Cita de Roosevelt

"Ningún país, sin importar su riqueza, puede permitirse el derroche de sus recursos humanos. La desmoralización causada por el desempleo masivo es nuestra mayor extravagancia. Moralmente es la mayor amenaza a nuestro orden social" (Franklin Delano Roosevelt)

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martes, 15 de noviembre de 2016

La crisis del PSOE, explicada a los italianos

Los compañeros de Rete MMT me publican un artículo que explica el golpe dentro del PSOE que llevó a Rajoy al poder. (En italiano). En el siguiente enlace se encuentra el artículo:


“Coup de parti” nel Partito Socialista Spagnolo

martes, 18 de octubre de 2016

El PSOE perdido en su dilema

Artículo publicado originalmente en la sección Luces Rojas del diario Infolibre el 18 de octubre de 2016.


El 19 de junio de 1989, el Gobierno de Felipe González incorporó la peseta al mecanismo de cambios del Sistema Monetario Europeo (SME) con la "banda ancha" que permitía una fluctuación del 6% en torno al tipo central. Ese momento fue calificado por el ministro de Economía, Carlos Solchaga, como "una de las más trascendentes que ha tomado el Gobierno" (El País, 1989). Sin duda lo fue. Es posible que los socialistas todavía no sean conscientes de las consecuencias que tendría esa decisión para el país y para su propio partido.

Hay que reconocerles a los dirigentes europeos una extraordinaria obcecación en imponerse regímenes monetarios disfuncionales. El hecho de que determinados países necesitasen mayores márgenes de fluctuación debió alertar a los dirigentes europeos acerca de la futilidad de fijar los tipos de cambio e ilustrarlos acerca de la utilidad de los tipos de cambio fluctuantes. Los intentos anteriores de crear un sistema de tipos de cambio fijos habían fracasado debido a que imponían ajustes asimétricos. El dominio comercial de la industria alemana generaba déficits en la balanza de pagos de las naciones menos competitivas como Francia, Italia, Reino Unido o España. Los desequilibrios de la balanza de pagos presionaban a la baja las cotizaciones de las divisas de los países deficitarios obligando a intervenciones de sus respectivos bancos centrales para sostenerlas mediante subidas de tipos de interés y ventas de reservas. Si bien los tratados comprometían al Bundesbank, el banco central alemán, en el sostenimiento de los tipos de cambio la realidad es que su colaboración fue siempre reticente. Esta cooperación habría exigido que Alemania bajase sus tipos de interés para reducir el atractivo de los depósitos bancarios en marcos. Los economistas alemanes del Bundesbank siempre temieron que bajar los tipos de interés y vender marcos para comprar las divisas de sus socios comerciales podría dar lugar a tensiones inflacionistas. La fobia a la inflación se impuso al cumplimiento de sus obligaciones y frecuentemente Alemania dejó que el peso del ajuste recayera sobre sus socios de la CEE.

El SME sufriría una profunda crisis en 1992 poco tiempo después de la reunificación alemana y del ingreso de España. Helmut Kohl había decidido cambiar todos los marcos de la antigua República Democrática Alemana por marcos de la República Federal aplicando un tipo de cambio de uno a uno, muy alejado de la cotización de mercado donde el precio del marco oriental valía una cuarta parte. El Bundesbank decidió subir los tipos de interés para contener los efectos potencialmente inflacionistas de tal medida. Esta decisión generó una crisis monetaria en toda Europa pues los demás países se vieron obligados a aumentar sus tipos de interés para evitar la salida de depósitos hacia Alemania. En Suecia el banco central tuvo que fijar el tipo de intervención para operaciones a un día en el 500%. Este escritor, a la sazón empleado de una empresa sueca, recuerda llamadas de pánico desde la casa matriz reclamando todos los saldos en cuentas bancarias de la filial española. Para contener las presiones especulativas, en agosto de 1993 los países europeos decidieron ampliar estas bandas de fluctuación hasta el 15%.


Ese año España se vio obligada a realizar hasta cinco devaluaciones pese a lo cual aguantó el tirón y continuó en el SME. Sin embargo las medidas de ajuste requeridas para defender la permanencia de España en el SME llevaron la tasa de desempleo hasta cerca del 23% superando el anterior record durante la crisis producida la subida de los precios del petróleo entre los años 70 y 80. Quizás si España no se hubiese comprometido a mantener un tipo de cambio artificial el gobierno hubiese podido aplicar un programa presupuestario anticíclico. Lejos de plantear un programa de este tipo el gobierno de González implantó medidas de contención del gasto social. En abril de 1992 un Real Decreto recortaba las prestaciones del paro, tanto en su cuantía como en su duración, al tiempo que endurecía las condiciones para acceder al seguro de desempleo. Esta disposición, conocida como el "decretazo" y rechazada unánimemente por los sindicatos, que convocaron una huelga general en mayo de 1992, fue el primer paso del fin de la política socialdemócrata puesta en marcha en 1989, entre otras cosas, porque el gobierno debía reducir drásticamente el déficit público para tratar de cumplir las condiciones del Programa de Convergencia de la Unión Europea (Marín Arce, 2000). Estas políticas provocaron la definitiva derrota electoral de los socialistas de Felipe González en 1996 al que sucedió José María Aznar. A diferencia del Reino Unido que resolvió no volver a participar en un experimento europeo, España, Portugal e Italia –los futuros PIGS– no escarmentaron y siguieron con obstinación el camino de la unión monetaria.

