Cita de Roosevelt

"Ningún país, sin importar su riqueza, puede permitirse el derroche de sus recursos humanos. La desmoralización causada por el desempleo masivo es nuestra mayor extravagancia. Moralmente es la mayor amenaza a nuestro orden social" (Franklin Delano Roosevelt)

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viernes, 17 de febrero de 2017

El dinero y el comercio internacional

En este post trataremos sobre la interacción entre economías ubicadas en zonas monetarias distintas que se conectan a través del comercio internacional. Concretamente examinaremos lo que ocurre cuando una economía incurre en un déficit comercial.

Supongamos que la empresa IMPORTASA, residente en la zona euro, desea importar vehículos fabricados por la empresa ACME ubicada en la zona monetaria del dólar de los EEUU. IMPORTASA quiere vender esos vehículos a otros residentes en la zona euro y por tanto a cambio recibirá depósitos denominados en esa moneda. Sin embargo ACME tiene como moneda funcional el dólar. IMPORTASA tiene un negocio que solo puede generar depósitos denominados en euros. ACME desea recibir dólares a cambio de la venta de los automóviles que fabrican. Esto plantea un dilema que puede ser resuelto de dos maneras.

  1. Alguien en el país exportador desea obtener a cambio un depósito denominado en la moneda del país deficitario.
  2. Un residente en el país exportador nos concede un préstamo denominado en la divisa del país exportador. 
Operativamente este dilema lo resuelve una entidad financiera que puede intermediar entre el exportador y el importador. Pero en esencia el intermediario financiero simplemente traslada el problema a otra entidad o a otra persona.

Si pasamos del caso particular de una empresa al de una economía agregada y suponemos que ésta incurre en un déficit comercial es decir, que las compras a extranjeros han superado en valor a las exportaciones al resto del mundo el dilema es el mismo. Una vez saldadas todas las transacciones comerciales entre residentes y extranjeros, quedará una posición neta deficitaria denominada en alguna moneda; puede ser en nuestra moneda o en divisas extranjeras. Veamos ambos escenarios a continuación.

El país exportador desea obtener a cambio de sus exportaciones un depósito denominado en la moneda del país deficitario


En el primer caso, cuando nuestra economía es deficitaria, los extranjeros aceptan cobrar mediante depósitos denominados en euros. En el futuro estos depositantes podrían decidir ejercer este poder de compra y de esta manera la balanza comercial se equilibraría. Un déficit comercial en euros hoy podría transformarse en un superávit comercial en el futuro.


La conclusión relevante es que un déficit comercial simplemente puede ser la imagen refleja del deseo los extranjeros de mantener depósitos denominados en nuestra moneda. Esto es lo que hacen los chinos, los alemanes o los coreanos. Producen bienes y servicios que exportan a otros países. Estas naciones exportadoras, presentadas como parangón de la competitividad y el éxito por el pensamiento económico dominante, mantienen un superávit comercial durante muchos años con el resto del mundo. ¿Qué reciben a cambio? Simplemente una anotación contable en una divisa extranjera


Un caso paradigmático es el de la relación entre China y los EEUU. Los chinos exportan mucho al país americano. A cambio reciben depósitos en dólares. Podrían utilizarlos para ir a Disneylandia, comprar coches fabricados en Detroit o fármacos sintetizados por una farmacéutica americana. Sin embargo, prefieren mantener los depósitos en dólares, al parecer por tiempo indefinido. El gráfico siguiente muestra la balanza comercial de los EEUU con China que ha sido permanentemente deficitaria hasta alcanzar los 350 mil millones de dólares. En la prensa leeremos a menudo que EEUU está cada vez más endeudado con el país asiático. Eso sería peligroso para la nación americana porque el día que China no desee financiar a EEUU podría suponer el hundimiento de su economía. ¿De verdad? Piénsenlo otra vez: ¿qué pueden hacer los chinos si ya no desean tener depósitos en dólares? Pueden utilizarlos para comprar bienes y servicios a la venta en dólares, es decir, producidos en EEUU. No parece un escenario muy amenazante.

