Blog sobre Teoría Monetaria Moderna de Stuart Medina Miltimore
Cita de Roosevelt
"Ningún país, sin importar su riqueza, puede permitirse el derroche de sus recursos humanos. La desmoralización causada por el desempleo masivo es nuestra mayor extravagancia. Moralmente es la mayor amenaza a nuestro orden social" (Franklin Delano Roosevelt)
El vigor, la relevancia y la actualidad de la teoría moderna de la
moneda son cada vez más evidentes. Así lo ponen de manifiesto tres
novedades editoriales en dos idiomas en un mes. ¿Qué otra escuela de
pensamiento puede alardear de este triplete?
Stephanie Kelton, profesora de
la Stony Brook University, asesora económica de Bernie Sanders y
economista de la segunda generación de la TMM, publica The Deficit Myth.
Su abordaje cambia drásticamente nuestra comprensión de cómo podemos
abordar mejor los problemas cruciales que van desde la pobreza y la
desigualdad hasta la creación de empleo, la ampliación de la cobertura
de atención médica, el cambio climático y la construcción de
infraestructura resiliente. Sin embargo, cualquier propuesta ambiciosa
inevitablemente se topa con el rumor de cómo encontrar el dinero para
pagarla, enraizada en los mitos sobre los déficits que nos obstaculizan
como país.
Kelton rompe los mitos que nos impiden tomar medidas: que el gobierno
federal debe presupuestar como si fuera un hogar, que los déficits
dañarán a la próxima generación, que los déficits desplazarán la
inversión privada y socavarán el crecimiento a largo plazo, que los
derechos nos están impulsando hacia una grave crisis fiscal.
La TMM, como muestra Kelton, cambia el terreno de juego de las
preguntas presupuestarias estrechas por otro de beneficios económicos y
sociales más amplios. Con sus nuevas e importantes formas de entender el
dinero, los impuestos y el papel crítico del gasto deficitario, la TMM
redefine cómo usar nuestros recursos de manera responsable para que
podamos maximizar nuestro potencial como sociedad. La TMM nos da el
poder de imaginar una nueva política y una nueva economía y pasar de una
narrativa de escasez a una de oportunidad.
Agustín Mario, profesor de la
Universidad de Moreno, aborda, a partir del estudio de la estrategia
para luchar contra la pobreza en la Argentina durante los gobiernos
kirchneristas entre 2003 y 2015, la idea de colocar al Estado como
Empleador de Última Instancia (ELR, por su sigla en inglés). Su obra Teoría del Dinero Moderno y Empleador de Última Instancia es la primera que se publica en Argentina desde la perspectiva de nuestra escuela de pensamiento económico.
Si bien la literatura económica tradicional ha puesto en duda la
viabilidad económica de un programa de esta naturaleza por su costo
fiscal; y porque aún si se pudiera pagar –o si se financiase mediante un
déficit fiscal-, un programa ELR sería inflacionario; el autor realiza
un minucioso abordaje sobre las fortalezas y debilidades de un programa
de esta naturaleza.
Con sustento en dichos análisis, el profesor MARIO, propone como
alternativa beneficios de una garantía de empleo que podría lograrse a
través de un Programa de Empleador de Última Instancia, brindando un
aporte sustancial, desde el enfoque de la Teoría del Dinero Moderno (MMT
por su sigla en inglés).
Pavlina Tcherneva, profesora asociada de Economía de la Bard College e investigadora del Levy Economics Institute, publica The Case for a Job Guarantee. Aunque aún no está disponible en las librerías, se espera que salga en las próximas semanas.
Una de las ideas más duraderas en economía es que el desempleo es
inevitable y necesario para el buen funcionamiento de la economía. Este
supuesto ha cubierto los devastadores costos sociales y económicos de la
inseguridad laboral. También es falso.
En este libro, la experta de referencia, Pavlina R. Tcherneva, nos
reta a imaginar un mundo donde el fantasma del desempleo se destierre y
cualquiera que busque un trabajo digno y con un salario digno puede
encontrarlo, garantizado. Este es el objetivo de la propuesta de
Garantía de Empleo: proporcionar una oportunidad de empleo voluntario en
el servicio público a cualquiera que lo necesite. Tcherneva enumera las
muchas ventajas de la Garantía de empleo sobre el status quo y propone
un plan para su implementación dentro del contexto más amplio de la
necesidad de un New Deal verde.
Este manual básico es la guía definitiva de los beneficios de una de
las políticas públicas más transformadoras que se discuten hoy. Es una
lectura esencial para todos los ciudadanos y activistas apasionados por
la justicia social y la construcción de una economía más justa.
Desde Red MMT felicitamos a los tres autores. La TMM está de enhorabuena.
No se puede escindir la política monetaria de la política fiscal.
Cuando se intenta, las motivaciones no suelen ser inocentes y las
consecuencias pueden ser desastrosas. Esta esquizofrenia
monetario-fiscal suele ser una estratagema para limitar el poder del
Estado sometiéndolo a instancias no democráticas.
La
moneda es un elemento integral de las relaciones de poder que se
establecen dentro de un Estado pero también en la jerarquía de Estados.
El diseño de los mecanismos de creación y destrucción de moneda tiene
efectos sobre el acceso a la misma y, por tanto, sobre su distribución
en la sociedad.
En el Estado capitalista se concede una licencia a
las entidades bancarias, frecuentemente privadas, para que operen otro
circuito monetario que se apalanca sobre el dinero del Estado. Éste se
inicia con la concesión de crédito, lo cual implica la creación de
depósitos o dinero bancario en el mismo acto, y se cierra con la
amortización de los préstamos. Este mecanismo otorga un inmenso poder a
la clase capitalista pues le permite decidir qué recursos se movilizan y
qué actividades económicas se realizan. Pero al mismo tiempo, el
sistema financiero capitalista genera inestabilidad pues encadena ciclos
especulativos con prolongados períodos de depresión. El Estado
capitalista crea grupos privilegiados con mejor acceso a la moneda para
facilitar el proceso de acumulación.
El Estado, dotado de
soberanía monetaria, puede compensar la inestabilidad del sistema
financiero con una estricta supervisión bancaria y actuando de forma
anticíclica gracias a su capacidad ilimitada de emisión que le permite
pagar los “platos rotos” cuando una burbuja se pincha. Como dice Warren
Mosler, no hay crisis financiera lo suficientemente profunda que no
pueda ser resuelta con un déficit lo suficientemente amplio. Sin el
sustento de las instituciones monetarias y fiscales del Estado
capitalista, el circuito monetario bancario sería mucho más inestable y
quizás inviable. Escindir el circuito monetario-fiscal sirve para
debilitar el control democrático sobre el sistema financiero y acentuar
la inestabilidad financiera.