Rebobinemos la cinta hasta el año 2010. Tras negar en 2008 la crisis económica –seguramente para evitar el coste político de reconocerla en plena campaña electoral–, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero acometió un plan de expansión que inyectó más de 12.000 millones de euros en la economía a través del Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo, más conocido como Plan E. Muchos la criticaron por considerarlo extravagante pero el punto de vista de este autor es que esa política fue correcta y, si acaso, pecó de tímida. El plan se destinó a inversiones en los ayuntamientos, actuaciones de Investigación y Desarrollo, fomento de las energías renovables, actuaciones medioambientales, rehabilitación de edificios públicos, rehabilitación de viviendas y atención a la dependencia, entre otros programas. Pese a haber sido injustamente criticado, el plan dio resultados con una leve recuperación en 2010 tras la fortísima caída de la actividad económica del año anterior. Quizás algunos programas se estructuraron con excesiva premura y por tanto no tuvieron el impacto deseable, pero era lo mejor que se podía hacer desde un gobierno presupuestariamente constreñido ante una caída espectacular de la actividad económica. Probablemente España habría salido de la depresión en 2011 si el Plan E hubiese tenido continuidad pero la crisis griega y la reacción "austérica” lo abortaron prematuramente.

Poco después de ganar las elecciones de octubre de 2009 el desventurado nuevo primer ministro griego, George Papandreou, confesaba a sus pares europeos que el gobierno conservador que le había precedido mintió a la Unión Europea acerca de laverdadera magnitud del déficit griego. Anunció una estimación corregida del déficit que alcanzaría el 12,5% del PIB, un escándalo para los sacrosantos objetivos del Tratado de Maastricht. La escalada de la prima de riesgo sirvió de excusa para satisfacer los insensatos instintos de austeridad de ese nefasto cuarteto integrado por Merkel, Barroso, Sarkozy y Trichet. Las instituciones europeas impusieron en mayo de 2010 el giro a las políticas de “consolidación fiscal”.

En la reunión del Ecofin de 9 de mayo de 2010 la ministra de Hacienda española, Elena Salgado, llamó a Zapatero para decirle que habían llegado a un punto intermedio entre el recorte que exigía Alemania y el que pretendía realizar España: 5.000 millones para 2010 y 10.000 para 2011. En total el 1,5 por ciento de PIB. "España y Portugal serán observados y vigilados" (Guindal, 2012) decía la hierática y agria canciller alemana Merkel, quien por fin conseguía imponer el dogma alemánsobre toda Europa. En agosto, mientras se disparaba en los mercados la prima de riesgo, Jean Claude Trichet mandaba su carta-chantaje exigiendo una serie de reformas de tenor neoliberal como condición para comprar deuda pública española. Tal carta imponía un conjunto de reformas legales que constituían un mandato claro sobre la legislación que debían aprobar las Cortes Españolas y una extralimitación de las competencias del Banco Central Europeo.

Quizás la reacción más acertada para España habría sido abandonar el euro en ese mismo momento y recuperar la libertad para continuar la política presupuestaria expansiva imposible de aplicar dentro del rígido corsé del Tratado de Maastricht y del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Pero los socialistas españoles jamás habrían tomado una decisión semejante porque antes que defensores de la clase trabajadora son europeístas. En el epílogo de su obra, ZP exime de responsabilidades a los que impulsaron el Tratado de Maastricht:

"Pero debo dejar claro que considero injusto cualquier intento de responsabilizar de los males actuales a quienes concibieron y aprobaron el Tratado de Maastricht. Sería injusto, primero porque, a pesar de los 'defectos de fabricación' de la moneda común, el euro es un proyecto que, sin duda, merece la pena. El euro es Europa y Europa es más importante que cualquier crisis económica, por dura que ésta sea. Y, segundo, porque es políticamente indecoroso que los gobernantes miren hacia atrás en un tiempo de dificultades graves. (…) Algo ha fallado en el modelo del euro. Algo muy serio. El euro impulsó su prosperidad y su crecimiento, pero sin bases sólidas. Pero la UE y el euro son proyectos irrenunciables, y más aún en la era de la globalización" (Rodríguez Zapatero, 2013).

En definitiva, aquí Rodríguez Zapatero nos da la clave del pensamiento de muchos políticos devotos del europeísmo: el proyecto europeo es tan importante que todo lo demás está a su servicio. No está el euro al servicio de los europeos; somos los europeos los sacrificados en el altar del magno designio.

Poco después la tasa de desempleo volvía a dispararse y la economía española volvía a la recesión. En noviembre de 2011 el PSOE perdía estrepitosamente las elecciones y entraba en una profunda decadencia de la que quizás nunca se recupere. Es probable que el empeño de los socialistas por cumplir ante todo con sus responsabilidades europeas, dejando al Estado español inerme para proteger a los más débiles ante cada crisis económica, haya sido la tumba del partido más antiguo de España.


Referencias

El País. (17 de junio de 1989). La peseta asumirá la disciplina cambiaria del Sistema Monetario Europeo desde el lunes. El País. Obtenido de http://elpais.com/diario/1989/06/17/economia/614037606_850215.html
Guindal, M. (2012). Los días que vivimos peligrosamente. Ed. Barcelona: Planeta.
Marín Arce, J. (2000). Diez años de gobierno del PSOE (1982-1992). Historia Contemporánea. Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, 189-209.
Rodríguez Zapatero, J.L. (2013). El Dilema: 600 días de vértido. Barcelona: Planeta.


lunes, 6 de abril de 2015

¿Qué yogur prefieren, el griego o el búlgaro?

05 de abril de 2015
El proyecto de la unión monetaria europea, diseñado con una óptica neoliberal, con un Banco Central Europeo (BCE) que no podía actuar como prestamista de última instancia y sin uniones fiscal y bancaria auténticas, ha generado la mayor crisis económica que se recuerde en Europa. Sin embargo sus creadores y sus inspiradores ideológicos aún son incapaces de reconocer los errores de diseño del Euro y, como mucho, están dispuestos a aceptar que la unión monetaria requiere ligeros retoques. Cuando llegó la crisis, los neoliberales, firmemente asentados en las instituciones europeas, como el Sr. Tritchet, el Sr. Sarkozy, la Sra. Merkel o el Sr. Barroso, fueron incapaces de diagnosticar correctamente la crisis y, con sus recetas de 'devaluación interna' (reducciones salariales) y 'consolidación fiscal' (austeridad), actuaron como bomberos pirómanos, profundizando aun más las caídas de PIB y empleo. Lerner argumentaba que una tasa de desempleo elevada era una prueba de que el gasto público era excesivamente bajo. Pues bien, Europa decidió cavar más hondo.