Fuente: US Census

Fugas del circuito


¿Es preocupante que los residentes de un estado se endeuden respecto al resto del mundo en su propia moneda? Sí hay un pequeño problema. Debemos ser conscientes de que cuando los extranjeros desean materializar el ahorro generado por sus ventas a nuestro país en depósitos denominados en nuestra moneda se produce una fuga del sistema económico. Las importaciones son un destino de las rentas generadas en nuestro país por los factores productivos (capital o trabajo). Si estas rentas no se destinan a comprar bienes y servicios producidos en nuestro país se producirá una caída de la demanda interna que puede llevar a una caída de la producción y un aumento del desempleo. Recordemos que a nivel macroeconómico

INGRESO=GASTO=PRODUCCIÓN.

Si imaginamos la economía como un circuito podemos visualizar las importaciones como una fuga que detrae poder de compra de éste. Esto es lo que representa de forma estilizada el siguiente gráfico.


Por tanto, si no todo nuestro ingreso se destina a gasto dentro de nuestra economía entonces la producción caerá. ¿Cómo conseguimos que no caiga la producción y se genere desempleo?

Para evitarlo tiene que existir algún agente nacional dispuesto a consumir más de lo que ingresa por importe equivalente al déficit comercial. Es decir, tiene que haber un agente dispuesto a endeudarse. Una posibilidad es que se endeude el sector privado. (Veremos en un post posterior que esto fue lo que ocurrió en España cuando entramos en el euro).

Pero si el sector privado desea ahorrar solo queda otro agente que puede desahorrar: el sector público, el gobierno. Para que no caiga la producción en nuestra economía el estado debe incurrir en un gasto deficitario para compensar las fugas de poder de compra al exterior. El estado puede suplir el poder de compra no utilizado con mayores inyecciones de gasto público o reduciendo los impuestos. Este es el célebre "déficit gemelo" que preocupaba por ejemplo a los economistas de la escuela de Cambridge.

Este endeudamiento del estado puede revertirse en el momento en que el sector exterior decide comprar más de lo que nos vende. En el caso de que tuviéramos un superávit comercial permanente podría ser conveniente que el estado redujera su gasto o aumentara los impuestos para evitar que la presión exportadora genere tensiones inflacionistas. La obsesión alemana por mantener un superávit de sus cuentas públicas es un ejemplo de una política que compensa el excesivo superávit exterior de su sector privado.

Los extranjeros nos han dado un préstamo en moneda extranjera. 


Examinemos el segundo caso. Por ejemplo, un banco en la zona dólar concede un préstamo en dólares al importador ubicado en la zona euro. Al hacerlo constituye un nuevo depósito en esa divisa a favor del importador quien lo puede utilizar para pagar a su proveedor extranjero.

Esta operación  crea un problema diferido. Si los importadores no pueden generar dólares en su propio negocio tendrán que vender euros para comprar dólares, dicho de otra manera, tendrán que encontrar a alguien que necesita euros y esté dispuesto a entregar dólares a cambio. Por ejemplo, el comprador de esos depósitos denominados en euros podría ser un exportador que ha conseguido dólares pero realmente necesita su moneda funcional para pagar a sus acreedores o pagar sus impuestos. (Operativamente estas transacciones no se hacen directamente entre importadores y exportadores sino que normalmente intervendrá alguna institución financiera que puede casar esta oferta y demanda). Sin embargo en este caso trasladamos el problema a otro agente nacional que se queda endeudado en una moneda extranjera. Este agente tiene que ser capaz de generar flujos de caja denominados en esa divisa en el futuro para pagar el principal más los intereses.

Los riesgos del endeudamiento en moneda extranjera


En una economía que se endeuda en moneda extranjera y que no es capaz de generar divisas por importe suficiente para saldar la deuda habrá más compradores de divisas que vendedores. La consecuencia de la sobreoferta de moneda nacional y el exceso de demanda de divisas es que la primera se depreciará respecto a la segunda.

La depreciación de la divisa encarece las importaciones y abarata las exportaciones. Esto puede equilibrar la balanza comercial. Pero también tiene el inconveniente de que las personas y empresas previamente endeudadas en divisas extranjeras tendrán que ofrecer más unidades de su moneda nacional en el futuro cuando compren la moneda extranjera que necesitan para pagar a sus acreedores. Si no son capaces de  afrontar ese encarecimiento de sus préstamos externos pueden entrar en situaciones de insolvencia. (Además el encarecimiento de las importaciones  puede transmitirse a los precios finales causando inflación, sobre todo si la economía es muy abierta tema que trataremos en un post posterior). Es poco recomendable endeudarse en moneda extranjera salvo que uno tenga probada capacidad de generar los flujos de caja en la misma moneda que le permitan atender el servicio de su deuda.

