen que costaría unos 9.000 millones, menos del 1% del PIB (recordemos que el rescate de las cajas llegó a costar el 4% del PIB español). Los cálculos que ha presentado Podemos a la opinión pública aseguran que su programa de renta básica, que beneficiaría a un colectivo mayor de personas que estiman en 7,8 millones de personas, tendría un coste inicial de 15 mil millones de euros gracias a una introducción gradual.

Los partidos que postulan la renta básica o el empleo garantizado arguyen que se podrían financiar con una más eficaz lucha contra el fraude fiscal, mejoras de los sistemas tributarios y una senda de reducción del déficit público más gradual. También alegan que sus propuestas serían sustitutivas de otras ayudas públicas, tales como la prestación de desempleo o la renta de inserción, y, por tanto, se reasignarían partidas presupuestarias ya existentes.

Al realizar este tipo de argumentos quizás la izquierda haya caído inadvertidamente en las trampas dialécticas del neoliberalismo con su fobia al gasto público y sus advertencias de que ya viene la inflación feroz. La izquierda tiene que enfrentarse a la tarea hercúlea de defender sus propuestas y además explicar por qué son viables ante una opinión pública escéptica. Debería empezar con un esfuerzo didáctico para recordar la extraordinaria eficacia que demostraron las políticas keynesianas aplicadas en el mundo occidental hasta los años 70. Habría de defender el potente efecto multiplicador que tendrían estos programas de gasto público. También se le podría pedir más coraje a la hora de exigir a la Unión Europea un cambio de políticas. Por ejemplo, en vista de la catastrófica situación social de nuestro país y otros de la periferia, sería exigible una política de transferencia de rentas desde los países con superávit comercial. También debería demandar una reforma del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea que permitiera al Banco Central Europeo financiar a los estados para que estos puedan superar los arbitrarios y contraproducentes límites impuestos por el Tratado de Maastricht sin ser reducidos a la disciplina presupuestaria por “los mercados”. Sabiendo que estas exigencias no serán atendidas, la izquierda debería estar dispuesta a apretar ese botón nuclear que es proponer la salida del euro.

La otra pregunta inevitable es si ambos programas son compatibles. En principio la respuesta, más allá de las limitaciones presupuestarias, es que lo son. De hecho, la propuesta de rescate ciudadano presentada por IU contempla combinarlos. La renta básica es más sencilla de aplicar. En cambio un programa de trabajo garantizado exige a la administración pública un esfuerzo de organización e imaginación. Por este motivo un gobierno se vería tentado de implantar un programa de renta básica antes que uno de garantía de empleo. Pero, ¿qué pasa si un ciudadano puede elegir entre cobrar la renta mínima o pedir un empleo? ¿Debe el estado ofrecerle ambas opciones?

El estado cuenta con la ventaja de que muchas personas no querrán participar en un programa de empleo garantizado; sobre todo aquéllas con mayor nivel formativo, probablemente preferirían seguir buscando un empleo en el sector privado.  El programa de empleo garantizado será siempre voluntario, no se obligará a nadie a trabajar si no lo desea. ¿Eso quiere decir que tendrían derecho a una renta mínima mientras buscan empleo?

Pienso que, a pesar del reto organizativo, el estado debería favorecer los programas de empleo garantizado sobre los de renta mínima. En primer lugar, un programa de renta mínima muy generoso tendría el efecto de retirar a personas aptas del mercado de trabajo. En una recuperación económica las empresas podrían encontrarse con dificultades para contratar empleados si un programa de renta básica ha retirado a parte de la fuerza de trabajo. Esto podría limitar la capacidad productiva e incluso generar tensiones inflacionistas.

Por otra parte la picaresca puede aprovecharse fácilmente de un programa de renta mínima. Algunas personas podrían verse tentadas a completar sus ingresos con un trabajo en el sector informal. Empresarios poco escrupulosos podrían aprovecharlo para pagar menos a sus trabajadores clandestinos convirtiendo la renta mínima en una subvención encubierta a las empresas. Finalmente, reconozcamos que determinadas tareas menos agradables dejarían de hacerse. Entre atender a ancianos severamente impedidos o trabajar en el servicio de recogida de basuras ¿quién no preferiría quedarse en casa cobrando una renta?

Un programa de garantía de empleo permite mantener a una fuerza laboral formada y preparada y además genera servicios que tienen valor para la sociedad. Además la Garantía de Empleo atiende a la profunda necesidad del ser humano de recibir el reconocimiento de sus semejantes implícito en percibir una retribución salarial. Creo que los programas de renta mínima deberían reservarse a colectivos que no tienen capacidad de trabajar como consecuencia de situaciones de invalidez, cargas familiares y otras que imposibilitan a una persona a ofrecer su trabajo.