Pero el predominio del pensamiento único europeo empieza a resquebrajarse ante la evidencia de que los resultados han sido catastróficos. La reciente victoria de Syriza ha enfrentado a las instituciones europeas a la evidencia de que sus políticas no pueden seguir aplicándose impunemente. Algunos han tenido la decencia de reconocer que se han equivocado. Recordemos las recientes lágrimas de cocodrilo de Juncker cuando admitió que "habíamos pecado contra la dignidad de los pueblos" o el reconocimiento de economistas del FMI como Blanchard de que habían subestimado el multiplicador fiscal

Inasequibles al desaliento, no obstante, otros siguen tratando de convencernos de que los países en crisis solo pueden achacarse a sí mismos la culpa de su infortunio. Por supuesto obvian siempre las responsabilidades de Alemania y los restantes países acreedores, de las instituciones europeas y del nefasto diseño de la unión monetaria en la gestación de la crisis europea de deuda. Uno de los más recientes intentos de autojustificación es el de Guntram Wolff cuyo escrito, titulado A tale of floods and dams (Un cuento de inundaciones y diques), es una fantasía neoliberal repleta de arrogancia y deshonestidad intelectual. En este cuento el autor alemán selecciona datos de forma interesada y aporta interpretaciones sesgadas sobre la crisis griega, aderezando todo ello con gráficos que pretenden darle un maquillaje de seriedad y rigor académico a su artículo, en un intento fútil de convencernos de que los griegos son los únicos responsables de su crisis.

Ante todo veamos quién es Guntram Wolff. Es el Director de Bruegel desde junio de 2013, un think-tank neoliberal cuyo consejo de administración preside Jean Claude Tritchet, el mismo chantajista que le impuso la agenda neoliberal al presidente ZP en 2010. En definitiva, se le puede considerar como un miembro del establishment europeo y por tanto alguien completamente incapaz de encontrar más que pequeños defectos en el funcionamiento del euro.

Citando al inicio una frase de Maquiavelo sobre la necesidad de prepararse para futuras inundaciones construyendo los diques a tiempo uno ya va vislumbrando el tono general del artículo: de nuevo las analogías facilonas que tanto gustan a los conservadores; otra vez los intentos de culpabilizar a las víctimas de la crisis y eludir las propias responsabilidades; “si hubieses sido más hormiga y menos cigarra”; el cuento de los tres cerditos y la casa con buenos cimientos; etc.

Guntram Wolff comienza su argumentación identificando similitudes en las condiciones de déficit por cuenta corriente y deuda externa de Grecia y Bulgaria en los años previos a la crisis financiera global (CFG). ¿Por qué piensa Guntram Wolff que Grecia y Bulgaria eran naciones tan parecidas? En primer lugar porque ambas naciones se habían constreñido o atado las manos, aquélla uniéndose a la moneda común, está estableciendo un “currency board”. También porque ambas naciones carecerían de una arquitectura institucional solvente y por las deficiencias estructurales de sus economías. A tal fin emplea el índice de “Facilidad de desarrollar negocios” que publica el Banco Mundial o los resultados del informe PISA como indicadores de esta supuesta debilidad institucional. Podemos estar de acuerdo con que las instituciones de ambas naciones son endebles pero esto les coloca junto a un número muy grande de estados y por tanto no son la excepción. Siendo naciones tan similares, Guntram Wolff se pregunta por qué una ha pasado una crisis tan profunda y la otra no.

Convenientemente el Sr. Wolff parece haberse olvidado de una fundamental diferencia: que Bulgaria estaba fuera del Euro y, aunque había decidido fijar el tipo de cambio del Lev con el Euro, lo cierto es que disponía de soberanía monetaria y, sobre todo, de un banco central. Por tanto Bulgaria contaba con el prestamista de última instancia que le falló a Grecia. Hablamos más sobre esto más adelante, pero no olvidemos de esta fundamental diferencia de partida entre ambas naciones balcánicas.

Pero la tesis de Herr Wolff no está relacionada con la diferente dotación de instituciones monetarias. Pues ¿cómo podría ser que el euro, diseñado bajo postulados neoliberales, tuviera la más mínima relación con el desastroso resultado de la crisis griega?

Estamos de acuerdo con el Sr. Wolff en que ambas naciones tuvieron elevadísimos déficit por cuenta corrientes en la víspera de la gran crisis financiera mundial. Añadamos que también España y EE.UU.

Lógicamente, sigue el Sr. Wolff, la acumulación de déficits por cuenta corriente resultó en unas posiciones financieras netas crecientemente negativas frente al exterior. Lo mismo le ocurrió a España. Nada sorprendente hasta ahora.

Ninguna crítica hay a la oportunista política de explotar al vecino tan impunemente practicada por Alemania durante este período. La patria del Sr. Wolff decidió reprimir los salarios y el consumo en su país para ganar competitividad y, aprovechando los tipos de cambio fijos que impedían a las demás naciones contrarrestar las acciones alemanas, la libre circulación de mercancías y el libre movimiento de capitales, inundar a sus vecinos con sus productos. En definitiva las naciones acreedoras del núcleo europeo nos prestaron el dinero para que nosotros cerráramos nuestras fábricas y ellos pudieran alcanzar el pleno empleo. Esta es la causa fundamental de los enormes endeudamientos de los países periféricos de la UE y no otra. Aunque uno pudiera reprocharle a los gobiernos de Grecia, Bulgaria, España e Irlanda que no hicieran nada por frenar la avalancha de capital e importaciones alemanes, lo cierto y verdad es que, dentro del marco jurídico de la UE, no podían hacer nada para frenarla. Esto lo hemos argumentado en otros posts anteriores.