En los años de la burbuja inmobiliaria española algunas entidades financieras ofrecieron a sus clientes de forma torticera e imprudente préstamos hipotecarios denominados en yenes o francos suizos. Estos bancos engañaron a sus clientes arguyendo que así podrían beneficiarse de los tipos de interés más bajos vigentes en esas zonas monetarias. Cuando el franco suizo se apreció respecto al euro algunos de los que picaron se encontraron con un encarecimiento imprevisto de sus cuotas hipotecarias. Los hogares normalmente perciben ingresos en la moneda de su propio país. Para ellos endeudarse en una moneda extranjera implica asumir un riesgo cambiario que puede tener proporciones excesivas para una economía doméstica.

El riesgo de endeudarse en moneda extranjera también es relevante para los los estados. Muchos gobiernos de economías menos desarrolladas han recurrido a financiación en divisas para abastecerse de tecnología extranjera, bienes de capital o armamento. Estas compras se financian frecuentemente con deuda externa denominada en divisas extranjeras. Este tipo de operaciones son las que pueden originar una crisis de deuda externa.

Tal fue el caso de los países de América Latina en los años 70 cuyas economías llegaron a acumular un nivel de endeudamiento externo equivalente a casi el 50% de su renta nacional bruta. El proceso fue fomentado por bancos de inversiones que animaron a los gobiernos a entrar en unas operaciones de financiación que se revelarían muy imprudentes El problema de endeudamiento se vio acentuada por la depreciación de sus monedas que elevó el valor nominal de estas deudas expresadas en la divisa nacional. Estas economías llegaron a un punto en el que ya no fueron capaces de generar suficientes divisas procedentes de sus exportaciones como para atender el servicio de su deuda externa y además seguir importando bienes básicos del extranjero. La necesidad de destinar una gran parte de las exportaciones a pagar intereses y principal a los acreedores extranjeros implicó que una parte importante de sus recursos se desviaran a un uso socialmente inútil. Para atender esos pagos los estados tuvieron que aplicar políticas de austeridad que perjudicaron sobre todo el gasto social, deprimieron la economía y dejaron a muchas personas sin empleo y sumidas en la miseria. La crisis de la deuda causó una década pérdida en América Latina.

Por tanto, debemos ser conscientes de que la ventaja de ser un emisor en régimen de monopolio se limita a todos los bienes y servicios que se hallan a la venta en la moneda que emite el estado y no aplica a los bienes y servicios producidos en el extranjero.

Analicemos la balanza de capitales desagregada por divisas


Tradicionalmente los países publican una balanza comercial que muestra el saldo de las exportaciones y las importaciones de bienes y servicios. Si añadimos la balanza de rentas, que recoge los pagos al extranjero por intereses, dividendos, salarios pagados a trabajadores extranjeros menos los ingresos por los mismos conceptos, obtenemos la cuenta corriente.

El saldo de la balanza por cuenta corriente está compensado por la balanza de capitales que recoge la financiación neta recibida del extranjero si mantenemos un déficit o la financiación neta concedida a extranjeros si conseguimos un superávit en la balanza por cuenta corriente.

Cuando una economía incurre en un déficit comercial más o menos prolongado esto no representa un riesgo mientras los extranjeros están dispuestos a mantener saldos denominados en la moneda del país deficitario. En cambio, si los extranjeros prefieren que los pagos se hagan en su propia moneda o en la de un tercer país, imponen sobre los importadores la obligación de realizar una serie de pagos periódicos al acreedor en esa moneda con posterioridad. Además si estas empresas u hogares no los pudieran conseguir su estado no podrá rescatarlos —por ejemplo, nacionalizando sus negocios— para saldar su deuda con el acreedor extranjero.

El gobierno debe evitar o minimizar el endeudamiento en moneda extranjera. Si nos endeudamos en nuestra moneda el gobierno siempre podrá garantizar que los extranjeros cobrarán su deuda. Incluso, si hubiese alguna entidad financiera o empresa del sector privado excesivamente endeudada en euros el estado siempre podría nacionalizarla si considera que su quiebra o liquidación dañaría la economía nacional.

