Cita de Roosevelt

"Ningún país, sin importar su riqueza, puede permitirse el derroche de sus recursos humanos. La desmoralización causada por el desempleo masivo es nuestra mayor extravagancia. Moralmente es la mayor amenaza a nuestro orden social" (Franklin Delano Roosevelt)

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sábado, 30 de noviembre de 2019

La teoría moderna de la moneda como nuevo paradigma



En su obra “La estructura de las revoluciones científicas” Thomas Kuhn explicaba que el progreso científico no se producía como consecuencia de la acumulación lineal del conocimiento sino de forma disruptiva. Las nuevas teorías comienzan por la detección de anomalías que no pueden ser explicadas dentro del marco conceptual de las teorías dominantes. Llega un momento en que no es posible modificar las teorías vigentes para explicar estas anomalías y se necesita una nueva teoría. Entonces es inevitable desechar lo viejo y desarrollar un nuevo corpus teórico. Más que un proceso acumulativo, donde un nuevo conocimiento o descubrimiento completaría las teorías existentes, Kuhn hablaba de un proceso en el que el paradigma vigente ya no sirve para la explicar la realidad observada empíricamente y se sustituye con otro nuevo.

Una vez que un nuevo paradigma triunfa los manuales científicos deben ser reescritos y los anteriores dejan de leerse e imprimirse. Los educados en el nuevo paradigma no entenderán el antiguo. Los paradigmas son mutuamente ininteligibles porque parten de principios y teoremas incompatibles. Por ejemplo una persona educada en el conocimiento de la física moderna consideraría el modelo geocéntrico de Ptolomeo completamente absurdo e inservible para explicar el Universo. Tras ser superado por la revolución copernicana de éste no queda nada aprovechable pues hoy nadie aceptaría que vivimos en un sistema geocéntrico. A su vez, el sistema heliocéntrico copernicano fue sustituido por nuevos paradigmas puesto que también surgirían nuevos datos inconsistentes con éste. Y así sucesivamente.

Pero el nuevo paradigma no se implanta de forma consensuada. Los académicos comprometidos con las teorías superadas nunca aceptan lo nuevo. Más bien se resistirán a la nueva teoría tratando de ridiculizarla, retorciendo sus postulados para desacreditarla con argumentos de hombre de paja, obstaculizando su difusión —por ejemplo mediante el control de las publicaciones en las revistas indexadas o cerrando el paso en la academia a los científicos que están desarrollando el nuevo paradigma disruptivo—, actuando en definitiva como guardianes del orden establecido y haciendo lo posible para que la sociedad no escuche una explicación alternativa. Tienen demasiado capital intelectual comprometido con la explicación antigua. En realidad la nueva teoría nunca es aceptada por estos cancerberos. Un nuevo paradigma se impone cuando los viejos se jubilan o mueren y los jóvenes que los reemplacen ya no tengan interés por estudiar un conocimiento obsoleto e inútil.

Esta disertación viene a cuenta de la crítica sobre la teoría moderna de la moneda (TMM) que ha publicado recientemente en Argentina Héctor Rubini (Rubini, 2019). Sería perder el tiempo tratar convencer a alguien que será impermeable a cualquier argumento. Con este artículo nos conformamos con dejar sentado que Rubini no realiza una crítica objetiva ni fundada sino que está tratando de defender la bandera de una teoría económica cuyo capital intelectual está totalmente amortizado. La TMM es el nuevo paradigma.

Nos encontramos con dos tipos de críticos de la TMM. Algunos, los menos, han realizado un verdadero esfuerzo intelectual por entenderla y muestran un espíritu dialéctico productivo. Pero, la mayoría se limitan a un análisis de bajo nivel intelectual renunciando a consultar las fuentes primarias empleando en su lugar el método del “teléfono escacharrao (sic)”. En ellos siempre encontramos argumentos que otros autores, ideológicamente afines, han empleado poco antes. Sospechamos que Rubini se integra en esta categoría pues no cita una sola referencia bibliográfica de un autor de la TMM. Parece incluso incapaz de mencionar por su nombre a ninguno de los autores de esta escuela. De hecho se ve obligado a recurrir a la autoridad de Rogoff –alias el de la hoja de cálculo con errores– o Summers, los cuales, por cierto, tampoco se han tomado la molestia de recurrir a fuentes primarias y estudiar lo que dicen los autores de la TMM.