Solo quien ignora esta naturaleza
dual de nuestro sistema monetario y fiscal podría haber diseñado la
unión monetaria europea. En esencia, la eurozona ha demostrado ser un
torpísimo experimento de esquizofrenia monetario-fiscal que ha socavado
el control democrático y nos ha incapacitado para responder a las crisis
financieras y económicas. No hacía falta más que mirar al continente
africano donde la más antigua unión monetaria, la del franco CFA, ha
sojuzgado a las antiguas colonias francesas condenando a su población a
buscarse un futuro abriéndose las carnes en las concertinas de Ceuta y
Melilla o afrontando una peligrosa travesía en patera.
La pandemia
de la covid-19 y sus secuelas económicas van a exponer en toda su
crudeza la pérdida de soberanía democrática y capacidad de respuesta de
nuestro Estado. El euro nos hará más parecidos a esos Estados fallidos
anclados en el subdesarrollo y menos a esos estados del Norte de Europa
que ansiábamos ser.
La pandemia global ha sido como una bofetada a
toda la sociedad. Todos recordaremos la experiencia de haber vivido
bajo confinamiento durante dos meses; la pérdida de seres queridos; o el
trauma de haber perdido empleos y negocios. La pandemia nos deja un
legado sombrío en lo económico. Como en el mito de Sísifo, cuando ya
creíamos que podríamos superar la tasa de desempleo anterior a la crisis
de 2008, la piedra ha caído rodando hasta el fondo. Tendremos que
empezar a empujar la piedra con una tasa de paro que fácilmente se nos
irá a más del 20%. En España es probable que una de cada tres personas
en edad de trabajar hoy no tenga empleo.
La pandemia ha
reinfectado la herida mal cicatrizada que dejó la crisis de 2008. Es
cierto que otros países van a experimentar una recesión importante que
quizás devenga en gran depresión. Pero pocos serán tan azotados como las
grandes economías del Sur europeo. Las tres penínsulas meridionales se
han convertido en los enfermos de Europa. Desde la anterior crisis
económica, su crecimiento económico ha tenido poco lustre. Las políticas
de austeridad y devaluación interna han erosionado su cohesión social,
han debilitado la capacidad de actuación de sus estados y han cegado
cualquier ruta de desarrollo industrial o económico que no sea la mera
repetición de viejos tropos de un tejido económico obsoleto, productor
de un valor añadido menguante. Altas tasas de desempleo y emigración son
los precios que, sobre todo, están pagando los jóvenes.
No somos
víctimas de ninguna plaga bíblica ni de ninguna tara genética.
Simplemente nos incorporamos a una unión monetaria disfuncional. Nuestro
pecado fue renunciar a nuestros bancos centrales y a nuestra moneda.
Comprometimos así la capacidad de controlar el sistema financiero ya que
carecemos del emisor que podría haber rescatado a nuestros bancos
durante la crisis financiera global. Tras la pandemia volveremos a
comprobar cómo la carencia de soberanía monetaria nos vuelve impotentes
para dar una respuesta adecuada.
La crisis es pues estructural y
se comprende mejor como parte de un proceso secular de concentración del
poder económico en el Norte de Europa. Estamos condenados a
convertirnos en una periferia cada vez más irrelevante. La pandemia es
solo un factor acelerador de este proceso irreversible de decadencia.
Nuestras
élites, apocadas y serviciales con el hegemón europeo, se sienten
incapaces de encontrar dentro de sí mismas las soluciones para impulsar
una respuesta. El armazón institucional europeo es una camisa de fuerza
que no ofrece alternativas. El artículo 135 de la Constitución Española
exige que nuestras cuentas públicas tengan un saldo inferior a un
déficit estructural equivalente al 0,40% del PIB. Resulta bizarra una
exigencia legal que condiciona un saldo contable de las cuentas públicas
a una cifra imaginaria pues ese déficit estructural corresponde al que
nuestra economía tendría teóricamente en una situación de pleno empleo.
El problema es que para calcular este déficit estructural se emplea otro
concepto igualmente inaprehensible llamado tasa “natural” de desempleo.
El bizantino diseño de las reglas fiscales europeas ha trocado
objetivos reales por otros imaginarios: ya no se busca el pleno empleo o
el desarrollo económico sino cuadrar un saldo contable. Este año las
autoridades europeas permitirán un breve paseo por el patio de la cárcel
pero pronto tendremos que retornar a la celda.
Sánchez y sus
ministras no pueden ignorar que su éxito electoral depende de una buena
gestión de la crisis pospandémica. Saben también que necesitan más
fondos para gestionar los escudos sociales y programas de reconstrucción
que evitarían la ruina de este país. Pero sin soberanía monetaria no
podemos crearlos, tenemos que conseguirlos de alguna fuente externa y
eso nos reduce a la posición del mendigo.
Una opción es aplacar al
“dios Mercado” pero será imposible presentar unas cuentas “saneadas”
que haga atractivas nuestras emisiones de deuda pública. De allí el
interés en resucitar los eurobonos, recientemente rebautizados como
‘coronabonos’, que consisten en emisiones mutualizadas de la deuda de
los países del Sur, percibidos como menos solventes, y la deuda de los
países del Norte con cuentas públicas más saneadas. Los países del Norte
se han negado a complacer a Conte y Sánchez. Parece aún más inverosímil
que tal propuesta salga adelante si tenemos en cuenta la reciente
sentencia del Tribunal Constitucional alemán acerca de las operaciones
de compra de deuda por el sistema de bancos centrales europeos. El Norte
quiere nuestros mercados pero no quiere crear mecanismos
redistributivos que hagan sostenible el desequilibrio comercial.
Los
países septentrionales, menos afectados por la covid-19, nos han
ofrecido una propina: unos préstamos del Mecanismo Europeo de
Estabilidad (MEDE). Conviene aclarar que todos los países de la zona
euro contribuyen a los fondos de los que salen los préstamos, incluidos
Italia y España, en función de una clave de reparto. El fondo dotado
para cubrir solo gastos sanitarios derivados de la pandemia asciende a
240 mil millones de euros a los que España aporta en proporción a la
ponderación de su PIB dentro de la eurozona. Se estima que podría
solicitar hasta el equivalente del 2% de su PIB o unos 24.000 millones
€. Teniendo en cuenta que tendremos que aportar el 11,9% de los fondos,
no acierto a ver dónde está el negocio para España, sobre todo si
tenemos en cuenta la condicionalidad que implicarán en el futuro.
Es
cierto que nos han dicho que este año no habría condicionalidad pero no
olvidemos que se firma un memorando de entendimiento con potencias
foráneas. Es probable que el Gobierno de España acepte esta oferta de
rescate que socavará nuestra soberanía en perjuicio del Parlamento que
debería ser la única instancia en la que se acordaran nuestros límites
de gasto público. Recordemos que, en caso de que hubiera que renegociar
condiciones con los acreedores de la deuda pública española, podría ser
el MEDE quien se convirtiera en nuestro representante ante los
acreedores en lugar del Gobierno de España. En todo caso, este
instrumento no empieza a cubrir las necesidades financieras de un
verdadero plan de reconstrucción económica.
