Cita de Roosevelt

"Ningún país, sin importar su riqueza, puede permitirse el derroche de sus recursos humanos. La desmoralización causada por el desempleo masivo es nuestra mayor extravagancia. Moralmente es la mayor amenaza a nuestro orden social" (Franklin Delano Roosevelt)

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lunes, 16 de enero de 2023

NOVEDAD EDITORIAL: Modern Monetary Theory. Key Insights, Leading Thinkers



 Esta obra colectiva proporciona una descripción actualizada de la Teoría Monetaria Moderna (TMM) con contribuciones de los principales expertos del mundo. La edición ha sido coordinada por Randall Wray, profesor de economía del Levy Institute; Phil Amstrong, profesor de York College; y las fundadoras de la Gower Initiative de Modern Money Studies (GIMMS) Sara Holland, Claire Jackson-Prior, Prue Plumridge, Founder y Neil Wilson. Cada capítulo ofrece nuevos conocimientos sobre el tema, basándose en el cuerpo de trabajo establecido por la TMM. Este libro innovador analiza problemas económicos clave de un amplio conjunto de regiones, incluidos el Reino Unido, Europa y el Sur Global, y aborda una antigua preocupación de que la TMMT estaba demasiado centrada en los EE. UU.

Junto con investigaciones innovadoras escritas por los desarrolladores originales de la TMM y destacados académicos, el libro también incluye contribuciones de historiadores económicos y activistas de políticas públicas, que destacan cómo la TMM contribuye a desafiar el neoliberalismo y la hegemonía de la macroeconomía convencional. Ofrece un examen del marco legal, institucional y de políticas existente que rige el Tesoro del Reino Unido en particular y examina cómo los asertos centrales de TMM se relacionan con las actividades financieras del gobierno del Reino Unido. Además incluye un capítulo en el que Stuart Medina Miltimore y Bill Mitchell analizan la unión monetaria europea y las causas y consecuencias del Brexit.

Esta será una lectura clave para los estudiantes de economía de pregrado y posgrado, así como para los académicos más avanzados de la disciplina, en particular para aquellos que investigan las teorías de las finanzas, el dinero y la banca. También tendrá un atractivo más amplio en las ciencias sociales, incluidos los estudiantes de política y sociología.

Enlace a la editorial para la compra del libro.

sábado, 18 de abril de 2015

La Garantía de Empleo

Publiqué una versión abreviada de este artículo en InfoLibre.

Tan pronto como tengamos un ambiente de hacer cosas, que sustituya al de negación asfixiante, los sesos de todos se pondrán a trabajar y surgirán masas pidiendo que les prestemos atención, cuyo carácter preciso es imposible determinar por adelantado. (John Maynard Keynes).

Dame estímulos

Como hemos dicho antes, los gobiernos han utilizado políticas de estímulo fiscal para crear empleo, ora de forma consciente, ora involuntariamente mediante los llamados “estabilizadores automáticos”. Una de las objeciones a las políticas de estímulo de la demanda de tipo keynesiano es que, cuando se produce un ciclo al alza, las empresas “descreman” el mercado de trabajo: empiezan a contratar a aquéllos trabajadores más productivos. Solamente cuando comienzan a subir los salarios los empleadores recurren a trabajadores menos productivos, normalmente aquéllos que tienen menos formación y experiencia. Lamentablemente, en cuanto se aprecian tensiones inflacionistas, suele suceder que los gobiernos retiran los estímulos, reducen el gasto público y aumentan los tipos de interés prematuramente. La consecuencia es que las expectativas económicas de los agentes se retraen, cae la inversión y, con poca demora, le sigue el empleo. Por eso muchos parados en países como España no llegan ni siquiera a incorporarse al mercado de trabajo. Normalmente son los más pobres y menos preparados los que más tardan en incorporarse al mercado de trabajo y los primeros en ser expulsados de él. Este fenómeno explica la formación y perpetuación de bolsas de exclusión social y pobreza.

Los principios de la hacienda funcional

El economista Abba Lerner desarrolló la teoría de la hacienda funcional (functional finance). Su postulado fundamental es que el gobierno debe someter sus necesidades de financiación a determinados objetivos tales como el pleno empleo y, por tanto, no preocuparse por el déficit o la deuda pública. La primera regla de la política fiscal sería que el gobierno mantuviera el nivel de demanda a un nivel razonable de forma constante. Si gasta demasiado poco se producirá desempleo. La cuestión es que, si hay desempleo, el estado tiene herramientas para corregir esta situación. Una tasa de desempleo elevada no es una maldición bíblica sino una decisión política.

No es realista confiar en que los mercados vayan a resolver motu proprio el problema de desempleo porque su objeto social no es crear empleo sino maximizar el beneficio y, para ello, es conveniente crear organizaciones livianas, sobre todo cuando hay incertidumbre sobre el futuro. Frente a las estrategias keynesianas de cebar la bomba de la demanda, los economistas postkeynesianos, como Randall Wray, Dimitri Papadimitriou o Jan Kregel, proponen que el estado contrate directamente a los trabajadores que no quiere el sector privado. Al estado no le guía el objetivo de maximizar el beneficio y, por tanto, puede permitirse ejecutar proyectos cuyo objetivo sea maximizar el empleo. Por tanto estos economistas postulan la institución de programas de Empleo de Último Recurso (EUR) o Garantía de Empleo (GE) en los que el estado ofrezca un puesto de trabajo a todo aquél dispuesto y capacitado para trabajar. Es primordial recalcar que se trata de un programa de participación voluntaria y que las condiciones legales serían las mismas que las de cualquier otro trabajador.

Reserva de estabilización

También es importante apreciar que un objetivo de este tipo de programas es llevar la economía al pleno empleo sin generar tensiones inflacionistas. No es por casualidad que uno de los mayores proponentes de esta medida sea el Centro para el Pleno Empleo y Estabilidad de Precios, y subrayo estabilidad de precios, de la Universidad de Missouri Kansas City (http://www.cfeps.org/ ).
La razón es que el jornal ofrecido por el estado se fijará y se mantendrá relativamente constante, revisándose gradualmente al alza de forma acompasada al crecimiento de la productividad. Esto tiene la ventaja de que se impone un suelo a los salarios lo cual evita entrar en espirales deflacionistas. En cierto sentido el estado actuará como un operador del mercado que mantiene una reserva de estabilización, del mismo modo que otros mantienen stocks de petróleo u otras materias primas para asegurar la estabilidad de precios. Otra analogía es el papel de los bancos centrales, los cuales inyectan o absorben excedentes de reservas del sistema bancario estabilizando de esa manera los tipos de interés, la oferta monetaria y el tipo de cambio. El programa de GE, por tanto, absorbería los excedentes de mano de obra durante períodos recesivos. En momentos de recuperación de la demanda, el sector privado podría contratar trabajadores de la reserva del estado. El estado no pondría obstáculos a la salida voluntaria de trabajadores de su programa de GE. A los empresarios les bastaría con ofrecer un jornal que igualara o estuviera por encima del que ofrece el estado. De algún modo un programa de GE equivaldría a conseguir un NAIRU con desempleo cero.