En cambio si nos endeudamos en otra divisa para comprar bienes y servicios al extranjero podemos encontrarnos con problemas para atender los pagos en el futuro porque tenemos que asegurarnos de que podremos hacernos con esas divisas en el futuro.

Esto es especialmente válido para economías menos desarrolladas.

¿Quiere esto decir que un país pobre no debe importar bienes del extranjero? La realidad es si un país es pobre y carece de tejido industrial para producir bienes y servicios que realmente interesen a los nacionales de otros países ninguna política de tipos de cambio puede resolver ese problema. En este caso un gobierno responsable tratará de encauzar las entradas de divisas extranjeras hacia la compra de bienes extranjeros que sean realmente de primera necesidad como fármacos o material sanitario o bienes de capital que pueden mejorar la capacidad productiva del país en el futuro.

Lo que debe minimizar o desincentivar es la entrada de bienes suntuarios que son socialmente poco útiles. Lamentablemente, en muchos estados subdesarrollados, muchos de ellos con débiles mecanismos democráticos de control y elevadas desigualdades sociales, las élites suelen poner la economía a su servicio y podemos ver cómo una parte de los ingresos por exportaciones, normalmente de materias primas producidas gracias al duro trabajo de campesinos y mineros, se destina a la importación de vehículos de lujo y otros bienes suntuarios. Esto no solo expone el país a crisis de deuda futuras sino que supone un ejemplo de cómo las élites explotan a las clases populares.

Una política que fomente la sustitución de importaciones o las restricciones al libre movimiento de capitales pueden ser aconsejables para las economías menos desarrolladas o para las que no cuentan con una divisa utilizada como moneda de reserva. El gobernante prudente permitiría la constitución de préstamos a favor de empresas y ciudadanos de esa economía denominados en moneda extranjera condicionada a la comprobación de que los depósitos se destinen a la compra de equipamiento que aumenten el potencial productivo de la economía en el futuro. También puede ser útil limitar los depósitos constituidos a favor de extranjeros para especular en los mercados financieros. Este tipo de operaciones suele generar movimientos de grandes capitales que pueden causar una gran volatilidad en la cotización de la divisa.

Es desafortunado que los servicios estadísticos nacionales no suelen publicar la balanza de capitales desagregada por divisas. Un incremento del endeudamiento externo denominado en divisas extranjeras sería un motivo de alerta mientras que un endeudamiento en la propia moneda plantea menos problemas. Una balanza de capitales que no desagrega por divisas hace que perdamos de vista esa información crítica.

En un post posterior hablaremos de los regímenes cambiarios y defenderemos la necesidad de que el tipo de cambio sea flotante para asegurar una verdadera soberanía monetaria. También hablaremos de qué determina las posiciones ahorradoras o deficitarias de los sectores de una economía.

martes, 18 de octubre de 2016

El PSOE perdido en su dilema

Artículo publicado originalmente en la sección Luces Rojas del diario Infolibre el 18 de octubre de 2016.


El 19 de junio de 1989, el Gobierno de Felipe González incorporó la peseta al mecanismo de cambios del Sistema Monetario Europeo (SME) con la "banda ancha" que permitía una fluctuación del 6% en torno al tipo central. Ese momento fue calificado por el ministro de Economía, Carlos Solchaga, como "una de las más trascendentes que ha tomado el Gobierno" (El País, 1989). Sin duda lo fue. Es posible que los socialistas todavía no sean conscientes de las consecuencias que tendría esa decisión para el país y para su propio partido.

Hay que reconocerles a los dirigentes europeos una extraordinaria obcecación en imponerse regímenes monetarios disfuncionales. El hecho de que determinados países necesitasen mayores márgenes de fluctuación debió alertar a los dirigentes europeos acerca de la futilidad de fijar los tipos de cambio e ilustrarlos acerca de la utilidad de los tipos de cambio fluctuantes. Los intentos anteriores de crear un sistema de tipos de cambio fijos habían fracasado debido a que imponían ajustes asimétricos. El dominio comercial de la industria alemana generaba déficits en la balanza de pagos de las naciones menos competitivas como Francia, Italia, Reino Unido o España. Los desequilibrios de la balanza de pagos presionaban a la baja las cotizaciones de las divisas de los países deficitarios obligando a intervenciones de sus respectivos bancos centrales para sostenerlas mediante subidas de tipos de interés y ventas de reservas. Si bien los tratados comprometían al Bundesbank, el banco central alemán, en el sostenimiento de los tipos de cambio la realidad es que su colaboración fue siempre reticente. Esta cooperación habría exigido que Alemania bajase sus tipos de interés para reducir el atractivo de los depósitos bancarios en marcos. Los economistas alemanes del Bundesbank siempre temieron que bajar los tipos de interés y vender marcos para comprar las divisas de sus socios comerciales podría dar lugar a tensiones inflacionistas. La fobia a la inflación se impuso al cumplimiento de sus obligaciones y frecuentemente Alemania dejó que el peso del ajuste recayera sobre sus socios de la CEE.