El problema de la escuela a la que pertenece Rubini es que parte de una teoría abstracta que no nos sirve ni para interpretar la realidad ni para prescribir políticas económicas adaptadas a nuestros tiempos. Es revelador que reproche a los autores de la TMM que evitemos “el uso de métodos de optimización, o los modelos intertemporales de uso corriente en la profesión en las últimas 3-4 décadas”. Sin embargo un autor del mainstream como Paul Romer escribió un artículo explicando por qué eran completamente inútiles (Romer, 2016). Tales modelos asumen un ficticio agente representativo, maximizador de su utilidad de forma intertemporal (es decir, que conoce perfectamente lo que va a ocurrir en el futuro y actúa en consecuencia). Estos artilugios ignoran completamente el dinero o la existencia de un sector financiero. Por ese motivo no son capaces de contemplar la existencia de fraudes empresariales, quiebras e insolvencias y crisis financieras. Eso los convierte en inútiles para realizar predicciones.

Comparen la inutilidad de estos modelos con el trabajo que Randall Wray y Wynne Godley publicaron en 2001 en un célebre artículo titulado “Is Goldilocks Doomed?” (Godley & Wray, Marzo 2001). En él predijeron la crisis financiera global iniciada en 2007 gracias a que tuvieron en cuenta las relaciones entre los sectores institucionales de la economía. Eran conscientes de que la Economía de EEUU mostraba un abultado déficit por cuenta corriente. El empeño de la administración Clinton por conseguir un superávit fiscal solo podía hacerse a costa del endeudamiento creciente del sector privado doméstico. Ese endeudamiento del sector privado era insostenible y llevaría a una crisis financiera. Por eso es un argumento de hombre de paja que Rubini afirme que no tengamos en cuenta que “en cualquier economía (hasta en Corea del Norte) existe al menos comercio exterior, y el desbalance fiscal bien puede tener correlato en un déficit de cuenta corriente”. Nos tememos que este comentario delata que no ha comprendido el importante papel del déficit público como fuente de los beneficios monetarios de los capitalistas y como contrapartida del ahorro del sector privado.

Sospechamos que este dislate confirma que Rubini no se ha documentado para escribir su artículo. Quizá por ello se convierte en una diatriba que no atina a describir la TMM. De forma sucinta describimos algunos de los errores que comete al describir nuestro pensamiento.

1. Un clásico de los críticos de la TMM es anunciar el fin del mundo si se “aplicara” al mundo real. Esto no es correcto porque no se puede decidir si la TMM se aplica al igual que uno no decide si se aplica la teoría general de la relatividad. Uno puede estar de acuerdo con ella —el nuevo paradigma— o preferir el modelo tradicional desarrollado por Newton —el paradigma viejo. La TMM describe el funcionamiento de nuestro sistema monetario y por tanto sirve para describir cualquier economía monetaria. Una aportación crucial de la TMM es haber estudiado en profundidad las relaciones entre el banco central, la tesorería y los bancos comerciales; el proceso de creación y destrucción del dinero y los circuitos a los que da lugar; la relación entre los sectores institucionales de la economía; el papel de los bancos centrales en la determinación de los tipos de interés. Este es un aspecto novedoso que apenas ha recibido atención de los economistas neoclásicos. Otra cuestión es qué tipo de política económica recomendaríamos a partir de la empresa comprensión de la realidad que nos aporta la óptica de la TMM.

2. Según Rubini la TMM propondría financiar el gasto público con emisiones monetarias. Esta afirmación intenta atribuir una intención política a algo que ocurre siempre que el gobierno gasta. El gobierno que disfruta de un monopolio en la creación del dinero no se financia. El pago de un gasto público simplemente genera una orden de transferencia del Tesoro al banco central, hecho que consiste en meros apuntes contables realizadas con el teclado de una computadora. Tal es la operativa de nuestros sistemas monetarios. No se trata de una prescripción sino de una descripción de nuestra realidad operativa. De la misma manera los impuestos simplemente destruyen el dinero creado en la fase de gasto pues no son más que un apunte contable de signo contrario.