Rescatar a los de abajo y no esperar a que caigan las migajas

Cuando se producen los períodos de recuperación económica se suele observar un retardo en la eliminación de las bolsas de desempleo. De hecho las empresas empiezan contratando a los trabajadores más preparados y productivos. Esto implica que muchos trabajadores seguirán desempleados incluso en épocas de bonanza. Pensemos en la propia economía española. Al ritmo de creación de empleo actual es improbable que recuperemos las tasas de empleo anteriores a la crisis hasta el año 2020. Muchos trabajadores llevan ya varios años en paro y además han agotado las prestaciones de desempleo. ¿Podemos permitirnos que éstos esperen cinco años más para conseguir un empleo? Entretanto es posible que muchos caigan en situaciones de exclusión social irreversible y, desde luego, muchos no volverán a trabajar nunca más. Los jóvenes actuales serán una generación perdida. Sin embargo, las políticas clásicas se conforman con esperar a que, eventualmente, los beneficios de la recuperación económica lleguen a los de abajo. Es probable que, si empiezan a darse tensiones inflacionistas en Alemania, el BCE empiece a subir los tipos de interés y que el proceso de creación de empleo en España se interrumpa prematuramente, mucho antes de llegar al pleno empleo.

El programa de GE es una alternativa a los seguros de desempleo que pagan al trabajador por no hacer nada mientras busca otro empleo. Es conocido que las situaciones de desempleo prolongado conllevan una “descapitalización” del trabajador porque pierde habilidades que solo se pueden adquirir o mantener trabajando. Además el desempleo prolongado está asociado a diversos males sociales tales como la pobreza, la exclusión social, problemas de salud mental, drogadicción y alcoholismo, malos tratos en el entorno familiar, etc...

No hace falta recordar que el desempleo afecta más a determinados colectivos discriminados o desfavorecidos. Un programa de GE daría una oportunidad precisamente a los trabajadores más desfavorecidos. De hecho, es probable que los trabajadores más preparados prefieran no entrar en este tipo de programas y seguir buscando empleo en el mercado. Por tanto, primordialmente, se trataría de recuperar a personas que carecen de alternativa. En un puesto de trabajo ofrecido por el estado estas personas tendrían la oportunidad de adquirir nuevas habilidades y competencias y, en definitiva, un currículum vitae. Un beneficio adicional de un programa de GE es que aumentará el atractivo para el mercado de las personas menos “empleables”. Permitiría sacar a muchas personas condenadas hoy en día a trabajar en el sector informal y tendría la ventaja de mejorar la autoestima de personas a las que, de otra manera, no se les presentarían oportunidades profesionales dignas. Otra utilidad es su potente efecto anticíclico pues en períodos de recesión se mantendría el poder adquisitivo de los asalariados evitando caídas bruscas en la demanda.

Gestión del programa de GE

Podemos anticipar que una propuesta de GE provocará todo tipo de objeciones. Sin embargo éstas no deberían desanimarnos de considerar un plan de GE pues sus beneficios sin duda superarán los costes y riesgos.

Las objeciones más evidentes empezarán por los inevitables retos de gestión. Imaginamos que una que surgirá de inmediato es a que los fondos puedan ser desviados por gestores corruptos a sus bolsillos, como ocurrió en Andalucía con la trama de los EREs. Se puede evitar este riesgo con una gestión transparente, publicando, por ejemplo, los listados de los participantes en el programa y realizando los pagos de los salarios directamente a la cuenta del beneficiario desde la cuenta del Tesoro o la caja de la Seguridad Social.

Para que el trabajador sea eficaz el estado deberá asegurar que disponga de medios, herramientas y capital productivo. Obviamente se denunciará el sobrecoste para el estado de asumir un plan de inversiones propias de un empresario. Sin embargo, creemos que el retorno económico y social permitiría rentabilizar esta inversión sin demasiada dificultad, simplemente por el efecto multiplicador del gasto público en una situación de profunda anemia de la demanda.

Sin duda los neoliberales denunciarán el “estatismo” implícito en el hecho de que el estado se podría convertir en un gran empleador. Sin embargo, el programa podría gestionarse de forma descentralizada, con una supervisión mínima del estado central, por ejemplo desde los ayuntamientos o las comunidades autónomas.

Para evitar acusaciones de que el estado crea empleos ficticios y poco productivos debe asegurarse que los proyectos sean relevantes y que sirvan para ofrecer productos y servicios que den verdadero valor a la sociedad. En la medida de lo posible debería evitarse la competencia con actividades que puede ejercer el sector privado para evitar acusaciones de competencia desleal. La selección de proyectos del GE deberá ser sometido a algún tipo de supervisión y autorización previa para asegurar que cumpla con el objetivo de producir bienes y servicios útiles para la sociedad y garantizar un empleo de calidad para el trabajador. No cuesta, sin embargo, imaginar actividades fructíferas y provechosas. Podemos citar programas asistenciales para personas dependientes, proyectos de embellecimiento de ciudades y pueblos, obras de infraestructura, cursos de formación, fomento de la cultura, conciertos gratuitos en localidades sin dotaciones culturales, planes de conservación de montes, etc… Un plan de GE podría tener la ventaja de aumentar la oferta de bienes públicos a un coste muy bajo pues los nuevos salarios remplazarían las prestaciones de desempleo.

Una objeción que podría surgir del sector empresarial es que un programa de GE podría envalentonar a los trabajadores que podrían exigir mejoras en sus condiciones laborales a sabiendas de que, en caso de fallar su envite frente al patrón, siempre les quedaría el recurso del empleo ofrecido por el estado. Este temor tendría fundamentos para los salarios más bajos. Sin duda el programa ofrecería salarios dignos pero no demasiado elevados. Por tanto este envalentonamiento podría servir para mejorar las condiciones laborales de los trabajadores menos cualificados. ¿Pero no es eso mismo lo que se pretende conseguir con el salario mínimo con menor eficacia? Para tranquilidad de los empresarios, cuanto mayor sea la brecha entre el salario pagado por el sector privado y el ofrecido por la GE, tanto peor sería para el trabajador arriesgarse a perder su empleo en el sector privado.

Un repaso a algunas objeciones adicionales se puede encontrar en el blog de Bill Mitchell: http://bilbo.economicoutlook.net/blog/?p=30759.

Experiencias del mundo real

Randall Wray[1] y Dimitri Papadimitriou[2] han descrito las experiencias internacionales de diversos programas de Garantía de Empleo. El New Deal de los EE.UU. en los años 30 creó dos programas, el Civilian Conservation Corps y la Works Program Admistration que dieron trabajo a cerca de 13 millones de personas y dejaron un legado de edificios públicos, carreteras, ferrocarriles y puentes. Es probable que el impacto de esos programas repercutiera en el progreso de EE.UU. hacia la hegemonía económica de la posguerra.