El SME sufriría una profunda crisis en 1992 poco tiempo después de la reunificación alemana y del ingreso de España. Helmut Kohl había decidido cambiar todos los marcos de la antigua República Democrática Alemana por marcos de la República Federal aplicando un tipo de cambio de uno a uno, muy alejado de la cotización de mercado donde el precio del marco oriental valía una cuarta parte. El Bundesbank decidió subir los tipos de interés para contener los efectos potencialmente inflacionistas de tal medida. Esta decisión generó una crisis monetaria en toda Europa pues los demás países se vieron obligados a aumentar sus tipos de interés para evitar la salida de depósitos hacia Alemania. En Suecia el banco central tuvo que fijar el tipo de intervención para operaciones a un día en el 500%. Este escritor, a la sazón empleado de una empresa sueca, recuerda llamadas de pánico desde la casa matriz reclamando todos los saldos en cuentas bancarias de la filial española. Para contener las presiones especulativas, en agosto de 1993 los países europeos decidieron ampliar estas bandas de fluctuación hasta el 15%.


Ese año España se vio obligada a realizar hasta cinco devaluaciones pese a lo cual aguantó el tirón y continuó en el SME. Sin embargo las medidas de ajuste requeridas para defender la permanencia de España en el SME llevaron la tasa de desempleo hasta cerca del 23% superando el anterior record durante la crisis producida la subida de los precios del petróleo entre los años 70 y 80. Quizás si España no se hubiese comprometido a mantener un tipo de cambio artificial el gobierno hubiese podido aplicar un programa presupuestario anticíclico. Lejos de plantear un programa de este tipo el gobierno de González implantó medidas de contención del gasto social. En abril de 1992 un Real Decreto recortaba las prestaciones del paro, tanto en su cuantía como en su duración, al tiempo que endurecía las condiciones para acceder al seguro de desempleo. Esta disposición, conocida como el "decretazo" y rechazada unánimemente por los sindicatos, que convocaron una huelga general en mayo de 1992, fue el primer paso del fin de la política socialdemócrata puesta en marcha en 1989, entre otras cosas, porque el gobierno debía reducir drásticamente el déficit público para tratar de cumplir las condiciones del Programa de Convergencia de la Unión Europea (Marín Arce, 2000). Estas políticas provocaron la definitiva derrota electoral de los socialistas de Felipe González en 1996 al que sucedió José María Aznar. A diferencia del Reino Unido que resolvió no volver a participar en un experimento europeo, España, Portugal e Italia –los futuros PIGS– no escarmentaron y siguieron con obstinación el camino de la unión monetaria.

Rebobinemos la cinta hasta el año 2010. Tras negar en 2008 la crisis económica –seguramente para evitar el coste político de reconocerla en plena campaña electoral–, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero acometió un plan de expansión que inyectó más de 12.000 millones de euros en la economía a través del Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo, más conocido como Plan E. Muchos la criticaron por considerarlo extravagante pero el punto de vista de este autor es que esa política fue correcta y, si acaso, pecó de tímida. El plan se destinó a inversiones en los ayuntamientos, actuaciones de Investigación y Desarrollo, fomento de las energías renovables, actuaciones medioambientales, rehabilitación de edificios públicos, rehabilitación de viviendas y atención a la dependencia, entre otros programas. Pese a haber sido injustamente criticado, el plan dio resultados con una leve recuperación en 2010 tras la fortísima caída de la actividad económica del año anterior. Quizás algunos programas se estructuraron con excesiva premura y por tanto no tuvieron el impacto deseable, pero era lo mejor que se podía hacer desde un gobierno presupuestariamente constreñido ante una caída espectacular de la actividad económica. Probablemente España habría salido de la depresión en 2011 si el Plan E hubiese tenido continuidad pero la crisis griega y la reacción "austérica” lo abortaron prematuramente.