La opción más
acertada, dentro del marco de la eurozona, sería recurrir a la facilidad
que ha ofrecido para este año el Banco Central Europeo (BCE) que ha
anunciado que compraría hasta 750 millardos de euros de títulos de deuda
pública. Este programa permitiría colocar las emisiones de deuda
pública española sin muchas dificultades en el mercado primario pues los
operadores sabrían que al día siguiente el BCE estaría dispuesto a
comprar gran parte de ella.
Sin embargo, nuestra democracia
también queda en suspenso si aceptamos esta oferta. En esencia, se nos
dice que nuestros niveles de gasto público y endeudamiento pueden ser
mayores o menores en función de la opinión o el humor de los
responsables del emisor de la zona euro, una entidad independiente de
los Estados. La cuestión no es trivial. La semana pasada el Tribunal
Constitucional de Alemania, en un pronunciamiento de un caso sobre las
competencias del BCE iniciado por conservadores de ese país, exigió al
BCE que justificara su programa de compra de activos. El Constitucional
alemán considera que la respuesta que le dio hace dos años el Tribunal
de Justicia Europeo (TJUE) no era clara y por tanto ha interpelado al
BCE directamente. También han ordenado al Bundesbank que deshaga sus
posiciones en títulos de deuda púbica adquiridas dentro de los programas
de compras de activos del BCE. Son más de 500 mil millones de € cuya
súbita salida al mercado elevaría primas de riesgo y trastocaría los
mercados de deuda. El caso pone de relieve la posición subalterna de
países como España. Los conflictos de competencias que se están
dirimiendo entre el TJUE y el tribunal alemán nos exponen a una crisis
financiera que amenaza la viabilidad de nuestros planes de rescate.
Salir
de la crisis pospandémica requerirá movilizar todos aquellos recursos
que el sector privado, en este momento, no desea o no está en
condiciones de movilizar. Cuando acabe la pandemia seguramente habrá más
de 5 millones de desempleados. Sin duda, el Estado podría movilizar a
una parte de ellos con proyectos que nos permitieran una rápida vuelta a
la normalidad. También podría generar la demanda predecible que
requiere el sector privado invitándolo a participar en proyectos
dirigidos a conseguir una transformación de nuestro modelo energético y
productivo. Para ello solo basta crear dinero, algo que se puede hacer
con un ordenador. El problema es que el Gobierno español no tiene el
teclado.
Las tres soluciones para el reto de financiar un plan de
reconstrucción —coronabonos, MEDE, programa de compras por la emergencia
pandémica del BCE– requieren la aprobación de instancias que no están
sometidas a la soberanía democrática del pueblo español. Todas exigen el
plácet de los mercados financieros, de potencias extranjeras o de un
órgano gobernado por tecnócratas supuestamente independientes.
Bastaría
con tener un banco central propio, un plan de desarrollo ambicioso y la
determinación de llevarlo a cabo para convertir a España en uno de los
más prósperos países del planeta. Pero tal osadía no está en los planes
de nuestro gobierno ni de los partidos políticos.
Hace décadas que
las élites de este país decidieron renunciar a gobernarnos y
prefirieron entregarles a otros la soberanía. Les resultó conveniente
desmantelar el sector público empresarial e iniciar un proceso de
‘modernización’, el eufemismo para referirse a un conjunto de reformas
estructurales que liberalizan los mercados y suprimen derechos de
trabajadores. El proyecto europeo sirvió de meta y justificación de lo
que las élites querían para este país. Eso suponía someter nuestra
política económica a la voluntad de potencias de mayor rango y
conformarse con aceptar un papel subalterno en Europa, integrando
nuestras empresas en las cadenas de valor europeas en escalones
intermedios o bajos. La pérdida de soberanía se completó con la entrega
de nuestra divisa y la renuncia a un banco central propio y se disimuló
con la elección de diputados a un Parlamento europeo que actúa como mero
sancionador de las decisiones que toman los Estados hegemónicos.
La
sociedad española ha pagado un altísimo precio en términos de
bienestar, oportunidades profesionales y desarrollo económico. Las
instituciones europeas no gobiernan en pro del pueblo español sino a
favor de los intereses de las oligarquías capitalistas. La primera gran
recesión de este siglo, con el giro a la austeridad impuesto en 2010
desde Bruselas, Fráncfort, París y Berlín, debió dejar esta realidad
meridianamente clara.
Las élites españolas se han convertido en
los mayorales de la finca germánica. No son capaces de concebir ninguna
solución que no provenga de sus superiores jerárquicos. Para los
políticos españoles las soluciones a nuestros problemas sólo pueden
proceder de una potencia extranjera. La actitud suplicante, las
apelaciones a la solidaridad entre países que comparten un proyecto
europeo, concluyeron con los humillantes comentarios de los holandeses
cuyo primer ministro prefiere contentar a un pueblo que busca en
nosotros el chivo expiatorio para los daños causados por el
neoliberalismo.
El tribunal alemán ha demostrado que su país es
capaz de apretar el detonante de la disolución del euro si interesa a
sus élites. En Alemania se está desarrollando una batalla entre
ultraconservadores hostiles al euro, con creencias erróneas sobre la
función de la política monetaria y mitos arcaicos sobre el ahorro, y
oligarcas exportadores, que conocen que su éxito comercial depende de
seguir explotando los mercados del Sur para lo que necesitan la moneda
común. La batalla sin duda se saldará a favor de éstos, por ahora, y la
moneda común durará mientras estos mercados se puedan seguir explotando.
Pero lo que nunca permitirán las élites alemanas será el desarrollo de
un competidor en el Sur.
Desde la Asociación Red MMT hemos emitido un Manifiesto
con cinco propuestas que serían eficaces para sacarnos del marasmo de
normas fiscales. Su aplicación requiere de un ejercicio de soberanía.
Solo falta la voluntad de erguirse del pueblo español y, sobre todo, de
sus dirigentes.
Uno de los ejercicios más difíciles y recurrentes que hemos observado en las últimas semanas es adivinar el impacto de la pandemia Covid-19
en la economía global y en la de cada uno de los países. Algunas pecan
de optimistas, mientras que otras dibujan un panorama desolador. Hay que
reconocer que el ejercicio es complicado, porque nadie ha vivido algo semejante
y todavía no disponemos de las estimaciones de la contabilidad
nacional. Sin embargo, los indicadores adelantados no son nada
alentadores.