Donde la argumentación de Guntram Wolff empieza a volverse antipática es en la afirmación que hace a continuación:
En Bulgaria, los flujos de inversión directa foránea impulsaron los déficit por cuenta corriente. Como economía que había dejado atrás recientemente el período comunista y que tenía un bajo stock de capital, las oportunidades de inversión era aun significativas, a pesar de sus débiles instituciones. En cambio, en Grecia, un endeudamiento temerario del gobierno fue el principal impulsor de las importaciones de capital.
En definitiva, los búlgaros habrían actuado ejemplarmente destinando los abundantes flujos de capital alemán a inversiones productivas mientras que esos disolutos griegos se habrían “chuleado” el dinero con un gasto público improductivo.

Este párrafo condensa la esencia del pensamiento neoliberal. En primer lugar recoge el antiguo prejuicio conservador de que todo gasto público por definición es improductivo. Podemos estar de acuerdo en que el estado griego ha estado en manos de oligarquías que han utilizado el presupuesto público para crear redes clientelares, algo con lo que por cierto Syriza dice que quiere acabar. De esto sabemos mucho en España. Pero el gasto público permite también proveer a la sociedad de bienes públicos con una elevada rentabilidad social: pensemos en el gasto en educación, I+D, universidades, sanidad pública, infraestructuras, etc. Si en el párrafo anterior el Sr. Wolff argüía como prueba de la pobreza institucional precisamente los malos resultados de Grecia y Bulgaria en el informe PISA ¿cómo cree que deberían estos países mejorar en este ranking si no es con una mayor inversión pública? El Profesor Vicenç Navarro demuestra la baja dotación de bienes públicos y los bajos índices de gasto social en los países periféricos en un post reciente titualdo La farsa de la deuda en los países periféricos de la Eurozona.

Pero dejemos de lado la crítica al prejuicio contra todo lo público y centrémonos en el otro argumento: la supuesta irresponsabilidad del gobierno griego. Para empezar, no es cierto que el nivel de gasto público de los helenos fuera tan elevado en vísperas de la CFG. En un post de Frances Coppola (http://coppolacomment.blogspot.com.es/ ) ya se demostró que el gasto público griego estaba en línea con el de otros países. De hecho la mayor parte de la deuda griega se generó en una etapa muy anterior y fue consecuencia de la crisis petrolera de los años 70 y 80. Del examen de los datos no hay nada que sugiera que el gasto público griego en los años anteriores a la crisis fuera extraordinariamente elevado. Por ejemplo, tomando el año 2006, el inmediatamente anterior a la crisis, ¿por qué un gasto público del 45,2% en Grecia era muestra de derroche improductivo mientras que el 45,3% de Alemania era una muestra de virtuosismo dentro de los más estrictos cánones neoliberales? De acuerdo con que el gasto público de Bulgaria era bajo pero ¿no haría bien el Sr. Wolff preguntándose si quizás ese nivel fuese la causa de su debilidad institucional?

Hagámonos una pregunta adicional y que no es nada inocente. Si los griegos no fueron capaces de utilizar el capital prestado por los alemanes de forma productiva ¿por qué tampoco los propios compatriotas del Sr. Wolff quienes, no sabiendo qué hacer con él, prefirieron prestárselo a los griegos? Oportunidades no les faltaban. Precisamente hace poco Paul de Grauwe criticaba la falta de inversión pública del estado alemán.



Gasto público en porcentaje del PIB (EL=Grecia, ES= España, BG=Bulgaria y DE=Alemania)

De todas formas resulta que la premisa del Sr. Wolf es falsa. No es cierto que fuera el sector público el principal responsable del deterioro de la posición financiera neta de Grecia. El gráfico siguiente muestra cómo el deterioro en la balanza comercial fue fundamentalmente causado por el sector privado y que el sector público mantuvo un leve déficit que no era en absoluto inasumible. Fue la contundente crisis económica la causante del hundimiento de la recaudación fiscal griega. La nefasta gestión tras la intervención europea provocó un profundo hundimiento del PIB. Lógicamente, ambos efectos combinados: el aumento del déficit público en el numerador y la caída histórica del denominador llevaron a que el índice de deuda pública sobre el PIB se disparara hasta hacerlo insostenible.


Tomado de Frances Coppola: Greece's real problema (http://coppolacomment.blogspot.com.es/ )



El artículo recoge una crítica a la actitud del gobierno griego que en 2009 incrementó su déficit hasta el 5,7% seguido de otro aumento del 3% en 2010 mientras que Bulgaria “responsablemente” habría iniciado un ajuste fiscal del 4% en el mismo año. El autor habla como si realmente habría tenido alguna opción el gobierno griego. Sin embargo, no olvidemos que en ese año la recaudación fiscal del gobierno griego se hundió. Haber aplicado un ajuste en el gasto simplemente habría empeorado las cosas, como se demostró en los años posteriores en los que Bruselas y Frankfurt impusieron su criminal plan de austeridad.

A continuación el Sr. Wolff se detiene en una discusión sobre si hubiese sido aconsejable un menor o mayor ritmo de ajuste fiscal aunque se posiciona como un partidario de una restructuración más temprana de la deuda griega. Sin embargo concluye que poco habría cambiado ralentizando o acelerando el ajuste fiscal, postura con la que estoy de acuerdo, pero por motivos distintos. En mi opinión Grecia debería renunciar en estos momentos a un superávit primario e ir a un ambicioso programa de reactivación de la economía con estímulos fiscales o un programa de empleo garantizado. Porque la raíz del problema, además de la falta de competitividad de la economía griega, está en la lamentable actuación de las autoridades europeas ante el inicio de la crisis de deuda soberana.