Durante la crisis provocada por la convertibilidad del Peso y su posterior abandono, Argentina vio cómo su tasa de desempleo alcanzaba el 21% y la renta del 50% de la población cayó bajo el umbral de la pobreza. En abril de 2002 el gobierno de Argentina implantó el programa Jefes de Hogar[3] que ofrecía una retribución de 150 pesos al mes por cuatro horas de trabajo diarias. Si bien no se trataba de un programa de GE universal, pues solo contemplaba la contratación de un cabeza de familia en familias empobrecidas a media jornada, permitió la creación de 2 millones de puestos de trabajo, el 13% de la población activa. El programa Jefes tuvo un impacto en la estabilización de la economía y la rápida recuperación económica que siguió al “corralito”. Paradójicamente, aunque el programa se diseñó para ofrecer un puesto de trabajo al cabeza de familia, fueron las mujeres las que mayoritariamente se inscribieron en él. Los hombres prefirieron seguir buscando trabajo el sector privado.  Por eso un efecto colateral positivo fue la incorporación de mujeres al mercado laboral.

En la India se aprobó en 2005 la Ley de Garantía de Empleo Rural que obliga al estado a ofrecer un puesto de trabajo en proyectos de obras públicas a cualquiera que viviera en zonas rurales. Tras la crisis financiera asiática, Corea del Sur implantó un Plan Maestro para Resolver el Desempleo que llegó a absorber el 10% del presupuesto del estado. Hoy Corea del Sur es una economía próspera que se encuentra cerca del pleno empleo[4]. En Sudáfrica, en respuesta a una tasa de desempleo proyectada del 33% para 2014, se lanzó una iniciativa de 2.500 millones de dólares USA para crear 1 millón de oportunidades laborales acumuladas a lo largo de cinco años. Hoy la tasa de desempleo sigue por encima del 24% así que es probable que el programa haya sido poco ambicioso pero, al menos, se evitó llegar al fatídico 30%.

¿Y en España?

España tiene el dudoso honor de ser uno de los campeones mundiales del desempleo. El problema es especialmente acuciante entre los jóvenes. Este país sería un candidato obvio para un programa de Garantía de Empleo. Randall Wray visitó hace poco Madrid para presentar su libro, Teoría Monetaria Moderna, recientemente traducido publicado en España por Lola Books. En diversos foros, actos y reuniones no perdió la ocasión de presentar una propuesta de Garantía de Empleo. Wray es consciente de que existe una limitación presupuestaria para un gobierno que no dispone de soberanía monetaria. Un programa mínimamente ambicioso, ante las obscenamente altas tasas de desempleo de nuestra economía, obligaría a contratar a millones de personas, lo cual contribuiría a aumentar rápidamente nuestro déficit fiscal y dificultaría el cumplimiento de nuestros compromisos con Bruselas. Podríamos plantear una salida del euro pues un gobierno que disfruta de soberanía monetaria no estaría limitado en su capacidad de contratar a desempleados nacionales. Sin embargo este es un tabú que nuestra clase política se niega a considerar. Por eso el Prof. Wray propuso algunas soluciones: 
  1. Aunque la vocación de un programa de GE debería ser universal, se podría implantar un programa inicialmente limitado a determinados colectivos, como por ejemplo los jóvenes.
  2. Conseguir que la Unión Europea financie directamente el programa. Esto podría ser un primer paso hacia una integración fiscal y un sistema de transferencia de rentas dentro de Eurolandia (ambas medidas, por cierto, son indispensables si se pretende que sobreviva la unión monetaria a largo plazo).
  3. Financiación directa por el Banco Central Europeo.

Otro inconveniente para la economía española es la elevada propensión marginal a importar del consumo doméstico. Es previsible que parte el efecto multiplicador del aumento del gasto público destinado a la GE se pierda en un aumento de las importaciones. Esto es inevitable pero hay que reconocer que las clases menos pudientes tienden a consumir menos BMW y caviar de importación y más SEAT y chorizo de Cantimpalos.

Pese a las restricciones presupuestarias, la utilidad de un programa semejante para conseguir una rápida recuperación de la economía española es indudable. Lamentablemente los grandes medios de comunicación no se hicieron eco de la visita de Randall Wray a Madrid. A diferencia de Thomas Piketty, a quien Pedro Sánchez Pérez-Castejón recibió con grandes alharacas, el único dirigente político que lo recibió fue Eduardo Garzón, de Izquierda Unida (IU). Con posterioridad IU sacó una nota de prensa proponiendo un plan de trabajo garantizado[5] que plantearía una retribución mensual de 900 a 1.200 euros en función de la cualificación del trabajador. Estiman que el coste anual para el estado sería de 15.000 millones de euros pero, debido al incremento en la recaudación vía impuestos, posiblemente el coste final se quedaría en 9.600 millones, es decir, no superaría el 1% del PIB.
Me consta que Wray también fue recibido por Podemos aunque en ese partido siguen postulando un programa de renta básica. En realidad la renta básica y la garantía de empleo no tienen por qué ser mutuamente excluyente. Reiteramos que es una lástima que otros partidos, mayoritarios no se hayan hecho eco de esta visita.

Si España es el problema ¿es Europa la solución?

En 1999 Jan Allen Kregel[6] publicaba un artículo crítico con el proyecto de Unión Monetaria Europea (UME), que se construía sobre la premisa de que la estabilidad de precios llevaría a nuestras economías inexorablemente a un proceso virtuoso de crecimiento. Advertía Kregel que la UME, con un fuerte sesgo deflacionista e inspirado en el modelo alemán de prosperidad basada en las exportaciones, sería incompatible con el crecimiento y el empleo en los países periféricos. Pronosticaba que en éstos los costes laborales unitarios crecerían más rápidamente que los de Alemania, provocando un deterioro de sus balanzas comerciales. La erosión de su competitividad no podría ser compensada con devaluaciones de su moneda como en el pasado y por tanto su destino sería padecer altas tasas de desempleo y episodios de deflación salarial.

Kregel propuso implantar un plan de Garantía de Empleo para la UME. Tendría la ventaja añadida de estabilizar la demanda y los precios y por tanto corregir el fuerte sesgo deflacionista de la UME. Sin embargo, la financiación de este gasto por los estados periféricos de Eurolandia les obligaría a incurrir en déficit fiscales crecientes. Por eso Kregel abogaba por un programa que se gestionara a nivel europeo. Por ejemplo, los gastos del programa de GE podrían no computar en los límites establecidos por el Tratado de Maastricht. Incluso podría plantearse que fuera pagado directamente por el Banco Central Europeo, lo cual obviamente obligaría a modificar los tratados de la UE.