Poco después de ganar las elecciones de octubre de 2009 el desventurado nuevo primer ministro griego, George Papandreou, confesaba a sus pares europeos que el gobierno conservador que le había precedido mintió a la Unión Europea acerca de laverdadera magnitud del déficit griego. Anunció una estimación corregida del déficit que alcanzaría el 12,5% del PIB, un escándalo para los sacrosantos objetivos del Tratado de Maastricht. La escalada de la prima de riesgo sirvió de excusa para satisfacer los insensatos instintos de austeridad de ese nefasto cuarteto integrado por Merkel, Barroso, Sarkozy y Trichet. Las instituciones europeas impusieron en mayo de 2010 el giro a las políticas de “consolidación fiscal”.

En la reunión del Ecofin de 9 de mayo de 2010 la ministra de Hacienda española, Elena Salgado, llamó a Zapatero para decirle que habían llegado a un punto intermedio entre el recorte que exigía Alemania y el que pretendía realizar España: 5.000 millones para 2010 y 10.000 para 2011. En total el 1,5 por ciento de PIB. "España y Portugal serán observados y vigilados" (Guindal, 2012) decía la hierática y agria canciller alemana Merkel, quien por fin conseguía imponer el dogma alemánsobre toda Europa. En agosto, mientras se disparaba en los mercados la prima de riesgo, Jean Claude Trichet mandaba su carta-chantaje exigiendo una serie de reformas de tenor neoliberal como condición para comprar deuda pública española. Tal carta imponía un conjunto de reformas legales que constituían un mandato claro sobre la legislación que debían aprobar las Cortes Españolas y una extralimitación de las competencias del Banco Central Europeo.

Quizás la reacción más acertada para España habría sido abandonar el euro en ese mismo momento y recuperar la libertad para continuar la política presupuestaria expansiva imposible de aplicar dentro del rígido corsé del Tratado de Maastricht y del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Pero los socialistas españoles jamás habrían tomado una decisión semejante porque antes que defensores de la clase trabajadora son europeístas. En el epílogo de su obra, ZP exime de responsabilidades a los que impulsaron el Tratado de Maastricht:

"Pero debo dejar claro que considero injusto cualquier intento de responsabilizar de los males actuales a quienes concibieron y aprobaron el Tratado de Maastricht. Sería injusto, primero porque, a pesar de los 'defectos de fabricación' de la moneda común, el euro es un proyecto que, sin duda, merece la pena. El euro es Europa y Europa es más importante que cualquier crisis económica, por dura que ésta sea. Y, segundo, porque es políticamente indecoroso que los gobernantes miren hacia atrás en un tiempo de dificultades graves. (…) Algo ha fallado en el modelo del euro. Algo muy serio. El euro impulsó su prosperidad y su crecimiento, pero sin bases sólidas. Pero la UE y el euro son proyectos irrenunciables, y más aún en la era de la globalización" (Rodríguez Zapatero, 2013).

En definitiva, aquí Rodríguez Zapatero nos da la clave del pensamiento de muchos políticos devotos del europeísmo: el proyecto europeo es tan importante que todo lo demás está a su servicio. No está el euro al servicio de los europeos; somos los europeos los sacrificados en el altar del magno designio.

Poco después la tasa de desempleo volvía a dispararse y la economía española volvía a la recesión. En noviembre de 2011 el PSOE perdía estrepitosamente las elecciones y entraba en una profunda decadencia de la que quizás nunca se recupere. Es probable que el empeño de los socialistas por cumplir ante todo con sus responsabilidades europeas, dejando al Estado español inerme para proteger a los más débiles ante cada crisis económica, haya sido la tumba del partido más antiguo de España.