China, que empezó a tomar medidas de reclusión en enero, ha experimentado una caída
en los índices de producción industrial de enero y febrero del 15%, y
otros índices de actividad productiva sugieren caídas no menores al
6-8%. Recordemos que allí solo se cerró completamente una provincia, mientras el resto del país seguía produciendo.
Pero en Europa cada país ha tomado decisiones unilaterales, cerrando casi todos ellos sus fronteras. En pocas semanas, el cierre será total en todo el continente. Para Alemania, Heiner Flassbeck y Friederike Spiecker prevén caídas del 14% en el PIB para este año. En EEUU, distintos bancos de inversión proyectan una caída
del 6% en el primer trimestre y del 24 al 30% en el segundo. Allí, las
solicitudes de prestación de desempleo han llegado a 3,3 millones la
semana pasada.
Para España,tampoco pintan bien las cosas. Los autores de este artículo hemos hecho un ejercicio de estimación a partir del inventario de daños que ya conocemos. El sector de turismo y hostelería está
completamente cerrado, así que esperar caídas en la producción
superiores al 90% por mes de confinamiento no resulta osado. Gran parte
del comercio minorista, excluyendo las ventas de
alimentos, farmacias y estancos, también ha echado la persiana, cegando
el canal minorista de la mayoría de las empresas industriales. No
resulta aventurado estimar caídas de producción del 15% por mes de
cierre. La construcción, otro sector relevante de
nuestra economía, pudo seguir durante dos semanas después de decretado
el estado de alarma y se paralizó esta misma semana. Todos los espectáculos, cines, teatros y recintos deportivos llevan cerrados desde mucho antes. El transporte aéreo está interrumpido y gran pare del transporte terrestre también.
Recurriendo a las tablas 'input-ouput' de la economía española, que
lamentablemente el Instituto Nacional de Estadística no mantiene muy al
día, pues solo disponemos de las de 2016, podemos prever una caída de la producción del
9% en el primer trimestre y superior al 30% en el segundo trimestre. En
términos de PIB a precios corrientes, proyectamos una caída del 8% el
primer trimestre y del 27% si el cierre se prolongara hasta mayo. Véase
en el cuadro 1 la desagregación, desde el lado de la oferta, para los
dos primeros trimestres del año y todo 2020. Hemos ignorado escenarios
peores, tales como un alargamiento del confinamiento hasta junio o un
retorno de la pandemia en otoño. No creemos que el incremento del gasto
sanitario y el mayor consumo de servicios de telecomunicaciones e
informática vayan a compensar estas caídas. Tampoco hemos podido
incorporar el impacto de un comercio exterior, que se ha enfriado, ni el
derrumbe de la inversión.
Cuadro 1.- Estimaciones PIB nominal dos primeros trimestres del año y todo 2020.
Las comparaciones con una guerra no parecen muy
afortunadas. No estamos experimentando una destrucción del capital
físico ni pérdida masiva de personas en edad de trabajar para el tejido
productivo. En el año 1940, John Maynard Keynes publicó
un opúsculo titulado “Cómo pagar la guerra”, donde trataba de responder
al reto de movilizar y redirigir todos los recursos de la economía
británica para el esfuerzo bélico asegurando un mínimo estándar de
bienestar para los hogares. Pero el problema de ahora es el contrario:
cómo desmovilizar prácticamente toda nuestra economía y conseguir que
arranque después del estado de alarma. Cuando pase la pandemia, el capital productivo y la fuerza de trabajo seguirán allí, intactos y esperando a ser movilizados. El que la recesión tenga forma de V, de U o de L dependerá en gran parte de los planes económicos del Gobierno.
Calviño, 'read my lips', TMM, 'there is no alternative'
El problema es que tenemos nuestro primer ministro holandés instalado
en nuestro país desde hace décadas. Son todos aquellos cuyo único
objetivo económico es hacer cumplir los criterios de Maastricht.
Son todos y cada uno de los ministros de Economía con los que ha
contado el Reino de España a lo largo de nuestra democracia, soportados
por las redes de poder que manejan los hilos desde la Restauración. Y
ahora el problema se llama Calviño.
Desde un principio, había una solución óptima para todos.
La hipótesis era muy sencilla, dos meses de confinamiento total, pero
soportando con dinero público las rentas de los trabajadores y los
costes fijos de las empresas. Lo del confinamiento total con permisos retribuidos recuperables
es una broma, es no entender que van a caer miles de empresas porque la
demanda no se desplaza a placer automáticamente. Una alternativa, el modelo danés,
salvar las pymes a toda costa, parafraseando el acertado titular de un
análisis reciente. Se trata de una ayuda directa a las empresas, que
serán las que recibirán la compensación y pagarán las nóminas, sin
ninguna rebaja en el sueldo. En el caso general, el Estado pagará el 75%
del salario y el 25% la empresa, pero con un máximo mensual entre 3.100
y 3.500 euros. Obviamente, aquí esos niveles serán muy inferiores, por
nuestra estructura salarial. Pero topamos con nuestro primer ministro
holandés, todos y cada uno de nuestros ministros de Economía, ahora Calviño.
No, esto no va de coronabonos, porque no va de confianza de los mercados, vía mutualización de la deuda. El Banco Central Europeo
puede hacer lo que quiera con los tipos de interés, con las curvas de
deuda, repito, lo que le dé la gana. Los manuales de 'money and banking'
que se usan en las facultades son inservibles. El dinero es endógeno y
los tipos de interés, cuasi-exógenos. No, esto no va de acudir al
Mecanismo Europeo de Estabilidad para que después nos impongan
condiciones draconianas en términos de salarios y gasto público, que nos
empobrezcan como sociedad. Solo hay una alternativa, la monetización directa,
que es lo que acabarán haciendo las naciones libres con soberanía
monetaria. O la propuesta del BCE. Esta supone un mecanismo tortuoso,
pero tiene el mismo efecto que el de un soberano monetario que puede
disponer de un descubierto en su cuenta del banco central.
El Banco Central Europeo anunció un Programa de Compras para la Emergencia de la Pandemia por importe de 750.000 millones de euros,
sin exigir que los Estados miembros se comprometan a alcanzar el
equilibrio presupuestario, y por lo tanto invitándoles a gastar mucho
más y dejar que sus déficits aumenten. Solo hay una pega a este
mecanismo, y es que el respaldo del BCE debería ser de por vida,
porque si fuera temporal, y en un momento determinado dejaran de darlo,
nuestra deuda sería impagable. Úsenlo, ministras Montero y Calviño,
porque si no el destrozo social, económico y moral de nuestro país será
insoportable. Y nuestras previsiones se quedarán cortas. Si además no
presentan un New Deal para después, la derrota electoral de la izquierda será definitiva y llegará al poder la ultraderecha.