Quienes postulen la Garantía de Empleo como solución al problema del desempleo tendrán que enfrentarse a la reacción de aquéllos que consideran que ofende al sentido común utilizar los recursos de todos para poner a la gente a trabajar en la producción de bienes y servicios útiles. Buscarán todo tipo de argumentos más o menos peregrinos para aducir que semejante plan no funcionaría o, lo que es peor, pervertiría el orden natural de nuestra sociedad. Llevados al extremo llegarán a afirmar que sería improductivo e ineficiente, incluso ante la evidencia clamorosa de que es un derroche aun mayor mantener a una cuarta parte de los trabajadores inactivos y a la mitad de la juventud sumida en la desesperanza. Sin embargo, proponer ideas para conseguir una acelerada salida del desempleo para millones de seres humanos desesperanzados, aun a costa de enfrentarse a las más feroces críticas de individuos recalcitrantes sometidos a un dogma obsoleto, es un empeño noble que merece la consideración de toda persona compasiva e intelectualmente honesta.




[1] Teoría Monetaria Moderna publicado por Lola Books
[2] Need jobs? Call on government
[5] http://www.izquierda-unida.es/node/15189
[6] CURRENCY STABILIZATION THROUGH FULL EMPLOYMENT: CAN EMU COMBINE PRICE STABILITY WITH EMPLOYMENT AND INCOME GROWTH? Eastern Economic Journal, Vol. 25, No. 1, Winter 1999

lunes, 13 de abril de 2015

Maldita curva de Phillips

Villaviciosa de Odón a 15 de abril de 2015

Después de la 2ª Guerra Mundial los gobiernos aplicaron políticas de inspiración keynesiana, que combinaban estímulos fiscales y bajos tipos de interés, para acercarse al pleno empleo. Las décadas que van desde 1950 a 1970 fueron una época dorada de crecimiento e igualación de rentas. Pero los críticos al keynesianismo no perdieron comba. Si bien las tasas de inflación fueron moderadas hasta los años 70, la experiencia demostraba que los estímulos fiscales prolongados podían provocar un exceso de la demanda sobre la oferta, cuellos de botella y tensiones inflacionistas. Ya en 1958 el economista neozelandés, William Phillips,  describió una teórica relación inversa entre tasa de inflación y tasa de desempleo de forma que, si queríamos pleno empleo, habría que aceptar un aumento de precios y, si queríamos moderar los precios habría que aumentar el desempleo. Para evitar el “sobrecalentamiento” de la economía, una vez alcanzado el pleno empleo, los gobiernos se creían obligados a retirar los estímulos. Estas oscilaciones en las políticas generaban ciclos de “boom and bust”, expansiones seguidas de recesiones y caídas en el nivel de empleo.

Ilustración 1. Curva de Phillips

Actualmente la curva de Phillips es un concepto desacreditado. Si la dibujamos para la economía española de los últimos años obtenemos la figura que aparece en la ilustración 2. Si son Vds. capaces de llegar a alguna observación concluyente, más allá de que en España el desempleo es brutalmente elevado desde hace algunos años, les felicito. El concepto que ahora emplean los técnicos es el de “Non-Accelerating Inflation Rate of Unemployment (NAIRU)” o tasa de desempleo no aceleradora de la inflación. La idea subyacente sigue siendo tan miserable como la de la curva de Phillips: hay que combatir la inflación sacrificando vidas de personas. Salvo la pereza intelectual, no puede haber otra justificación para una idea tan absurda: arreglar un problema destruyendo capacidad productiva. En cualquier caso la realidad es que nuestros gobiernos, sobre todo a partir del período inflacionista iniciado con la crisis petrolera del año 1973, no han dudado en generar lo que Marx llamaría un “ejército industrial de reserva” para domar la inflación.


Ilustración 2. Curva de Phillips de la economía española.

La fobia a la inflación, desde mi punto de vista, responde más a unos intereses de clase vergonzantes que a una verdadera utilidad económica. Los episodios de hiperinflación en las democracias avanzadas han sido rarísimos y, aun así, se ha empleado como espantajo para atajar veleidades keynesianas. El episodio de los años 70 se debió más a la subida del petróleo que al pleno empleo, pero fue aprovechado para enterrar al keynesianismo. La obsesión antiinflacionista responde más bien a una oportunista argucia para erosionar el poder negociador de la clase trabajadora. Cuanto más real sea la amenaza de que los trabajadores podrían perder su empleo más fácil será rebajar sus condiciones laborales. Pero queda más elegante decir que el estado necesita sacrificar algo de empleo para controlar los precios. Son esos sacrificios pagados por la población para salir de la crisis que dicen reconocer los políticos pero que siempre son en cabeza ajena. La victoria ideológica de los neoliberales en Europa y EE.UU. a partir de los años 80 quizás explique que el problema del desempleo se haya cronificado en muchos países como el nuestro. España es una nación muy sacrificada.

A la lucha contra la inflación se añaden los compromisos de mantener un tipo de cambio artificial asumidos por muchos gobiernos. El patrón oro provocó crisis económicas que conducían a la deflación y altas tasas de desempleo en el período de entreguerras. La experiencia demuestra que, bajo regímenes de tipo de cambio fijo, el margen para aplicar políticas de pleno empleo se ve reducido por la necesidad de mantener un alto nivel de reservas; sobre para economías con déficit en la balanza de pagos. Este el caso de España que, además de responder a la inflación de los años 70 con políticas de ajuste, se empeñó en fijar su tipo de cambio respecto a las restantes monedas europeas. La unión monetaria europea es un ejemplo extremo de tipo de cambio fijo que ya ni siquiera deja el recurso de devaluar a nuestros gobiernos. Por ello, su diseño es fuertemente deflacionista. Desde la crisis del petróleo el pleno empleo se ha convertido en un lejano recuerdo que muchos de nosotros ni siquiera hemos vivido. Pareció que nos aproximábamos durante la burbuja a ese escenario más feliz. Sin embargo, su estallido y las fallidas políticas de austeridad causaron una hemorragia de empleo que no habría detenido ni la más ambiciosa reforma estructural neoliberal.

lunes, 5 de enero de 2015

Por qué la Unión Monetaria Europea es deflacionista (post conjunto con Miguel Navascués)

La Unión Europea ha creado una Unión Monetaria Europea (UME) dotada de un diseño institucional peculiar en el que la política monetaria se desliga completamente de la política fiscal. Cuando un estado es monetariamente soberano, el Banco Central gestiona la política monetaria mientras que el gobierno gestiona la política fiscal. Sin embargo ambas suelen estar coordinadas. Son las decisiones de gasto de los gobiernos las que ponen el dinero en manos del público y de las instituciones financieras. Para evitar la depreciación de la moneda los gobiernos drenan liquidez del público a través de los impuestos. El estado por tanto está permanentemente creando y destruyendo dinero. A su vez los bancos centrales juegan un papel clave en la determinación de los tipos de interés y la gestión defensiva de las reservas de dinero en el sistema financiero. Esta coordinación será fundamental si, por ejemplo, el mercado decidiera que no quiere comprar las emisiones de deuda pública en cuyo caso el banco central puede jugar el papel de prestamista de última instancia.