Ahora el Sr. Wolff pretende olvidar el papel del nefasto diseño institucional del euro en la gestación de la crisis de deuda soberana. Recurre al manido y desacreditado mito de la “confianza de los mercados”. Según él, la prima de riesgo griega se disparó por culpa de la equivocada actitud fiscal griega frente a la de los búlgaros que habría sido premiada por los mercados (los famosos 'bond vigilantes' de la mitología conservadora de EE.UU.).
Diferencias en la gestión fiscal y turbulencias fiscales importantes, asociados a los temores a la salida [del euro], etc. llevaron a una diferencia sustancial en la credibilidad de los mercados financieros y Grecia sufrió mucho por esto. Los rendimientos de la deuda búlgara han estado consistentemente debajo de los griegos desde el inicio de la crisis. Se podría argüir que los mayores rendimientos provocados por la falta de credibilidad griega fueron un importante factor tras el colapso del PIB griego. Piensen en las primas incrementadas como un incremento del tipo de interés del banco central, con los correspondientes efectos negativos en el rendimiento económico. Por tanto fue una noticia positiva que estas primas cayeran sustancialmente ante de la elección del nuevo gobierno griego. El más reciente incremento de los tipos de interés y la correspondiente pérdida de confianza me hace pesimista respecto al rendimiento económico global de la economía griega en 2015. El efecto de la austeridad reducida podría quedar más que compensada por un alza de los tipos de interés y un empeoramiento del clima inversor.
La desconfianza de los mercados habría conducido al alza de los intereses pagados por los griegos. ¡Otra vez nos vienen con la milonga de la confianza de los mercados! A su vez, esos elevados tipos de interés habrían conducido al colapso del PIB griego. Vamos, un clásico ejemplo de confundir una correlación con una relación causa efecto.

No se puede ser más deshonesto. Es evidente que la subida de la prima de riesgo griega solo podía dañar la ejecución de políticas anticíclicas del gobierno griego. Se olvida Wolff que fueron el Sr. Tritchet y la institución que presidía entonces los responsables de que se disparara la prima de riesgo griega. La leyenda de la confianza de los mercados es un embuste pues de otra manera no podría explicarse que la prima de riesgo griega (y la española, y la italiana, y la portuguesa) cayera inmediatamente después del famoso discurso de Draghi en el que prometía que haría cuanto fuera necesario para salvar el Euro (es decir, que compraría deuda de los países periféricos si fuera necesario, promesa que ahora están incumpliendo con Grecia pese a estar sometido a un programa de rescate precisamente en un intento antidemocrático de socavar los recursos del nuevo gobierno). 

Además, atribuir la caída del PIB griego a la subida de las primas de riesgo es una interpretación interesada. La verdadera causa del hundimiento del PIB griego fue la política de draconiana austeridad impuesta por el actual jefe del Sr. Wolff, el Sr. Tritchet, ese bombero pirómano que prefirió aprovechar la situación para imponer su agenda neoliberal a los gobiernos periféricos antes de comprometerse a comprar su deuda pública en el mercado secundario. No olvidemos además cómo la falta de una real unión bancaria contribuyó al incendio al contagiar los problemas de solvencia del sector bancario al estado griego. Por cierto, el Sr. Draghi sigue jugando al chantaje y a perpetuar la fragmentación bancaria al no permitir que los bancos griegos aporten deuda del estado griego como garantía para acceder a líneas de descuento del BCE.




Pero analicemos el rendimiento de ese supuesto parangón de virtud fiscal balcánica, Bulgaria, que ha recibido el premio del hada de la confianza y ahora descuella en el Olimpo de los casos de éxito noliberales. ¿No habría tenido mucha más influencia en la evolución del tipo de interés que pagaba el gobierno búlgaro el hecho de que el banco central de Bulgaria se avino a comprar deuda de su propio estado? En la siguiente figura vemos lo que pasó con el balance del banco central de ese país balcánico: desde finales de 2009 hasta 2013 sus activos casi se duplican. Es decir, al igual que el Reino Unido u otros países bendecidos con soberanía monetaria, Bulgaria pudo apoyar su deuda pública con compras en el mercado para impedir que los rendimientos se dispararan. Mientras, el BCE bajo Tritchet nos dejaba a los países periféricos tirados en el arroyo. Resulta evidente que Guntram Wolff no quiere morder la mano de quien le da de comer.

Ahora bien, la decisión de implantar un currency board es arriesgada y ya conocemos cómo acabó la experiencia argentina. Para acabar con la hiperinflación más les habría valido crear un sistema fiscal eficaz capaz de cancelar sus emisiones de dinero y crear esas instituciones que tanto echa en falta Wolff.


Con todo su descaro el Sr. Wolff pretende que extraigamos la moraleja de su fábula: los "mercados" premian a los estados obedientes y castigan a los supuestamente desobedientes. No tendría nada que ver en la evolución diferencial de los dos países balcánicos el hecho de que uno contó con un banco central que cumplió con su obligación y el otro no pudo obtener el respaldo del suyo, que además tenía prohibida la financiación a los estados y, a cuyo frente, se situaba un incompetente y chantajista presidente, el Sr. Tritchet. Pero ya que el autor alemán considera tan admirable la gestión de la economía búlgara, veamos qué pasó con el desempleo en ese aventajado alumno del neoliberalismo: en apenas 4 años sus tasas de desempleo volvieron a los niveles de 2003, la nada envidiable tasa de 14%.




No olvidemos que esta caída de empleo coincidió con la pérdida de una parte importante de la población del país. El país vio como se reducía su población en 288.000 de los habitantes entre 2006 y 2013, casi un 4%, la mayor parte sin duda trabajadores que se vieron obligados a emigrar. La población en edad de trabajar se redujo en 133.000 personas, el 6% del total. Esta es una pérdida de capital humano irreparable y que dificultará que el país recupere la producción que tenía antes de la CFG.