Referencias

El País. (17 de junio de 1989). La peseta asumirá la disciplina cambiaria del Sistema Monetario Europeo desde el lunes. El País. Obtenido de http://elpais.com/diario/1989/06/17/economia/614037606_850215.html
Guindal, M. (2012). Los días que vivimos peligrosamente. Ed. Barcelona: Planeta.
Marín Arce, J. (2000). Diez años de gobierno del PSOE (1982-1992). Historia Contemporánea. Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, 189-209.
Rodríguez Zapatero, J.L. (2013). El Dilema: 600 días de vértido. Barcelona: Planeta.


jueves, 4 de junio de 2015

Los lunes al Sol (III)

En el anterior post Los Lunes al Sol II planteé que existía una correlación entre la victoria ideológica del neoliberalismo y el aumento del desempleo en todos los países europeos. Sin embargo hay un segundo factor que explica las elevadas tasas de desempleo observadas en Europa, sobre todo en las economías menos competitivas, que además es específico del escenario europeo: el empeño en fijar los tipos de cambio entre los miembros de las Comunidades Económicas Europeas. Este tiene su origen en el colapso del sistema de Bretton Woods que fijaba los tipos de cambio de todas las monedas con el dólar USA y garantizaba la convertibilidad del dólar a un tipo de cambio fijo de $35/oz.

Como todo sistema empeñado en mantener los tipos de cambio inalterables de forma artificial, el de Bretton Woods estaba condenado al fracaso, sobre todo porque llevaba a los EEUU a un permanente déficit comercial que tendía a devaluar el dólar frente a las divisas de las naciones con balanza comercial positiva.

Sin embargo los líderes europeos se empeñaron en repetir los fracasos con sistemas de cambio fijos en su continente. Razones para establecer un sistema de tipos de cambio fijos había varias. El colapso del sistema de Bretton Woods y la volatilidad en los tipos de cambio complicaba el comercio entre los miembros de la Comunidades Europeas porque los exportadores tenían que enfrentarse a las incertidumbres sobre los ingresos de sus ventas al exterior. Francia quería asegurar que sus agricultores tuvieran unas ayudas de la Política Agrícola Común estables a resguardo de las variaciones de los tipos cambiarios. Alemania, Holanda y Austria han basado su modelo de crecimiento en políticas mercantilistas que hacían depender su crecimiento de un permanente superávit. Por eso les interesaba que sus exportadores no estuvieran expuestos a las tribulaciones del tipo de cambio.

Sin embargo, mantener un tipo de cambio fijo de la moneda implica un enorme sacrificio, sobre todo si se trata de un país menos competitivo que aquellos con los que tiene que sostener la paridad de su divisa. Un célebre ”trilema” en macroeconomía dice que una nación solo puede elegir combinaciones de dos políticas de entre las siguientes opciones:
  • Un tipo de cambio fijo
  • Libre movimiento de capitales
  • Política monetaria autónoma
De forma que si una nación elige fijar su tipo de cambio y permite el libre movimiento de capitales, no podría llevar una política monetaria autónoma, por ejemplo para aplicar una política monetaria expansiva.



La razón no es muy difícil de entender. Supongamos que España y Alemania deciden mantener fijo el tipo de cambio de sus respectivas divisas a razón de 60 pesetas por marco dentro de un margen de fluctuación de ±2,5%. Sin embargo la industria española es menos competitiva y por tanto España es probable que importe más bienes y servicios de Alemania de los que le exporta; es decir, su balanza comercial será deficitaria. Como el exportador alemán querrá cobrar en marcos, lo lógico es que al final haya más demanda para comprar marcos que pesetas. 

Es decir, si se saldan todas las transacciones financieras asociadas a cada flujo de importación y exportación, al final nos encontraremos que queda una posición financiera neta a favor de Alemania. Los españoles estarán endeudados con Alemania y para saldar esa deuda tendrá que producirse un flujo de capitales de España hacia Alemania. Por tanto, los bancos, que  suelen ser los que gestionan las transacciones financieras asociadas a las operaciones comerciales, se verán obligados a vender pesetas y comprar marcos.

Si se permitiera que el tipo de cambio fluctuara libremente en el mercado, sería casi inevitable que la peseta se depreciara frente al marco. Sin embargo, recordemos que el Banco de España se ha comprometido a defender ese tipo de cambio. Inicialmente la peseta se depreciará dentro de la banda de fluctuación permitida. Es decir, la peseta podría depreciarse hasta un límite de 61,5 pesetas/marco. A partir de allí el Banco de España tendrá que intervenir.

Dado que, como consecuencia de los compromisos que España  ha asumido dentro de la Comunidad Económica Europea, el Estado Español no puede poner barreras al comercio internacional, una cosa que puede hacer es impedir que los nacionales saquen capitales de España para no acentuar más la depreciación de la peseta. La dificultad de mover capitales acabaría dificultando las importaciones. Por ejemplo se pueden poner limitaciones a los pagos al exterior o al acceso a financiación extranjera.