La UME crea un Banco Central Europeo (BCE) en el que se integran como brazos operativos los bancos centrales de los países miembros. En cambio los estados miembro retienen sus tesorerías nacionales. Pero éstas y el BCE no coordinan sus políticas monetarias y fiscales. De hecho el BCE tiene prohibido apoyar a las tesorerías nacionales acudiendo a sus emisiones o comprando su deuda en operaciones de mercado abierto.

Solo excepcionalmente el BCE podrá comprar emisiones en el mercado secundario bajo la condición de un programa de rescate que obligará al estado en dificultades a aplicar programas de austeridad. Por la puerta de atrás, a través del sistema Target 2 y las líneas de liquidez abiertas a los bancos privados, el BCE ha permitido que éstos adquieran deuda pública. Sin embargo el mecanismo de respaldo de la deuda pública es difícil de gestionar y, por tanto, propenso al caos.

En realidad la UME deja a los estados en una situación similar a la de una administración regional sin capacidad de emitir dinero y obligada a limitar su gasto a su capacidad de recaudación de impuestos y de endeudamiento. El Tratado de Maastricht impone además limitaciones al porcentaje de deuda máxima en el que puede incurrir un estado (60% del PIB) y de déficit público (3% del PIB). Estos límites obligan a los estados a recortar el gasto público en situaciones recesivas. Incluso durante un ciclo económico al alza se cercena la capacidad de los estados para asegurar el pleno empleo. Es casi seguro que alcanzar un objetivo de pleno empleo obligaría a superar los umbrales de Maastricht lo cual está prohibido.

Para un país como España endeudarse en euros supone, de facto, ponerse a merced de los mercados y esto le obliga a actuar con extrema cautela y prudencia fiscal. Además los anteriormente citados límites institucionales crearon las condiciones para la monumental crisis financiera de 2011 que estuvo a punto de expulsar de la zona Euro a varios estados miembro y que no se calmó hasta que Draghi pronunció sus famosas “trece palabras”. Además puso a los gobiernos de Italia y España en una situación de impotencia.

Tritchet pudo chantajearlos impunemente condicionando la ayuda del BCE a la imposición de una agenda política de diseño neoliberal. Las imposiciones del anterior gobernador del BCE pretendían acabar con la negociación colectiva, abaratar el despido y retrasar la edad de jubilación, entre otras medidas de difícil justificación que no revelan otra lógica económica que el predominio de la doctrina neoliberal en las instituciones comunitarias y que poco o nada tenían que ver con la infame prima de riesgo. Lo que sí tenía la agenda impuesta por Tritchet y servilmente aplicada por Zapatero y Monti en sus respectivos países era un fuerte sesgo deflacionista.

Como explica Ian Kregel[1], el euro se fundamentaba en una “cultura de la estabilidad” de precios y salarios, objetivos que priman sobre el de pleno empleo. Se pretendía favorecer el crecimiento creando una sobreoferta de empleo conseguida merced a políticas estructurales liberalizadoras. Primaba tener la capacidad de competir con los países emergentes. Los promotores del proyecto de la moneda común pensaban que era posible crear crecimiento económico gracias a las políticas de oferta sin necesidad de aumentar el gasto público y la oferta de dinero. Los padres fundadores del Euro, formados en la época de la “estanflación”, creían que la estabilidad de precios era la condición necesaria y suficiente para asegurar el crecimiento económico. Obviamente esto se ha demostrado falso pero los prejuicios ideológicos muestran una gran resistencia a aceptar la evidencia que los refuta.

Randall Wray explicaba que el estado determina el valor del dinero mediante sus programas de gasto público. Si el estado decide comprar bienes y servicios a precios superiores a los de mercado generará inflación ya que pujará los precios al alza. A la inversa, el estado puede decidir inducir una deflación pagando bienes y servicios a un precio inferior al de mercado. El mecanismo es un poco más complejo que lo que sugiere la frase anterior. Requiere un paso previo de implantación de políticas de austeridad que drenen liquidez y reservas del sistema, generen desempleo y finalmente produzcan caídas de salarios y precios. Pensemos en el efecto que tuvo la congelación de los salarios de los funcionarios y la eliminación de las pagas extraordinarias de diciembre en 2011. Estas decisiones pusieron menos dinero en manos del público y provocaron un hundimiento del consumo desencadenando el proceso deflacionista que experimenta nuestro país actualmente.

Al sesgo deflacionista por diseño de la UME se agrava con la asimetría descarada del BCE en el tratamiento de la inflación, una actitud heredada del Bundesbank. Si bien esta entidad marca un objetivo de inflación inferior pero cercana al 2%, reconozcamos que no actúa con la misma contundencia cuando se supera el objetivo que cuando no se alcanza.  En los dos últimos años el BCE no ha sido ni siquiera capaz de acercarse a su objetivo explícito.

En un post de su blog Miguel Navascués nos cuenta como la política de relajamiento cuantitativo (QE) que buscaría expandir la oferta monetaria sería incapaz de aumentar el balance del BCE y de inducir una expansión de la oferta monetaria entre otras causas, por la falta de credibilidad en que el objetivo de oferta monetaria vaya a ser permanente. En otro post Frances Coppola nos explica por qué la QE, aunque aumente la base monetaria, finalmente no aumentará la oferta monetaria. El BCE estaría tratando de empujar la soga cuando en realidad son los bancos y los gobiernos los que deben tirar de ella; éstos con políticas fiscales (restringidas por los pactos de estabilidad europeos) y aquéllos concediendo créditos que no quieren dar pues no buen buenas oportunidades de inversión.

En conclusión la UME es deflacionista debido a la cultura de estabilidad de precios que imprime carácter a sus instituciones, a la asimetría en la respuesta del BCE por encima o por debajo del objetivo del 2% y a los límites institucionales al pleno empleo. Reconozcamos asimismo que el camino hacia la creación del Euro marcaba unos objetivos de convergencia que obligaron a los estados que deseaban integrarse en la UME a elevar los tipos de interés, limitar la oferta de dinero y recortar el gasto público. El Euro, criatura de la época de la "estanflación", nació con vocación deflacionista.

Paradójicamente, la UME ha facilitado la generación de burbujas especulativas y las subsiguientes crisis de deuda como la que están experimentando los países europeos actualmente en crisis (los despectivamente llamados PIIGS). La UME limita la capacidad de creación de dinero de los estados pero no el de las instituciones financieras privadas que escapan al control y supervisión de sus estados nacionales. La acumulación de deudas en el sector privado en países como España o Irlanda desencadenó el “momento Minsky” que sigue a las burbujas especulativas y la “recesión de balance” tan certeramente descrita por Richard Koo. Pese a las limitaciones del Tratado de Maastricht, el deseo de los particulares por desendeudarse ha llevado a un crecimiento acelerado de la deuda pública en un proceso que ya explicamos en un post anterior. La tardanza en crear una unión bancaria además contagió los riesgos asumidos por el sector privado a la deuda soberana limitando la capacidad de respuesta de los estados al ciclo recesivo.