Evolución de la población de Bulgaria. Fuente: Eurostat

Cierto es que a los neoliberales estas variables no suelen importarles demasiado. Para ellos quien está desempleado es porque quiere. El sufrimiento causado a la población es absolutamente irrelevante para el Sr. Wolff y los de su cuerda. En definitiva, las políticas a las que obliga un régimen de cambios fijo o una unión monetaria sin unión fiscal siempre conducen a una única salida posible: altas tasas de desempleo y emigración cuando se produce un shock asimétrico. ¿Qué yogur prefiere Vd., el griego o el búlgaro?

Aun así no negaremos que Grecia tiene un problema de competitividad. Es cierto, una gran parte de su parva industria fue laminada entre finales de los años 70 y principios de los 80. Pero ésa es materia que ya trató Frances Coppola en su post. La que sí es una lección real es que se cumple el famoso "trilema" que ya expuso Hyman Minsky. Una nación solo puede elegir dos de las siguientes tres opciones de política económica:
  1. Margen para ejecutar políticas económicas conducentes al pleno empleo.
  2. Tipo de cambio fijo de su divisa.
  3. Libre movimiento de capitales.
De forma que una nación puede optar entre las tres combinaciones siguientes:
  1. Tener margen para ejecutar políticas que aseguren el pleno empleo y permitir el libre movimiento de capitales; pero entonces tendrá que permitir que su tipo de cambio flote libremente.
  2. Tener margen para ejecutar políticas que aseguren el pleno empleo y fijar el tipo de cambio de su divisa; pero entonces tendrá que introducir controles al libre movimiento de capitales.
  3. Fijar el tipo de cambio de su divisa y permitir el libre movimiento de capitales. Pero entonces carecerá de margen para aplicar políticas macroeconómicas que garanticen el pleno empleo y tendrá que sacrificar el empleo ante una crisis que comprometa el sostenimiento del tipo de cambio o haya riesgo de fuga de capitales.
En lo que si estaremos de acuerdo con el Sr. Wolff es que, dentro de la unión monetaria, es muy difícil encontrar una solución al problema griego. En lo que seguro que no estamos de acuerdo es en las causas (para él la falta de virtud fiscal, para mí la nefasta gestión del BCE y el mal diseño de la unión monetaria) ni en las soluciones. Para mí no queda otra que la recuperación de la soberanía monetaria (o la creación de una verdadera unión fiscal, bancaria y de transferencia de rentas de países superavitarios a deficitarios; pero antes pasará un camello por el ojo de una aguja).

lunes, 23 de febrero de 2015

La evolución del sector público durante la crisis en dos gráficos

Revisando las cuentas del sector administraciones públicas me ha parecido interesante analizar las tasas de variación respecto al mismo trimestre del año anterior de las principales rúbricas: impuestos, consumo público final, transferencias netas y rentas netas. Un gráfico interesante es éste:





Es una buena forma de visualizar la historia de la crisis: en 2009 se hunde la recaudación fiscal; entre 2010 y 2012 se produce una enorme volatilidad en el epígrafe de rentas netas (la famosa prima de riesgo que sube a la estratosfera y baja gracias a las famosas palabras de Draghi); y, desde 2010, se hunde la formación bruta de capital fijo (la inversión pública), lo cual refleja el fin de los excesos en infraestructuras de la época de la bonanza y el fin del plan E. Hay un extraño pico en esta última rúbrica a finales de 2013. ¿Quiere esto decir que el Gobierno aceleró la ejecución de obra pública a finales de 2013 para aprovechar el efecto multiplicador? ¿Veremos un pico similar en el último trimestre de 2014? ¿Explicará esta aceleración de la inversión pública nuestro escueto crecimiento de 2014? Un amigo de un centro de estudios me advierte que también ha habido un cambio metodológico que complica la comparabilidad de los datos. Además parece que puede haber cierto "juego" con el momento de reconocimiento de los gastos, de forma que se ejecutaría sin que su reconocimiento afecte a nuestros "compromisos" de déficit con la Unión Europea.

De todas formas, no me emocionaría con la partida de inversión. Hace unos años la inversión anual se acercaba a los 60 MM€, hoy pasamos de los 20 MM€ raspando. Nos limitamos a reponer el capital.


Quitando las rentas netas del gráfico, que atenúan la volatilidad de los demás epígrafes, tenemos este gráfico:



 Se ve que el gasto público ha dejado de caer desde el 4º trimestre de 2013, tampoco sube mucho, pero esta estabilización, acompañada de los estímulos en la inversión pública, quizás expliquen la tímida recuperación económica que desde luego, no se debe al vigor y pujanza de nuestras exportaciones. La evolución de las transferencias netas parece darle la razón a quienes critican la insensibilidad social de este gobierno. Crecieron mucho en la última etapa de ZP por efecto de los estabilizadores automáticos (desempleo) y desde entonces se han estancado y parece darse una tendencia a la congelación en su crecimiento pese a la emergencia social que vive este país.

domingo, 26 de octubre de 2014

Wynne Godley y el tratado de Maastricht


Wynne Godley fue un economista británico de la escuela postkeynesiana, discípulo de Kaldor, muy crítico con la política económica del gobierno de Thatcher. Recibió la educación esmerada de un miembro de la élite inglesa pues se formó en King's College. Aunque iba para músico, pues estudió en el conservatorio de París y luego fue oboe en la orquesta galesa de la BBC, su miedo escénico le obligó a dejarlo. Quizás hayamos perdido un gran músico pero ganamos un gran economista.

Una de sus mayores aportaciones fue un marco analítico consistente en el estudio de los balances financieros sectoriales que viene muy al caso para estudiar nuestra crisis actual y el fracaso de las recetas neoliberales (*).