3. Rubini nos achaca creer que la demanda de dinero es infinita. Quizá no sea una creencia tan desacertada. La película canadiense “La caída del imperio americano” nos ilustra como más de uno que se encontrara con una bolsa abandonada con un millón de pesos en la calle probablemente se la llevara a casa. En todo caso, tenemos la certeza de que el sector privado estará dispuesto a obtener más unidades monetarias del Estado a cambio de bienes y servicios reales que el mínimo requerido para su obligación tributaria actual.

4. Nos reprocha que queremos resolver los problemas de demanda metiendo dinero en el bolsillo de la gente. Esta afirmación es curiosa pues todos los grandes economistas como Schumpeter o Keynes han explicado que sin la creación de dinero por los bancos ab nihilo no es posible poner en marcha el proceso productivo. Schumpeter de hecho se refiere al banquero como el ‘eforo’ del capitalismo. Esa función es indispensable para cualquier economía basada en el crédito. También resulta obvio que poner a la gente a trabajar es una forma de llenar sus bolsillos para que puedan realizar compras y generar ventas para los empresarios.

5. La TMM argumentaría que el estado carece de límites para endeudarse o gastar. De nuevo es falso. Lo que dice la TMM es que, cuando un gobierno ejerce su soberanía monetaria, —situación que, por cierto, no es la de Argentina por el empeño de sus gobiernos en anclar su moneda a la de una potencia extranjera— la restricción al gasto público no es financiera sino real. El límite es la disponibilidad de recursos que estén a la venta a cambio de la moneda que emite el soberano.

6. Frente a lo que afirma Rubini la TMM no considera irrelevante que los agentes del sector privado puedan desear tener sus depósitos en una moneda en lugar de otra. Fadhel Kaboub, Randall Wray o Warren Mosler han abordado este asunto reiteradamente y basta remitirse a su abundante bibliografía.

7. Según Rubini ni habríamos considerado las situaciones de estanflación, ni las situaciones de hiperinflación. Los teóricos de la TMM precisamente dedican gran parte de sus prescripciones a la estabilización de los precios a la vez que se asegura el pleno empleo. Una de los primeros trabajos de Warren Mosler se titulaba “Pleno empleo con estabilidad de precios” (Mosler, 1997). Estabilizar los precios anclando el valor de la moneda al salario–en lugar de al oro o al dólar– es la función de estabilidad macroeconómica que atribuimos al plan de trabajo garantizado como ejército de reserva de empleados frente al actual abuso del ejército de reserva de desempleados. Hemos explicado que el estado es el monopolista de la divisa y como tal puede establecer unilateralmente los términos de intercambio que ofrecerá a quienes buscan su moneda. Irónicamente, ningún Estado —mucho menos el argentino— actualmente parece reconocerlo. Por el contrario, los estados actúan como si estuvieran compitiendo con otros compradores cuando realizan compras con su propia moneda.

8. Nuestro crítico argentino dice que ignoramos el papel de las expectativas, cosa que nos resulta extraña dado que entroncamos con la larga tradición keynesiana que explica las decisiones de inversión en gran parte por las expectativas que se forman los empresarios.

No queremos aburrir con más ejemplos. Rubini considera que nuestras prescripciones son a la vez ambiciosas y carentes de realismo. No pretendemos convencerlo de que está equivocado. Solo le pedimos al paciente lector que se remita a las fuentes. También deseamos que Rubini disponga más tiempo para leernos cuando se jubile.

Bibliografía


Godley, W., & Wray, R. (Marzo 2001). Is Goldilocks Doomed? Journal of Economic Issues, Vol. 34, No. 1, pp. 201-206.

Mosler, W. (1997). Full Employment and Price Stability. Journal of Post Keynesian Economics, Vol. 20. No. 2. Obtenido de http://www.warrenmosler.com.

Romer, P. (2016). The Trouble With Macroeconomic. The American Economist.