Salir de esta crisis de deuda es más complicado con deflación. Una inflación moderada erosiona el valor real de las deudas y permite acelerar el proceso de desapalancamiento; en cambio, la deflación aumenta el valor real de la deuda y de los costes financieros. La situación es más grave si cabe pues la receta propuesta por la UE para salir de la crisis se basa en reformas estructurales. La premisa de Bruselas es que éstas aportarán ganancias de competitividad a los países deudores a fin de que mejoren su balanza de pagos hasta tornarlas positivas. 

Si lo que se pretende es que los costes laborales unitarios de los trabajadores portugueses, griegos o españoles desciendan más rápidamente que los de los alemanes o los holandeses este proceso sería facilitado si en Alemania la inflación fuera del 3% ó el 4% y en los PIIGS del 1% ó el 2%. Sin embargo la inflación de la zona Euro no supera el 1% lo cual no solo retrasa el proceso de ganancia de competitividad sino que además ha llevado a las economías de la periferia a situaciones de deflación y destrucciones de empleo mucho más intensas. La deflación, acompañada de sus secuelas de desempleo y miseria, será duradera pese a las albricias con las que RTVE, Guindos y Rajoy reciben cualquier dato económico mínimamente positivo.

La deflación no ha dejado de tener un efecto negativo sobre las deudas de los sectores público y privado, como se puede ver en el gráfico adjunto. Pese a la austeridad propagada, la verdad es que las deudas no hacen más que aumentar, tanto frente a acreedores internos como externos (datos del BdE).








[1] Véase el artículo de Jan Kregel, Currency Stabilization through Full Employment: Can EMU Combine Price Stability with Employment and Income Growth? Publicado en Eastern Economic Journal, Vol. 25, No 1, Winter 1999.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El país que renunció a tener su moneda

A vueltas con el artículo 135 de la Constitución.

Estas dos últimas semanas uno de los redactores de la enmienda al artículo 135 de la Constitución Española, Pedro Sánchez Pérez Castejón, ha anunciado que su grupo parlamentario se adhiere a la propuesta de que se modifique de nuevo en el sentido de blindar determinados derechos sociales. No entraré en el procedimiento de urgencia utilizado por el último gobierno de Zapatero para aprobarla aunque sin duda hubiera sido beneficioso para todos haberla discutido, porque la reforma no fue en absoluto trivial. Las versiones antigua y nueva de la reforma se pueden encontrar aquí.

Desde mi punto de vista el apartado más relevante de este artículo es el compromiso de mantener un déficit público estructural por debajo de los márgenes establecidos por la Unión Europea. Este se concretó en la Ley 2/2012 de Estabilidad presupuestaria, estableciendo un déficit estructural máximo del 0,4% del PIB. El artículo contempla que ese objetivo no se cumpla en situaciones de crisis económica o catástrofe. Economistas Frente a la Crisis (EFC)  ha publicado un magnífico blog en el que definen esa extraña criatura que se llama déficit estructural y cuestionan la conveniencia de introducir en el ordenamiento constitucional un objetivo de política económica basado en un parámetro que solo se puede estimar.

Estoy de acuerdo con EFC pero además pienso que la reforma es un brindis al Sol porque nunca se habría podido cumplir. No solo en la situación actual de depresión profunda, en la que estamos tan alejados de la senda de crecimiento potencial del PIB. Aunque quisiéramos, seguramente tardaríamos más de una década en cumplirlo. También porque, aún si estuviésemos en la senda de crecimiento potencial del PIB, probablemente no fuera deseable porfiar en cumplir el objetivo de déficit estructural.

Parto de la tesis de los economistas partidarios de la Teoría Monetaria Moderna (TMM) para quienes lo óptimo es que el estado nunca tenga un superávit y, si intenta conseguirlo, llevaría la economía a la deflación. Cito literalmente a uno de ellos, Randall Wray:
"... our analysis show that a balanced budget is the theoretical minimum possibility that is sustainable; the practical lower limit is a continuous deficit and any surplus will be short-lived because it will unleash strong deflationary forces. Further, there is no 'optimal' or even 'maximum' internal deficit or debt-to-GDP ratio consistent with fiscal prudence. The balanced budget ammendment would impose unnecessary and impossible fiscal restraint on the US." (Randall Wray. Understanding Modern Money).
Para entender por qué el estado no debería tener nunca un superávit hay que comprender antes el proceso de creación y destrucción del dinero. Creo que todos tenemos claro que el dinero es una creación del estado; no se extrae de una mina ni crece en los árboles; tampoco se genera en virtud de un misterioso algoritmo como el bitcoin. El estado pone el dinero en circulación cuando paga servicios y productos que adquiere con él: sueldos de funcionarios, contratos de obras públicas, compras de material bélico, etc... En el momento de ordenar un pago puede ser que salgan monedas y billetes de la caja del estado o que se entregue un cheque, en cuyo caso el dinero normalmente se depositará en un banco. El banco experimentará un aumento de sus reservas en balance. Este aumento será breve si el titular de la cuenta decide hacer un reintegro de forma inmediata pero puede también depositarlo en forma de ahorro. El banco podrá utilizar ese excedente de reservas prestándolo a otros agentes económicos, momento en el cual se crea nuevo dinero bancario. Este y no otro es el proceso de creación del dinero: a partir de una decisión de gasto del estado.

El "Twintopt"


Explican los economistas de la TMM que el valor del dinero se deriva de su utilidad para pagar los impuestos que exige el estado. Es lógico que así sea porque, si el estado no aceptara su propio dinero y tampoco nos impusiera el pago de impuestos, ¿para qué querríamos esos papelitos de colores? El dinero es lo que define Randall Wray como "Twintopt", neologismo derivado del acrónimo para "That which is needed to pay taxes", es decir, "lo que se necesita para pagar impuestos". El estado podía haber decidido utilizar sellos de correos, lápices de colores, conchas, tapas de tarrinas de yogur, cromos de equipos de fútbol, canicas, cajas de cerillas o pieles de conejo para el mismo propósito. Lo importante para que algo pueda funcionar como dinero es que el estado lo acepte como medio de pago de los impuestos y además sea difícil de conseguir. Solo se consigue vendiéndole productos o trabajando para el estado.

Cuando el dinero entra en circulación el estado se ve obligado a drenar una parte de sus emisiones mediante la recaudación de impuestos. Metámonos esto en la cabeza: el estado no cobra impuestos para financiar el gasto público; no lo necesita, el gasto público lo financia creando dinero. Los impuestos son el mecanismo que utiliza el estado para drenar liquidez. Si no lo hiciera, inundaría el país con dinero que rápidamente perdería su valor y desencadenaría un proceso inflacionista. Pero no debe excederse imponiendo una tributación excesiva que eliminara todo el dinero creado.