Pero pongámonos en el escenario de libre movimiento de capitales dentro de la Unión Europea, sobre todo a raíz de la firma del Acta Única Europea, que consagró esa libertad. Ya hemos agotado dos de las políticas que podíamos elegir de ese "triángulo de la imposibilidad" y por tanto nos hemos quedado sin margen para aplicar políticas monetarias expansivas.

En este escenario, al Banco de España no le queda más remedio que intervenir en el mercado para defender el valor de la peseta. Es decir, comprará pesetas y venderá marcos. Sin embargo, para conseguirlo, el banco central tiene que contar con reservas suficientes, es decir, tiene que haber comprado anteriormente marcos alemanes u otras divisas. Si la debilidad de la peseta persiste, y lo hará porque la balanza comercial no se corregirá sola, el Banco de España tendrá que seguir comprando su moneda e inevitablemente estas reservas se agotarán.

Dentro de los compromisos asumidos por las dos partes, España podría exigir al BundesBank que contribuyera a la estabilidad cambiaria comprando pesetas y vendiendo marcos. La experiencia durante los años 70, 80 y 90 fue, sin embargo, que Alemania se mostró reticente a colaborar con los socios europeos que experimentaban problemas en sus balanzas comerciales. El motivo fundamental fue el temor a que este tipo de operaciones generarían inflación en su país; algo que el BundesBank aborrecía. El BundesBank podría comprar pesetas de forma casi ilimitada, si quisiera, pero hacerlo implicaría aumentar la oferta monetaria en su país. Según la visión monetarista, predominante en el banco central alemán, poner en manos del público una mayor cantidad de dinero podría llevar a un aumento del gasto por encima de la capacidad productiva de la economía y a un aumento de precios.  Así, pues, Alemania con frecuencia no cumplió con su parte del trato.

Agotadas las reservas, el último recurso que le quedaría al Banco de España sería subir los tipos de interés respecto a los de Alemania, de forma que, por la mayor retribución que reciben en España, queden retenidos capitales que, de otra forma, marcharían a Alemania. 

En definitiva las acciones necesarias para mantener el tipo de cambio fijo en un entorno de libre circulación de mercancías y capitales para un país con una balanza comercial deficitaria llevaba, de forma casi ineluctable, a una subida de tipos de interés. En los años 70, 80 y 90 en ocasiones las subidas eran tan drásticas que desincentivaban la inversión y el consumo. Por tanto los altos tipos de interés deprimían la demanda agregada y producían alzas en el desempleo. De hecho, durante esas décadas los tipos de interés en España fueron siempre mucho más elevados que en Alemania.



Finalmente, si el desempleo se vuelve insoportablemente alto, los gobiernos tirarán la toalla y darán instrucciones a su banco central para que deje de defender el tipo de cambio. Se producirá entonces una devaluación que llevará el tipo de cambio al lugar donde habría estado si se hubiese dejado a la divisa flotar libremente. La única diferencia será que se habrá creado un sufrimiento innecesario a la población en forma de destrucción de puestos de trabajo.

Si el tipo de cambio se devalúa, por ejemplo un 15%, quedando establecido en 70,7 ptas./marco, los productores nacionales habrán ganado una ventaja de precio que puede estimular sus exportaciones. Asimismo los productos extranjeros se habrán encarecido en el mismo porcentaje, lo cual desanimará su importación. De esta forma la balanza de pagos se reequilibrará y se recuperará la demanda para los productos que venden los empresarios. Al observar una mejora de sus ventas y de sus negocios empezarán a contratar personal de nuevo y el paro caerá.

Pero si el estado renuncia a su soberanía monetaria, pierde su potestad de devaluar la moneda. Por tanto la nación, en el caso de que se produzca una crisis asimétrica, deberá soportar niveles muy elevados de desempleo, emigración y pobreza hasta que los trabajadores,  llevados por la desesperación, estén dispuestos a aceptar salarios de miseria o decidan abandonar el mercado.

Por hoy basta. En el siguiente post haré un breve repaso a los sistemas cambiarios por los que pasaron los países de la CEE hasta desembocar en la creación del euro y su impacto en el desempleo en España