Rubini, H. (24 de 11 de 2019). "Teoría" Monetaria Moderna: humo sobre el agua. Obtenido de La Política Online: https://www.lapoliticaonline.com/nota/hector-rubini-teoria-monetaria-moderna-humo-sobre-el-agua/

martes, 3 de enero de 2017

¿Por qué crea el estado desempleados que no quiere contratar?

Artículo publicado originalmente en la sección Luces Rojas de InfoLibre.

El trabajo es toda actividad productiva que realiza el ser humano. Trabajan el médico cuando trata a sus pacientes, el maestro cuando imparte sus clases, o el obrero que coloca ladrillos con maestría. Lo hacen también la madre que cuida de sus hijos o la mujer que desempeña labores de voluntariado en una ONG. La diferencia entre los primeros y los segundos es que a cambio aquéllos perciben una retribución dineraria, es decir, poder adquisitivo que da derecho a participar en el reparto de los bienes y servicios producidos en la economía de mercado que se encuentran a la venta solo a cambio de dinero creado por el gobierno o los bancos. Se desarrollan sin embargo numerosas tareas excluidas del ámbito del mercado, asignadas por cierto con mayor frecuencia a las mujeres en las sociedades patriarcales.

Un trabajador vende sus servicios al mercado porque quiere conseguir dinero a cambio. El empleo es siempre un fenómeno monetario. Por eso podemos definir el desempleo involuntario como mano de obra ofrecida al mercado a cambio de moneda del estado que no encuentra comprador. Este empleo puede ser comprado por el sector privado o por el estado. Si existe desempleo involuntario es porque ni el sector privado ni tampoco el gobierno quieren aumentar sus gastos para ocupar esos recursos ociosos.


Para entender esto describamos un escenario. Supongamos que partimos de un período en el que existe plena ocupación. En esta situación, de equilibrio inicial, supongamos que nadie ahorra, es decir todo el mundo gasta su renta íntegramente y por tanto todo lo que se produce se vende. El gasto de todos es igual a las rentas —salarios, beneficios, impuestos, alquileres, intereses, etc.— de todos y por fuerza es igual también a toda la producción de la economía. Esta identidad se mantiene siempre a nivel macroeconómico:

INGRESO=GASTO=PRODUCCIÓN

Si por la razón que sea (porque los hogares y las empresas decidan que quieren reducir su deuda, porque haya una situación de incertidumbre o porque los extranjeros decidan no comprar nuestros productos) en un período posterior cambia el comportamiento del sector no gubernamental —en el que incluimos a hogares, empresas y al sector exterior— y éste prefiere ahorrar una parte de su renta entonces una parte equivalente de la oferta de bienes y servicios se quedará sin vender. En ese caso las empresas tendrán que reducir su oferta y es probable que despidan a algunos de sus empleados.

El trabajo no es un rábano

Nadie puede obligar al sector privado a consumir más de lo que quiere o a ahorrar menos. ¿Qué puede hacer un gobierno cuando aumenta el desempleo? Desde la escuela neoclásica nos dicen que la respuesta es bajar el coste de los salarios ya que el trabajo sería como cualquier otra mercancía. Si por ejemplo cae la demanda de rábanos en el mercado los productores podrían darles salida tirando los precios. Decimos entonces que la curva de demanda de los rábanos tiene una forma descendente hacia la derecha en el eje de ordenadas: a menor precio mayor cantidad vendida y viceversa. Si creemos que el trabajo es como los rábanos entonces la prescripción para acabar con el desempleo es sencilla: bajar los salarios. Sin embargo, el mercado de trabajo remunerado no es como el de los rábanos. Para la mayoría de las personas los salarios son su principal fuente de ingresos. Bájense los salarios y observaremos una caída en el consumo de los consumidores y en las ventas de las empresas provocando nuevas caídas de empleo. El economista Esteban Cruz y este autor ya explicamos en un artículo anterior la paradoja de los costes. Los ahorros en costes salariales pueden ir acompañados de menores ventas que deterioran la tasa de beneficios de los empresarios y por tanto desaniman el empleo (Cruz & Medina Miltimore, 2016).