Podemos utilizar como analogía el caso de un fabricante de bebidas refrescantes que gestiona un programa de recogida y reutilización de cascos usados. Sabe que nunca recuperará todas aquellas botellas que puso anteriormente en circulación porque algunas se habrán roto, otras se quedarán en los inventarios de los consumidores y otras las guardarán los clientes porque, por pereza o por negligencia, preferirán no devolverlas. El fabricante de bebidas refrescantes siempre recuperará menos botellas de las que necesita poner en circulación y por tanto tendrá que encargar la fabricación de nuevas si quiere mantener su nivel de ventas.

De forma similar los particulares causarán la destrucción de billetes o querrán retener algún dinero en forma de ahorros o reservas ya por motivos de prudencia, ya con intención de aguardar a alguna oportunidad de inversión. Por tanto el estado deberá limitarse a recuperar aquellos excedentes de liquidez que los particulares no deseen conservar.

Otro mecanismo de drenaje es la deuda pública. Sin embargo las emisiones y las operaciones de mercado abierto que realizan los bancos centrales sirven para gestionar la política monetaria. Tanto el dinero como la  la deuda pública son deuda del estado siendo la diferencia fundamental que ésta paga intereses y aquélla no. Tampoco sirve la deuda pública para financiar el gasto público, como erróneamente se cree, sino que es un mecanismo de política monetaria del que se sirven los bancos centrales para fijar los tipos de interés en el nivel deseado en cada momento por el estado.

Volvamos ahora a la cita de Randall Wray. El punto clave es que los particulares desean mantener unos determinados niveles de reservas de dinero, que no paga intereses, y de inversión en deuda pública, que sí los paga. Esos niveles corresponden a la diferencia entre lo que el estado debe poner en circulación y recaudar mediante impuestos. Si el estado incurriera en un superávit estaría recaudando impuestos por un importe superior al de su gasto público.  Dicho de otro modo, el estado drenaría más dinero del que inyecta en la economía. Eso provocaría una reducción de los ahorros y reservas de los particulares los cuales se verían obligados a reducir su consumo para volver a los niveles que desean mantener. A su vez, ese proceso llevaría a la economía a una situación de deflación y desempleo. El corolario es que lo óptimo es que el estado nunca incurra en un superávit. Lo deseable es que siempre tenga un déficit para que el sector privado alcance los niveles de reservas de dinero, letras del tesoro y bonos del estado que desea mantener en sus carteras.

Otra conclusión interesante es que el estado no puede suspender pagos porque siempre puede pagar sus gasto con dinero, el que él mismo crea.

Lo raro es el superávit del estado


De hecho, el estado español históricamente ha mantenido una posición deficitaria. Con la excepción del primer mandato de Zapatero, bajo todos los demás presidentes del gobierno el estado han soportado un déficit. El superávit de Zapatero fue de escasa duración y al iniciarse nuestra crisis no solo desapareció sino que entramos en una situación de déficit "galopante".

Los economistas de la teoría monetaria moderna explican que un superávit no es deseable pero ¿debería preocuparnos que se dispare de esta manera el déficit? ¿Hay alguna lógica al mandato del artículo 135? Quizás sí haya lugar para algunas normas prudenciales.

El caso de la economía abierta

Examinemos el caso de una economía abierta al comercio exterior con libre movimiento de capitales. En este caso el sector privado podría obtener financiación del extranjero y los bancos reservas mayores de las que conseguirían de su propio estado y por tanto podrían crear dinero bancario sin recurrir a la moneda nacional.  En una economía cerrada lo normal será que el sector privado  tenga una posición ahorradora neta ya que el estado estará en situación de déficit. En cambio, en una economía abierta podría darse el caso de que el sector privado se endeudara de forma creciente con el exterior. Es incluso posible que tanto el sector público como el privado estén en  una situación financiera neta deudora. El sistema podría volverse inestable resultando en un crecimiento sin límites de la deuda del sector privado.

Wynne Godley y Francis Cripps nos explican en su tratado, Macroeconomics, que una economía abierta es intrínsecamente inestable. Una economía cerrada permite al estado regular la oferta monetaria sin mayores dificultades. En cambio en una economía abierta ese puede no ser el caso. Godley y Cripps enseñan que la condición que debe cumplirse para que el sistema sea estable es que el posicionamiento fiscal (definido como gasto público dividido por la presión fiscal) y el rendimiento exportador (exportaciones divididas por la propensión marginal a importar) sean iguales. El estado puede recurrir a las devaluaciones de su moneda o dejar que ésta se deprecie para mejorar el rendimiento exportador o podría cambiar su posicionamiento fiscal, incurriendo en un superávit que compense el creciente endeudamiento privado. También puede introducir controles de capitales para frenar la creación de dinero bancario que siga financiando el crecimiento del consumo y las importaciones. Lo importante es comprender que en una economía abierta hay riesgos pero un estado prudente tiene herramientas para gestionarlos y estabilizar la economía.

Pero los comportamientos imprudentes no se pueden descartar. Pudiera ocurrir que el estado decidiera endeudarse en moneda extranjera porque pensara, erróneamente, que el mercado doméstico no tiene más capacidad para financiar sus actividades. Sabemos que esto no es cierto, pues al estado le basta con emitir nueva moneda (y cobrar los impuestos a continuación). Mientras haya recursos y empleo ociosos podrá hacerlo sin provocar inflación. Pero hay estados que son incapaces de implantar un sistema tributario eficaz y pueden autoengañarse pensando que pueden financiarse más fácilmente en el exterior. También puede suceder que un estado decida adquirir bienes y servicios que no se producen en su país. Eso podría justificar el recurso al endeudamiento en una moneda extranjera. Este sería el caso, por ejemplo, de las compras de material bélico sofisticado o material ferroviario con tecnología extranjera. Si no es prudente, el estado puede encontrarse con una deuda externa elevada y a "merced de los mercados" ya que no puede controlar las oscilaciones de las divisas y su crédito puede caer ante los inversores internacionales.

En caso de crisis el estado podría encontrarse con dificultades para hacerse con las divisas que necesita para hacer frente al servicio de la deuda. En tal situación podría verse obligado a imponer medidas de austeridad sobre su población para generar divisas mediante una balanza comercial positiva. Como dice Randall Wray (op. cit.) deberá "reconocerse que esto solo se debe a que el gobierno deseaba bienes y servicios que no se vendían en su moneda doméstica. En los demás casos el gobierno no está sujeto a la 'disciplina del mercado' y se habría autoinfligido la austeridad y las penalidades." Esta es la situación que vivió Amércia Latina en los años 80 y que originó la "década perdida". Eran estados con escasa capacidad para recaudar impuestos que neutralizaran las reservas excesivas de dinero y que se vieron tentados por la oferta de financiación externa. El resultado ya es conocido: hiperinflación y crisis de deuda.