Pero hoy quiero recordar a Wynne Godley por un magnífico ensayo que escribió allá por el año 1992 y al releerlo me eriza el cabello por su clarividencia y lucidez. Se titula Maastricht and All That y podéis encontrarlo aquí en inglés. Empieza con una diatriba por las formas mediante las que se consiguió la aprobación del Tratado de Maastricht, un proceso que arrancó la siguiente confesión de Delors: "quizás en el futuro los puntos de vista de la gente sencilla debieran ser tomados en cuenta con mayor sensibilidad" y añade el ensayista: "¡podría haberlo pensado antes!" Esta enseñanza no parece haberse asentado a la luz del reciente comportamiento de las autoridades europeas.

Godley hace una crítica acerba al diseño institucional que pone en marcha el Tratado de Maastricht. Él cree que, frente al pensamiento neoliberal que ya en esa época empezaba a predominar en el continente europeo, sí que existe un papel para el estado en la gestión del ciclo económico. El gobierno tiene la responsabilidad de tomar decisiones sobre el nivel óptimo de provisión de servicios públicos, el reparto justo y nivel adecuado de la carga fiscal, el nivel adecuado de déficit o superávit público, si se financian los gastos o no con deuda, los tipos de interés, etc... Ese conjunto de decisiones, que no son otra cosa que la política económica, determinarán el nivel de precios, crecimiento, inversión y empleo. Un gobierno progresista procurará con su mezcla de políticas alcanzar el pleno empleo. Además una serie de estabilizadores automáticos suavizarán el ciclo económico y apoyarán a aquéllas regiones que padezcan una crisis estructural.

Pues bien, Godley advertía que el Tratado de Maastricht arrebataba su soberanía monetaria a los estados que se iban a integrar en la unión monetaria. Pero además iban a perder su soberanía fiscal y su capacidad de desarrollar una política económica que permitiera alcanzar los objetivos citados anteriormente. Lo que no conseguía comprender es que los estados renunciaran a esta soberanía para cedérsela a una unión que carecía de todas las capacidades ahora arrebatadas a los estados y cuya única institución económica compartida sería un banco central, desprovisto además de una función tradicional de los bancos centrales, cual es la de actuar como prestamista de última instancia en caso de un ataque de los mercados a la deuda soberana.

En el último párrafo nos enfrenta a la disyuntiva a la que se sometía a los ciudadanos europeos. Podía entender a aquéllos que, como Margaret Thatcher, preferían retener su soberanía monetaria y económica. También podía entender a aquéllos, entre quienes se incluía, que defendían una verdadera federación europea con instituciones económicas compartidas que permitieran aplicar una política fiscal y de transferencia de rentas en caso de necesidad. Lo que le resultaba incomprensible es que hubiera quienes apoyaran la integración en el sistema monetario europeo renunciando a toda soberanía económica sin exigir como contrapartida unas instituciones federales europeas que pudieran garantizar el pleno empleo en casos de crisis asimétrica.

Las perspectivas le resultaban aterradoras. En su visión los estados se verían reducidos a la condición de regiones sin capacidad de devaluar su moneda y de aplicar políticas anticíclicas. Se preguntaba qué pasaría si una región o todo un país se enfrentara a una crisis estructural. Sin instituciones económicas federales que pudieran transferir rentas a esos territorios menos afortunados y sin la capacidad de devaluar, los estados carecerían de una red de seguridad y no podrían aplicar políticas expansivas sin riesgo de caer en problemas serios de balanza de pagos. Godley nos lanza la siguiente admonición;

"si un país o región no tiene el poder de devaluar y si no se beneficia de algún sistema de igualación fiscal, entonces nada detendrá que sufra un proceso de decadencia acumulativo y terminal que llevaría, al final, a la emigración como única alternativa a la pobreza y la hambruna."
A mí esta predicción, hecha en 1992, no deja de recordarme a las economías de la periferia europea de hogaño y me resulta desoladora. No dejo de pensar en lo irresponsables que fueron nuestros políticos al renunciar a nuestra soberanía monetaria sin exigir a cambio unas instituciones económicas federales: unión fiscal, mutualización de deuda, unión bancaria; reivindicaciones que hoy se hacen en vano pues los países acreedores no quieren asumir su coste.

La Unión Monetaria Europea ha sido un triunfo ideológico del neoliberalismo: no es posible aplicar políticas keynesianas en este entramado institucional. ¿A alguien le sorprende la crisis de los partidos socialdemócratas que, de forma temeraria, haciendo gala de un europeísmo un tanto iluso, apostaron con el entusiasmo de un zelota por esta integración en un proyecto netamente neoliberal?

(*) En una economía cualquiera podemos analizar de forma agregada los balances de cada sector: el privado formado por familias y empresas, el público y el exterior. Si un sector invierte por valor superior a su ahorro deberá endeudarse con otro que genere mayor ahorro del que es capaz de invertir. En una crisis como la actual que se deriva de un excesivo endeudamiento del sector privado es inevitable que éste procure desapalancarse. Sin embargo, para que esto ocurra otro sector tendrá que aceptar la devolución de sus préstamos.

En Europa se ha exigido a los países deudores que reduzcan su deuda. En el caso español el sector privado se sobreendeudó durante la burbuja inmobiliaria. Pero para desendeudarse un sector otro tiene que recoger esos saldos financieros. Por esos es fútil exigir que simultáneamente el sector público reduzca su endeudamiento. Si nuestro sector privado quiere amortizar aceleradamente sus préstamos bien el sector exterior, bien el público tienen que aceptar esas posiciones reduciendo sus saldos acreedores. Richard Koo supo entender esto perfectamente al describir las reseciones japonesa y europea como una "crisis de balance". Contablemente la relación se expresa así: (S – I) = (G – T) + (X – M) es decir: desendeudamiento privado = endeudamiento público + desendeudamiento exterior


El siguiente vínculo lo muestra de forma empírica: Economistas Frente a la Crisis .

sábado, 27 de septiembre de 2014

El vértigo que podíamos habernos evitado si no nos hubiésemos dejado llevar al abismo.