El siguiente gráfico, elaborado por el economista Luis Gómez con datos de los ejercicios 2008 a 2014, demuestra que la caída de los salarios, lejos de haber aumentado el empleo tuvo el efecto contrario. Luis Gómez explica que al iniciarse la crisis se desechó primero a los trabajadores ocasionales y jóvenes que eran también los peor pagados. Esto tuvo el efecto aparente de mostrar un crecimiento salarial asociado a un aumento del desempleo. Los economistas neoliberales y la Comisión Europea utilizaron este efecto estadístico para justificar el ataque contra los trabajadores iniciado en 2010. Sin embargo, después de 2010 la caída del empleo fue muy intensa pese a que también cayeron los salarios. La caída de los salarios ha sido inútil para crear empleo.


Las recetas prescritas por el dogma vigente fueron acompañadas en 2010 por un giro incomprensible hacia la austeridad. Desafiando toda la evidencia en contra de la utilidad de fijar unos objetivos de déficit, los dirigentes europeos llegaron a asumir una superstición aberrante, la ‘austeridad expansiva’ que es a la ciencia económica algo así como el hielo ardiente, la sosa cáustica potable o el plomo ligero. Esta doctrina oximorónica afirmaba que un recorte de los gastos públicos liberaría recursos para que el sector privado los empleara de forma más productiva acelerando la recuperación. Esta hipótesis fue introducida por Francesco Giavazzi y Marco Pagano en 1990 en un trabajo que presentaba las reestructuraciones fiscales de Dinamarca e Irlanda en los años 80 como ejemplo (Giavazzi & Pagano, 1990). Los autores, que observaron cómo recortes en el gasto público coincidieron en el tiempo con una recuperación de esas economías, olvidaron tener en cuenta que esos países, relativamente pequeños, consiguieron salir de sus crisis económicas gracias a la expansión de sus exportaciones a otros países europeos que sí aplicaron políticas fiscales expansivas.

La hipótesis fue vendida a los responsables de la UE por Alberto Alesina en un discurso ante la reunión del ECOFIN que tuvo lugar en Madrid en 2010 en Madrid. En esta intervención aseguraba que los «ajustes fiscales, aunque sean grandes, que reducen los déficit presupuestarios, pueden conseguir una reducción relativamente rápida de los coeficientes de deuda sobre el PIB sin causar recesiones». Añadió que « (…) una política fiscal anticíclica basada en incrementos de gasto durante recesiones y aumentos de impuestos para corregir los déficits durante una expansión es probable que sea contraproducente además de implicar un avance inadvertido del tamaño del gobierno cuando éste ya está en torno al 50% del PIB en algunos países europeos. (…) [L]as distorsiones políticas (…) retrasan la reducción de los déficit además de las inevitables ‘demoras de larga duración y variables’ asociadas con la política fiscal en una democracia, que incluso en el caso de las expansiones fiscales hacen que esta herramienta sea torpe para la gestión del ciclo de los negocios» (Alesina, 2010).


A esta perversión doctrinal se añadió el diseño contraproducente de una unión monetaria uno de cuyos puntales, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), imponía un límite al déficit público del 3% sobre el PIB. Este límite podría ser efectivamente excesivo en una situación en la que la economía crece a buen ritmo y empiezan a producirse tensiones inflacionistas. Sin embargo en una situación de recesión lo conveniente puede ser que el déficit público alcance un valor superior a ese guarismo. Forzar una economía a entrar en una senda de reducción de déficit puede ser contraproducente no solo porque dificulte la salida de una situación económica desfavorable profundizando el desempleo sino también porque puede convertir el “objetivo” en uno móvil. Si la política fiscal prudente y razonable fuera aumentar el déficit pero un gobierno decide someterse a los dictados del PEC lo que sucederá casi con total seguridad es que no consiga sus objetivos. El efecto recesivo de tales políticas podría profundizar la caída en la recaudación o provocar caídas en el Producto Interior Bruto (PIB), el denominador de este coeficiente de deuda que nos imponen los Tratados de la Unión Europea, convirtiéndolo en un objetivo móvil que, cuanto más se esfuerza el gobierno en conseguir, más se aleja. Un objetivo de déficit sobre el PIB resulta extremadamente ambiguo e impreciso. De hecho el dato del cociente entre déficit y PIB ni siquiera nos da mucha información acerca del posicionamiento presupuestario del gobierno. Según las circunstancias, un aumento de este coeficiente puede reflejar una política consciente del gobierno por estimular la economía, la entrada en funcionamiento de los estabilizadores automáticos durante una recesión o incluso un posicionamiento fiscal contractivo.