Estamos ante una UE a la que se le ven las costuras de una impostura, de un pretender defender el valor republicano de la fraternidad
pero que a la hora de la verdad defiende la ley del más fuerte, en este
caso Alemania y sus satélites. Es por ello que los países del sur de
Europa deberíamos exigir a la UE que se nos trate no como Estados vasallos
cuyos ciudadanos tienen menos derechos que los del norte sino como
iguales. Y si no resulta así, es nuestro derecho el no aceptar esa
situación de sumisión. Porque entonces significará que la eurozona
en realidad ha sido nada más que un montaje que ha permitido a la
industria exportadora alemana expandirse hasta límites que jamás
hubieran sido posibles si Alemania hubiera permanecido con su propia
moneda, aislada como Estado-nación, y por tanto con unos tipos de cambio
mucho más altos.
Nos preguntamos qué les ocurre a las élites españolas para aceptar tal situación.
Posiblemente, para encontrar la respuesta haya que retroceder hasta
1953, cuando la soberanía nacional se vendió a trozos a cambio de que el
Imperio (los EEUU) permitiera que el dictador muriera en la cama 22
años después. Y a que ese mismo Imperio, temeroso de que la URSS
convirtiera España en un satélite suyo, arbitrara una reforma en que las
estructuras de poder fundamentales pervivieran y a cambio se
estableciera una democracia limitada, con una izquierda totalmente
domesticada, una derecha genuflexa y unos medios de comunicación en su
inmensa mayoría al servicio del 'statu quo'. Unas élites que venden a
los ciudadanos españoles al mejor postor a cambio de asegurar sus
privilegios.
Cuarenta y cinco años después de la muerte del
dictador, y tras el batacazo inmenso de 2007-2013, nos hemos chocado con
los problemas que ocasiona una democracia limitada, corrupta y
dirigida por intereses bastardos ajenos al bien común. Esperemos que si
algo bueno puede salir de esta tragedia que hemos empezado a vivir sea
el que nos podamos sacudir de una vez las cadenas, romper con esta
excrecencia del Antiguo Régimen que es en realidad el Régimen del 78, y
ser capaces de emprender una nueva era de democracia plena y al servicio de todos.
Nuestros oponentes suelen caricaturizar la Teoría Moderna de la Moneda con la imagen de que queremos imprimir billetes y reproches de que causaríamos una hiperinflación. Es un tropo cansino que delata una pobre comprensión tanto de la TMM como de los fenómenos de hiperinflación. Se suelen acompañar estas críticas infantiles con referencias inevitables a Venezuela, Weimar, Zimbabue o cualquier otra economía disfuncional con tejidos productivos destrozados y políticas de anclaje de la moneda a la divisa de potencias extranjeras y emisiones de deuda en dólares u otra divisa de reserva internacional que estos países no emiten.
La TMM no tiene nada que ver con eso. Nuestra preocupación no es imprimir billetes sino ilustrar la capacidad que tiene el monopolista de la divisa para gestionar una situación de crisis, capacidad intencionadamente capada por el neoliberalismo.
Curiosamente ahora es cuando es más necesaria una comprensión de la TMM porque observamos en nuestras economías fenómenos que podrían desencadenar un fenómeno inflacionista. Siempre hemos dicho que en la raíz de todo fenómeno hiperinflación hay un colapso previo de la producción.Pues bien, este momento es ahora. Por culpa del COVID-19 la producción está detenida o reducida en muchos países. En este momento una cuarta parte de los trabajadores españoles está en su casa sin producir. Según la estadística que publicó anteayer el INE, había 832.000 trabajadores menos, más de 300.000 nuevos demandantes de empleo (cifra promedio de marzo que no refleja el impacto pleno del descalabro de la segunda mitad del mes). Se habían reconocido 600.000 bajas temporales o reducciones de jornada y por lo visto hay unas 2 millones de bajas solicitadas en ERTE que aun no han sido tramitadas. En un ejercicio de simulación reciente utilizando tablas input-outpu (que explicaré en otro post) he previsto una caída de la producción para este trimestre superior al 35%. Salvando algunas tensiones en algunos productos básicos, material sanitario y servicios funerarios, hasta ahora no se han observado grandes tensiones inflacionistas. Además el precio del petróleo se ha hundido recientemente por un exceso de oferta y la caída de la demanda en muchos mercados. El hecho de que los hogares no puedan gastar más que en lo básico -la gente está encerrada en sus casas y muchos comercios han echado la persiana- y que las rentas de muchos se hayan hundido explica que no se observen tensiones inflacionistas. Además la capacidad de negociar subidas salariales de los trabajadores es mínima.
Sin embargo, hay muchas presiones para que se den rentas mínimas a las víctimas de la pandemia. Esto, durante el período que dure el confinamiento es de justicia. Pero, si se continuaran pagando después del estado de alarma podría ser un factor inflacionista.
Desde la TMM hemos explicado que el valor de la moneda queda determinado por aquello que tienes que sacrificar para conseguir una unidad monetaria adicional. (Obviamente para Florentino Pérez y otras personas cercanas al poder ese sacrifico es bajo mientras que para un mendigo ese valor empieza a aproximarse al infinito. Pero éste es otro debate sobre la igualdad que ahora no quiero abordar).Una renta mínima inyecta dinero en la economía pero, a cambio, el perceptor no entrega ningún servicio o producto. Por eso tiene el potencial de ser inflacionista. Si no tienes que entregar nada a cambio de conseguir una unidad monetaria su valor empieza a aproximarse a 0.
Obviamente, mientras el número de perceptores sea una fracción de la población y haya un excedente de producción importante no hay por qué preocuparse. El sistema de pensiones públicas para personas jubiladas o incapacitadas que no pueden o no deben trabajar es un buen ejemplo. En este caso la entrega de una renta es un sistema de redistribución de un excedente productivo que no es inflacionista porque existe suficiente producción y el número de perceptores no detrae de la fuerza de trabajo disponible. De hecho, nuestra economía es tan productiva que apencas se ha notado que una cuarta parte de la fuerza de trabajo esté encerrada en su casa sin producir lo cual demuestra que una gran parte de las tareas a las que nos obliga el sistema capitalista de plan central son prescindibles. (Cuando pase la pandemia tendríamos que repensar el tiempo que dedicamos al trabajo).
Pero si salímos de ésta situación con 2 ó 3 millones de parados percibiendo una renta mínima y no conseguimos que la economía arranque y se ponga a producir entonces sí que podríamos tener un problema.