Acabo de leer el libro de José Luis Rodríguez Zapatero, El Dilema. 600 Días de Vértigo. Siempre es interesante la perspectiva de alguien que vivió la historia en primera persona. Pero no quiero hablar de su libro sino de una serie de comentarios que aparecen en lugares separados pero que reunidos adquieren un significado interesante, El primer párrafo que llamó mi atención fue aquél que narra como en una de las cumbres europeas convocadas para discutir la crisis griega

 «el texto se fraguaba en reuniones reducidas, en las que estaban habitualmente representadas Alemania, Grecia, Francia, la Comisión Europea, el Presidente del Consejo y, en algunos casos, el presidente del BCE. El grueso de los gobiernos esperábamos pacientemente los resultados de este singular método de trabajo, que era el habitual (…) antes de las reuniones formales del Consejo (…).” 

En Europa las grandes decisiones se cuecen en un reducido círculo de poder, un consejo dentro del Consejo con Alemania como primus inter pares. Este peculiar proceso de toma de decisiones quizás explique otro párrafo de ZP:


El punto 14 (de las conclusiones del Consejo europeo  de junio de 2011), al plantear la necesidad de un nuevo programa, era en realidad el reconocimiento del fracaso del programa de  ayuda de mayo de 1010. Pero nótese que este reconocimiento aparece en el texto después de exigirse en él a las autoridades nacionales que siguiesen profundizando en los ajustes: «El Consejo Europeo pide a las autoridades nacionales que continúen ejecutando con firmeza los necesarios esfuerzos de ajuste con el fin de colocar al país en una senda sostenible». Ésta era la lógica del proceso de ayuda: exigir más y más severos ajustes sin reparar apenas en la situación social del país y aun a sabiendas de que al cabo de pocas semanas Grecia no podría afrontar los compromisos de pago. 
Al igual que hicieron otros primeros ministros, combatí el nivel de exigencias a Grecia para disponer de la ayuda y reclamé en aquel Consejo, como hice en otras cumbres, una intervención más decidida del BCE y la puesta en marcha de los eurobonos.

Por lo visto de forma infructuosa pues del anteriormente citado párrafo se desprende que en realidad en Europa mandan otros. Porque además parece que en Bruselas impera una determinada ideología:

Quizá sea una impresión equivocada, pero casi siempre tuve la percepción de que los informes o pronósticos sobre la evolución de la sostenibilidad de los Tesoros con problemas por parte de los cualificados técnicos de los organismos referidos (el BCE, la Comisión  el FMI) eran bastante pesimistas. El color de sus opiniones no era neutral ni inocuo. Los altos funcionarios de estos centros de gran influencia hablan entre ellos y, a su vez, hablan con los periodistas económicos de los principales medios de comunicación. Es normal que así sea, los periodistas hacen su labor y buscan en todos los recovecos de los despachos oficiales impresiones, pronósticos, riesgos, alarmas. Pero ¿no cabe exigir a estos altos funcionarios que, además de buenos profesionales sean capaces de blindar sus impresiones?

Y a uno le podría dar ternura la ingenuidad del personaje si no fuera porque tuvo en sus manos haber asumido su responsabilidad y haberse enfrentado con mayor decisión al destino que marcaba Bruselas. En el epílogo de su obra ZP exime de responsabilidades a los que impulsaron el Tratado de Maastricht:


Pero debo dejar claro que considero injusto cualquier intento de responsabilizar de los males actuales a quienes concibieron y aprobaron el Tratado de Maastricht. Sería injusto, primero porque, a pesar de los «defectos de fabricación» de la moneda común, el euro es un proyecto que, sin duda, merece la pena. El Euro es Europa y Europa es más importante que cualquier crisis económica, por dura que ésta sea. Y, segundo, porque es políticamente indecoroso que los gobernantes miren hacia atrás en un tiempo de dificultades graves.

En definitiva aquí ZP nos da la clave de su pensamiento: el proyecto europeo es tan importante que todo lo demás está a su servicio. No está el Euro al servicio de los europeos; somos los europeos los sacrificados en el altar del magno designio.

Pero Zapatero parece incapaz de extraer las conclusiones que se derivan de su análisis. Es irónico que él mismo recurra a Michael Pettis para explicar que el desequilibrio europeo se debió también al exceso de ahorro alemán. Es un sarcasmo porque en un reciente artículo el mismo Pettis advierte de los riesgos para España de permanecer en el euro y plantea el escenario de una salida. El mismo Zapatero acaba reconociendo que permanecer en el euro nos puso a los pies de los caballos.
Sin embargo, ya sabemos cómo fue de vacilante e insuficiente la respuesta ... europea. Lejos de contribuir a aliviar los efectos y duración de la crisis. nos situó ante el riesgo del mal mayor, el peor de los males, el del rescate.
 Algo ha fallado en el modelo del euro. Algo muy serio. El euro impulsó su prosperidad y su crecimiento, pero sin bases sólidas.
Pero la UE y el euro son proyectos irrenunciables, y más aún en la era de la globalización.
Yo me pregunto qué habría pasado si, en lugar de aceptar el chantaje de Tritchet en 2011, Zapatero hubiese tenido la osadía de romper la baraja y sacar a España del euro. Yo creo que tras la inevitable crisis financiera la economía española hoy estaría creciendo a buen ritmo. Lo dicho: Vd., amigo lector, y yo somos víctimas necesarias y colaterales del proyecto irrenunciable y superior en cuyo gobierno no podemos influir: el euro.


Párrafos extraídos del libro de José Luis Rodríguez Zapatero, El Dilema. 600 Días de Vértigo. Editorial Planeta 2013.