Las finanzas funcionales dictan la fiscalidad responsable

Un gobierno responsable debe encargarse de que las personas que hayan perdido su puesto de trabajo vuelvan a encontrarlo. Depende del estado movilizar esos recursos ociosos gracias a su capacidad fiscal. Para comprender este protagonismo del estado hay que entender antes cuál es la función de la fiscalidad. Al imponer tributos a la población el estado pretende encauzar recursos reales hacia los fines públicos. La forma en que opera este mecanismo es que el estado genera demanda por su moneda al imponer un tributo que los ciudadanos solo pueden pagar con ella. Para conseguir esa moneda hogares y empresas ofrecen sus servicios al estado. Naturalmente esta oferta incluye la oferta de empleo. De esta forma el sector privado obtiene la moneda con la que puede saldar su deuda con el estado.

El sector privado tiene unos objetivos de consumo y ahorro que no necesariamente serán compatibles con comprar toda la oferta disponible de bienes y servicios a la venta. Pero el estado siempre puede comprar la diferencia. Si el estado impone tributos demasiado elevados o no gasta lo suficiente dejará en manos del sector privado una cantidad de dinero insuficiente para saciar sus necesidades de consumo y sus objetivos de ahorro. En estas circunstancias surgirá el desempleo involuntario. Hay personas que quieren dinero del estado y no lo encuentran. Existe pues una demanda por el dinero del estado que no se ha satisfecho y por tanto los agentes económicos no mantendrán un nivel de gasto agregado que adquiera todo lo que está a la venta en la economía. Si existe producción que se queda sin vender el desempleo aumentará. Esa oferta total de bienes y servicios por supuesto incluye la oferta de mano de obra.


Los impuestos son el mecanismo que utiliza el estado para canalizar recursos reales hacia los fines públicos. Si el gasto es insuficiente o los impuestos son demasiado altos la manifestación será el desempleo. Como decía Warren Mosler “¿Qué sentido tiene que el estado no contrate a todos los trabajadores que ha dejado desempleados?”. En una situación de desempleo elevado la única respuesta sensata es que o bien el estado baje los impuestos para dejar mayor poder de compra en poder del sector no gubernamental y aumente su gasto o bien aumente el gasto público para comprar la producción que el sector privado no quiere adquirir. Las políticas tradicionales ponen mayor poder de compra en manos del sector privado confiando en que éste lo destine a crear empleo. Este mecanismo indirecto en el que la política fiscal trata de “cebar la bomba” de la demanda normalmente resulta decepcionante. La forma más directa, eficiente y económica de crear empleo es que el estado contrate a todos aquellos que quieren trabajar y no encuentran empleo en el sector privado mediante un programa de empleo garantizado. Este programa permitiría atender muchos de los múltiples problemas sociales que el estado ahora no atiende de forma adecuada. El desempleo es la prueba de que el déficit fiscal es insuficiente. Es hora de que el estado asuma su responsabilidad en el problema del empleo y aumente el déficit.

Referencias

Alesina, A. (2010). Fiscal adjustments: lessons from recent history. Abril 2010. Discurso ante la reunión del Ecofin de Madrid el 15 de abril de 2010.
Cruz, E., & Medina Miltimore, S. (2016, 02 01). Daños irreversibles: el FMI descubre la paradoja de los costes. Retrieved from Luces Rojas. Info Libre.: http://www.infolibre.es/noticias/luces_rojas/2016/02/01/danos_irreversibles_fmi_descubre_paradoja_los_costes_44074_1121.html
Giavazzi, F., & Pagano, M. (1990). Can Severe Fiscal Contractions Be Expansionary? Tales of Two Small European Countries. NBER Macroeconomics Annual 5, 75–111.