Desde la TMM llevamos pidiendo un plan potente de recuperación de nuestra economía desde hace dos semanas. Hemos pedido planes de empleo garantizado por ejemplo para dar cobertura al sistema sanitario: fabricar mascarillas, respiradores, etc. Mejor que importar ese material, ya que tenemos capacidad productiva ociosa, con inversiones públicas directas si fuere necesario. Si ahora hay tensiones inflacionistas es en determinados sectores como el sector sanitario o el funerario. Hoy leía que las temporeras marroquíes no podían llegar a los campos de fresa de Huelva lo cual podría encarecer ese producto temporalmente. Son shocks de oferta y demanda de corta duración que no entrarían en la definición de inflación (una depreciación constante en el tiempo del valor de la moneda). Pero sí se pueden atender estos cuellos de botella con iniciativas desde el Estado sin excluir una participación del sector privado pero con un claro liderazgo público.
Para después de la pandemia hemos planteado la necesidad de un programa de compras e inversión pública ( no avales y mandangas similares) para generar una demanda que reactive la economía con rapidez. La
crisis ha revelado carencias graves en la capacidad de nuestro sistema
sanitario. Tenemos que ampliar su capacidad para que esté bien dimensionado para cualquier urgencia sanitaria del futuro. La crisis del COVID-19 ha revelado que un sistema de salud pública debe contar con sistemas redundantes del mismo modo que los ingenieros saben que un avión debe tenerlos para que sea seguro. Incluso habría que plantear la necesidad de nacionalizar algún sector estratégico que no sea viable financieramente tras esta crisis.
Venimos reclamando una política industrial desde hace una década para que la economía española dependa menos de sectores estacionales, creadores de empleo temporal y muy cíclicos ( turismo, construcción, economía de contenedores). España optó por un camino equivocado en los años 80: entrar en la Comunidad Económica Europea aceptando el desmantelamiento de su industria a cambio de dádivas de los europeos del Norte que así se apropiaban de las cuotas de mercado de nuestro sector empresarial. He explicado en otros posts (aquí por ejemplo) que Corea del Sur, un país de tamaño similar al nuestro, optó por un modelo basado en políticas industriales mucho más exitoso.
El peor escenario es una economía parada, empresas que no contratan ni producen y personas desempleadas cobrando una renta mínima gastando en productos que nadie fabrica.Creo que es un escenario improbable y que no habrá hiperinflación porque el tejido productivo seguirá intacto y las personas también. Es cuestión de poner en marcha ese aparato productivo. Un fenómeno de hiperinflación es más probable tras un conflicto bélico. Pero no descartaría alguna tensión inflacionista. Ahora bien, el miedo a la inflación no debe utilizarse como excusa para dejar tirada a la gente. Lo que exigimos es que se asegure una renta incondicional durante la pandemia para que nadie se quede tirado ahora. Y un buen plan para poner en marcha la economía sabiendo que el turismo saldrá muy tocado.
Para después de la pandemia hemos
pedido un plan de trabajo garantizado. ¿Para qué? Para que la economía
se ponga a producir rápidamente servicios que puedan ser útiles para la
sociedad y la gente tenga una renta para gastar. Y para tener un potente
instrumento anticíclico en el futuro. El
trabajo garantizado sería un puente a una actividad en el sector
privado cuando éste se ponga en marcha otra vez. Se podrían priorizar
servicios cuyo funcionamiento quedó interrumpido por el COVID19 y tengan
dificultades para regresar a la normalidad. A largo plazo nos gustaría que el Gobierno desarrollara un plan quinquenal para superar la dependencia patológica de un sector tan frágil como el turismo y mejorar la robustez de nuestra economía; con inversiones públicas, si fuere menester.
Espero haberos convencido que la máquina de imprimir billetes y el helicóptero monetario no son las propuestas de la TMM sino la preocupación por la economía productiva real. Los que decís que la TMM es imprimir billetes estáis equivocados. La TMM aporta una óptica para analizar fenómenos como la crisis actual, identificar dónde están los problemas y saber dónde poner las prioridades.
Esto es la antítesis del pensamiento económico convencional -neokeynesianos, neoclásicos de diverso pelaje y austríacos- que está desbordado y superado desde la crisis de 2008 y ahora está cortocircuitado. Había desechado la política fiscal y confiaba sólo en la política monetaria. Era un martillo para el cual todo era clavo. Su única propuesta era llevar los tipos de interés o incluso hacerlos negativos y, cuando se metieron en su trampa de liquidez, empezar a comprar activos desde el banco central. De seguir así acabarán comprando toda la deuda pública y nacionalizando todas las grandes empresas, un escenario que no me molesta demasiado pero parece una forma de proceder bastante disfuncionla que demuestra la indutilidad de esos paradigmas.
La TMM, en contraste, pone el énfasis en la política fiscal.La diferencia entre la TMM y el mainstream está muy clara.
Para el mainstream la principal recomendación política es que el Estado esté secuestrado por una mañana de normas institucionales autoimpuestas (la regla de gasto, los límtes de deuda y déficit, los bancos centrales independientes, las agencias independientes de responsabilidad fiscal y otras semejantes) para que gaste menos de lo necesario cuando les va bien; un chorreo de dinero cuando les va mal (por ejemplo para rescatar bancos). Desde la TMM proponemos otras políticas: pensamos en qué necesitamos hacer, analizamos qué recursos reales existen disponibles existen y, luego, gastamos lo que sea necesario para conseguirlo.
Vamos a analizar uno de los textos más desafortunados que he encontrado hoy en la prensa económica. Me refiero a este artículo titulado "El déficit se disparará este ejercicio tras cerrar con su primera subida en seis años" publicado en el Diario Cinco Días, perteneciente al Grupo PRISA, que es prototípico de la ideología que se le trata de meter a la gente en la cabeza desde el dogma vigente.
La doctrina vigente está tan implantada gracias a un intenso lavado de cerebros que seguramente el mismo periodista escribió esta basura sin necesidad de pensarlo mucho. Le bastó tirar del listado de tropos que suele utilizar cuando habla de las cuentas públicas y seguramente pudo escribirlo en los 20 minutos que le daban en la redacción. La ventaja del adoctrinamiento en la fe verdadera es que puedes actuar de forma recta sin pensar demasiado.
El artículo presenta un dato económico -el déficit de las administraciones públicas, que el año 2019 alcanzó el portentoso valor de -2,64% en porcentaje del PIB- adornándolo de juicios de valor erróneos. El autor, perteneciente a ese colectivo de periodistas que no suele morder la mano que le da de comer, aprovecha la ocasión para arrear al gobierno actual que no debe de ser del agrado de los accionistas de Cinco Días.
El artículo delata el marco ideológico neoliberal en el que se encuadra el autor ya desde el titular. El déficit está "disparado", es decir, quiere que interpremos que es una variable cuyo control se le ha escapado al gobierno pero hay que tratar de que vuelva al redil. Una valoración más neutral habría sopesado el efecto positivo para la economía del tirón sobre la demanda que ejerce el déficit público. Pero ese relato no le conviene al dogma vigente. El déficit es un animal difícil de domesticar pero hay que conseguir que sea 0 permanentemente aunque ningún Estado lo haya conseguido en la Historia de la humanidad. En Alemania un Ministerio de Hacienda estatal elevó en su sede un monumento al "schwarze null", el cero negro, expresando el deseo de no entrar nunca en números rojos. Esto revela hasta qué punto una mera magnitud contable se ha sacralizado en la mentalidad de los dirigentes europeos.
Sin muchos preámbulos el periodista se refiere a continuación al "agujero fiscal". Se trata de describir el déficit como una carencia, algo que hay que rellenar. Pues bien, desde el punto de vista de la teoría moderna de la moneda (TMM) esa cifra lo que ha hecho es ayudar a que menos personas tuviesen un agujero en su bolsillo. El mal llamado déficit es en realidad el superávit de gasto público: la diferencia entre el dinero que ha inyectado el gobierno en los bolsillos de la gente y lo que les ha extraído vía impuestos. Resulta que un Estado no es un hogar. A diferencia de los mortales, que tenemos que conseguir euros antes de gastarlos, el Estado es cocreador, junto con el resto de los 19 estados miembros de la mal parida unión monetaria europea, de la moneda llamada insípidamente euro que utilizamos los demás y que necesitamos conseguir del Estado para pagar los impuestos.
En la misma frase aprovecha para decir que el déficit este año llegaría al 6%. Pues bien, considero que se equivoca y que es posible que llegue al 9% ó 10%. ¿Algo que deba preocuparnos? No necesariamente si el Banco Central Europeo cumple la función para la que sirven los bancos centrales aunque Christine Lagarde parece que aún no se ha enterado de cuál es ésa. Añadiré que ese déficit tiene que ser cuan alto sea necesario para recuperar el ritmo normal de nuestra economía después del parón inducido por la pandemia y no entrar en una gran depresión a continuación.
Fíjense en que, a continuación, en un ejercicio de falsificación consistente en facilitar información incompleta, nos suelta este gráfico.
Pues bien, yo mismo publiqué ayer un gráfico muy parecido, pero el mío recoge todos los datos que facilitó el Instituto Nacional de Estadística y -¡Oh, desdichada casualidad!- se le olvidó al periodista incluir en la infografía. Las barras rojas son las mismas pero yo añadí el dato también relevante de la capacidad de financiación que consiguió el año pasado el sector privado (hogares y empresas, es decir, todos nosotros). Eso es más dinero para amortizar préstamos, cubrir algún agujero, reparar algún balance de empresa en dificultades.
También se le olvidó incluir al sector exterior. Si lo hubiese hecho se habría dado cuenta de que el ahorro del sector privado fue idéntico, hasta el céntimo, al desahorro del sector exterior y al superávit de gasto público del Estado. Bienvenido a un concepto que no le enseñaron en la facultad: la identidad de los balances sectoriales. No por casualidad, si dibujas el gráfico completo, éste resulta ser simétrico. El superávit de gasto público es el tapón de los agujeros del sector privado.
Identidad de balances sectoriales desde 1999. Elaboración propia a partir de datos que publica el INE
Me gustaría saber si el periodista hubiera preferido quedarse en el paro el año 2019 o que le hubiesen reducido la jornada. Me pregunto si el Diario Cinco Días consideraría la posibilidad de renunciar a toda la publicidad institucional que recibe de las administraciones públicas. También le sugiero al periodista la posibilidad de que done su sueldo íntegro al Estado dado que el déficit público (superávit de gasto público) le quita el sueño de esta manera.
A continuación asevera que
"2019 no solo fue un año perdido en términos de reducción del déficit, como se temía el Banco de España".
¡Vaya por Dios! Parecería que hubise habido una mala cosecha de medidas de austeridad. Habrá que infligir más miseria en la población en 2020; menos mal que ayuda la pandemia para que esto siga siendo un lacrimarum vallis. Se ve que este gobierno no hace caso de ese guardián de las esencias neoliberales, el Banco de España. Habría que atender a las ocurrencias de su gobernador quien, desde que le dieron sus funciones al Banco Central Europeo, supongo que necesita ocuparse reconvirtiendo la entidad en think tank neolibeal.
El escándalo no decrece en el siguiente párrafo pues,
"lejos de acercarse a su objetivo de cerrar el año en el entorno del 2%, el Gobierno se alejó de él".
Deben de ser unos incompetentes, ¡mira que no poder alcanzar un simple objetivo de déficit! El problema es que, dentro del propio Gobierno las ministras Montero y Calviño también duermen mal por su bajo rendimiento. Tranquilas. Es normal. Los saldos de las cuentas públicas no pueden ser un objetivo. El superávit de gasto público es el resultado de las políticas que aseguran otros objetivos más valiososos que un mero guarismo contable. Felicítense por haber ayudado a que familias y empresas tengan un mejor resultado este año. Ministra Calviño, abandone ese rictus de rigor franciscano y celebre que más familias vivan mejor gracias a sus pequeños fracasos. Ministra Montero, olvídese de las tijeras por este año. Nadie las recordará en 2030 por ser las ministras que no alcanzaron su objetivo de déficit de 2019 y sí por no haber sabido proponer un plan de recuperación potente con aumentos significativos del déficit público en 2020. Esto no son las Austerity Olympics. Al fin y al cabo si a la gente no le sale del nabo gastar más o contratar más personal será imposible que sus impuestos recauden más.
En el siguiente párrafo el periodista se adentra en las razones de este "fracaso". Para empezar
"un año de parálisis política en el que la prórroga presupuestaria de las cuentas de 2018 se complementó con el fuerte gasto social que acompañó a los llamados viernes sociales".
Pues sí, hemos tenido que vivir con los presupuestos prorrogados del Gobierno de Mariano y resulta que las ministras han tenido que reprimir sus ansias por meter las tijeras que tanto le gustan a las personas de mentalidad franciscana. Es más, se han aprobado pecaminosas medidas que ayudaban algo a las personas más necesitadas. Esas medidas tan soeces se detallan en el siguiente párrafo:
"Las elecciones generales del 28 de abril" -¡Pecadores! Seguro que lo hicieron para ganar las elecciones- "el Ejecutivo había elevado el gasto en pensiones y sueldos públicos; ampliado el permiso de paternidad de cinco a ocho semanas (con la idea de alcanzar 12 progresivamente); había regularizado las cotizaciones de los cuidadores de dependientes; había tomado medidas en el alquiler; impulsado la igualdad de género en las empresas o la regularización de los horarios laborales, con un coste de al menos 1.100 millones de euros para la Seguridad Social."
Todo ello bastante horrible para la gente. ¡Cuánto mejor habríamos estado con medidas que siguieran empobreciendo a la gente. Así, los patronos que emplean a los periodistas del Grupo PRISA pueden seguir ofreciendo condiciones laborales de mierda a personas desesperadas.
Se ve que a esta orgía de gasto desenfrenada ha contribuido un aumento "inaudito" del Salario Mínimo Interprofesional. Llegados a este punto, sinceramente, le deseo al periodista, a sus jefes y a todo el consejo de administración que ganen el SMI, pero no el actual, el de antes. Estos dispendios inaceptables -probables causantes de una hiperinflación y pérdida de competitividad que estarán al caer cualquier día de este siglo- se ve que no habrían sido compensados por el correspondiente aumento de latigazos, perdón, impuestos.
Pero el mundo está lleno de pecadores. El espartano periodista apunta con un tembloroso dedo acusador a otros viciosos del gasto público:
"en esta ecuación también jugaron en contra los excesos de gasto en los que incurrieron las comunidades autónomas, en año electoral por la cita del 26 de mayo."
Menos mal que desde la prensa económica hay personas virtuosas que nos señalan el recto camino de la pobreza y el martirio. Supongo que en el tono fustigante debe influir que estamos en Cuaresma.
El artículo de Cinco Días es un ejemplo acabado del periodismo basura que predomina en nuestra sociedad contemporánea, razón por la que ya hace varios años que me niego a comprar los diarios en papel o pagar una suscripción online a estos catecismos. Por eso prefiero remitirme a las fuentes estadísticas para estudiar la economía. Les aconsejo que hagan lo mismo.
Por Juan Laborda, Juan Carlos Barba y Stuart Medina
La historia de la humanidad demuestra que los únicos límites a los
que se enfrenta el ser humano son de índole física, matemática y/o
biológica. Sin embargo, las distintas estructuras de poder con que se ha
ido dotando a lo largo de la historia han acabado resultando efímeras,
perfectamente sustituibles, llegado el caso, por otras que permitan
afrontar mejor problemas aparentemente irresolubles. La política económica que necesitamos para hacer frente a las adversidades que se derivan del coronavirus Covid-19
requiere de una implosión controlada del actual sistema de gobernanza,
diseñado bajo una arquitectura que no está preparada para hacer frente
los 'shocks' económicos que se avecinan. Los políticos occidentales,
especialmente los europeos, deben decidir cómo quieren pasar a la
historia en la resolución de la recesión que se avecina, o como Herbert Clark Hoover, o, esperemos, por el bien de todos, como Franklin Delano Roosevelt.
El brote de coronavirus va a poner de relieve la interdependencia entre la demanda y la oferta
de la economía, generando una serie de 'shocks' distintos de los que
estamos acostumbrados, y ante los cuales la política económica actual no
sirve. Por un lado, el Covid-19 está generando un 'shock' de oferta, al dejar las empresas de producir porque su fuerza de trabajo está en cuarentena
y no llegan algunos insumos clave. Este choque desde el lado de la
producción tendrá un impacto muy negativo en la demanda, ya que los
trabajadores despedidos perderán ingresos y reducirán, en consecuencia, sus gastos.
Pero, además, el coronavirus activa un segundo choque de demanda
separado. El temor y la incertidumbre que está inoculando la pandemia
harán que los consumidores alteren sus patrones de gasto con
bastante rapidez. Ante estos 'shocks', la tarea de diseñar una
respuesta de política económica es bastante más compleja y apasionante.
La concesión de avales para créditos y préstamos,
o la política monetaria no son la respuesta. Las empresas no pedirán
prestado si sus mercados se están colapsando. Los consumidores no podrán
aprovechar la existencia de tipos de interés más bajos si están
perdiendo sus empleos. Un tipo de cambio más bajo y una mayor
competitividad internacional no superarán la caída del gasto si la
crisis es generalizada. Si las empresas y las familias no pueden gastar,
y si el resto del mundo tampoco, usando la identidad de las balanzas
sectoriales de Wynne Godley, solo el sector público tendrá la llave. El quid de la cuestión es cómo hacerlo, porque si no se hace adecuadamente, se corre el riesgo de generar un deterioro en el balance de empresas y familias que acabe transformando la recesión del Covid-19 en una gran depresión.
Es la hora del Tesoro y de Hacienda
Algunos se preguntarán si el pasado lunes Pedro Sánchez no nos recordó demasiado a Hoover. Pero aún está a tiempo de proponernos otra propuesta que seguramente debería llevar el déficit público
muy por encima de los límites del 3% recogidos en los tratados
europeos. Nuestros gobernantes deberían aprestarse para gestionar una economía de guerra.
El hundimiento de amplios sectores de nuestra economía como
consecuencia de los cierres decretados —como, por ejemplo, el turismo o
la hostelería, la aviación o el industrial, cuyos canales de
distribución minoristas están cerrados desde hace una semana— obligará
al Estado a una masiva transferencia de rentas a los hogares y a empresas, especialmente pymes.
La necesidad de desarrollar la capacidad de respuesta de nuestro sector sanitario obligará, también, a transformar la actividad de muchas empresas
—por ejemplo, para fabricar respiradores o kits de detección del
virus—, algo que no es viable sin la financiación o la demanda del
Gobierno. Incluso, una vez levantado el confinamiento, los daños
económicos serán tan cuantiosos que el Gobierno tendrá que plantearse un
gran programa de reconstrucción, así como la nacionalización de algunas empresas
—Iberia entre ellas—, incluida la creación de una corporación pública
para la recapitalización de las compañías con problemas, seguramente
algún posible banco privado. Obviamente, olvídense de la regla de gasto
aprobada recientemente por el Congreso de los Diputados, y, si me
apuran, cuando acabe la pandemia, por vía de urgencia, la primera
decisión de las Cortes debería ser abolir la Ley Orgánica de Estabilidad
Presupuesta y Sostenibilidad Financiera, y revertir la reforma
constitucional del artículo 135.
Muchos de ustedes estarán sin duda cuestionándose: ¿de dónde sacaremos el dinero para financiar este déficit?
Para un Estado que dispone de soberanía monetaria, la respuesta es
trivial: el Tesoro daría una orden de transferencia al banco central,
quien simplemente realizaría un apunte contable cargando en la cuenta
que tiene el Tesoro en el banco central, y abonando en las cuentas que
mantienen los bancos comerciales en el mismo banco central, que es donde
las familias y empresas, beneficiarios últimos de la inyección de
dinero, mantienen sus depósitos. Para esta operación solo hace falta
utilizar un ordenador.
Lamentablemente, no tenemos soberanía monetaria
y además hemos encadenado nuestro sistema fiscal y monetario con
numerosas restricciones institucionales. No disponemos de un banco
central porque renunciamos a él cuando entramos en el euro. Las normas
de los tratados europeos prohíben que el Tesoro abra descubiertos en su
cuenta del banco central. Por ese motivo, el Tesoro está obligado a emitir deuda pública por importe aproximadamente equivalente al déficit público.