Un artículo 135 cuyo objetivo fuera una gestión prudente en el escenario descrito anteriormente habría impuesto una limitación, no al déficit público, sino al endeudamiento en una moneda extranjera. Pero la situación española no solo es la de un país con una economía abierta sino también la de un miembro de una unión monetaria.

Unión monetaria sin unión fiscal


Los economistas de TMM predijeron a finales de los años 90 que este experimento de unión monetaria, la zona Euro, sin unión fiscal sería inestable. En esta unión monetaria existe un Banco Central Europeo, cuyo papel se limita a intervenir en el mercado monetario aportando o drenando reservas a los bancos, pero que no puede hacer operaciones de mercado abierto con deuda soberana. No existe un gobierno federal.

En este diseño institucional lo cierto es que no existe ningún vínculo ente los procesos de creación y destrucción de dinero a nivel nacional, pero tampoco a nivel europeo. Por este motivo la Eurozona es un sistema caótico. La condición que imponían Godley y Cripps para que el sistema macroeconómico fuera estable (la igualdad entre posicionamiento fiscal y rendimiento exportador) ya no se puede asegurar. El estado carece de las herramientas que aseguran ese equilibrio pues no puede devaluar la moneda o imponer restricciones al libre movimiento de capitales.

Los estados miembros, si se endeudan, lo hacen en una moneda que, a todos los efectos, es una divisa extranjera. Los gobiernos se han visto reducidos a la condición de gobiernos regionales pues han perdido su soberanía monetaria. Parecería lógico que tuviesen una capacidad de endeudamiento limitada.  Por ese motivo el tratado de Maastricht impone límites máximos al endeudamiento y al déficit público. También el riesgo de endeudamiento del estado en euros parece justificar una regla de oro como la impuesta en el artículo 135.

Pero la obsesión de los "padres fundadores del Euro" y de los autores del nuevo artículo 135 con la deuda pública no fue acertada pues no reconocieron que el verdadero talón de Aquiles de este sistema estaba en los bancos. Estos podían acceder sin limitación alguna a financiación obtenida en otros países y, por tanto, se convirtieron en creadores de dinero, actuando con independencia de sus estados nacionales y sin necesidad de recurrir a ellos para obtener reservas. Ahora podían financiarse en el mercado interbancario europeo.

En cualquier país de la zona Euro existía el potencial para darse una situación incontrolada en la que un sector institucional aumentase su endeudamiento de forma indefinida. También podía ocurrir, como en Alemania, que se diera un exceso de ahorro y una profunda debilidad del consumo doméstico que el estado renunciaba a corregir porque había otros estados que lo hacían por él (y menos mal, porque si no, hubiese llevado a la mayor economía europea a la deflación hace 10 años). Pero también ocurrió que los bancos españoles captaron las reservas excedentarias de los alemanes y los destinaron a proyectos inmobiliarios, desencadenando una burbuja de proporciones épicas. Tras el estallido de la burbuja, el sector privado se vio obligado a desapalancar su deuda llevando a la economía a un proceso deflacionista.

Un estado con soberanía monetaria podría haber respondido al estallido de la burbuja creando dinero nuevo mediante un ambicioso programa de gasto público que cubriera la brecha en la demanda, evitando así que se disparara el desempleo. De forma automática la deuda se habría transferido en parte al sector público, si no al exterior mediante un forzado ajuste de la balanza de pagos facilitado por una devaluación (no exenta de riesgos pues las deudas externas se encarecerían).

Pero dentro de la Eurozona el estado no debía acudir para llenar la brecha en la demanda nacional y asumir esa deuda del sector privado puesto que solo podía endeudarse en euros sin contar con el respaldo del BCE. Endeudarse voluntariamente era quedarse a merced de "los mercados".

Pero ésa era la teoría. De todas formas, "velis, nolis", los estados se iban a endeudar masivamente. A pesar de todas las cautelas del Tratado de Maastricht, con o sin artículo 135, el proceso transferencia de deuda desde el sector público al privado ocurrió de forma automática (por efecto de los estabilizadores automáticos y la caída de la recaudación) o intencionada (como en el caso del rescate a los bancos y cajas de ahorro). Este endeudamiento excesivo en euros de los gobiernos, sin el respaldo del BCE como prestamista de última instancia, ha llevado al rescate y a la austeridad a varios países de la periferia. Como previó Godley nada hubiese podido impedir ese proceso de aumento acelerado del endeudamiento público pues la alternativa habría sido una deflación aun mayor y, de todas formas, era irremediable.

Así pues reitero que, por mucho que el artículo 135 hubiese estado en vigor anteriormente, habría sido completamente ineficaz. Hemos visto cómo el superávit de la época de Zapatero no impidió la hecatombe económica posterior. Además de innecesario, ese superávit por fuerza fue contractivo e impidió alcanzar el pleno empleo. Supongo que la idea era que el estado español hubiese generado posiciones financieras netas positivas durante el período expansivo con la idea de que luego compensaran el déficit del estado que inevitablemente surgiría. El problema fue que las normas europeas impusieron un dogal a los estados que les impidió actuar de forma eficaz sin impedir el crecimiento desorbitado de la deuda pública denominada en euros, repito, una moneda de facto extranjera. Si hubiese habido un estado federal europeo, con una elevada capacidad de gasto, éste habría podido acudir al rescate de las economías periféricas. Esto  habría permitido que los estados miembro hubiesen evitado, esta vez sí, entrar en un endeudamiento insostenible de forma exitosa. El artículo 135 sin estado federal europeo es inútil.

Si el artículo 135 no sirvió para nada ¿qué se podía haber hecho? Quizás las famosas provisiones anticíclicas que imponía el Banco de España a los bancos españoles hubieran debido ser mas exigentes para limitar la creación de dinero bancario. Es evidente que no fueron útiles, o no tanto como se esperaba.

¿Cuál es la solución para salir de la crisis actual? Alemania no está dispuesta a ayudar al despalancamiento del sector privado español con un programa de gasto público en su país que reduzca su superávit comercial. Por tanto no contaría con Merkel.

Una solución óptima sería la creación de ese estado federal europeo que actuara como creador del dinero y al que acompañara el BCE. Para que funcionara ese estado federal europeo hemos visto que tendría que tener también capacidad de recaudar impuestos en toda Europa. Esto restauraría la coordinación entre política fiscal y monetaria.

¿Alguien cree que los estados miembros de la UE están dispuestos a dar ese paso trascendental? El autor de esta líneas piensa que es improbable. Por eso pienso que para sacar a España de la profunda crisis actual y la deflación lo más realista sería desmantelar de forma consensuada y pactada la moneda común; redenominar todas las deudas, tanto públicas como privadas, a las nuevas monedas nacionales; y aceptar que este proceso causará enormes pérdidas financieras al sistema bancario alemán y a sus ahorradores. No debimos crear una moneda común sin un estado común y el artículo 135 era un pobre sustituto.

domingo, 12 de octubre de 2014

PODEROSO CABALLERO ES DON DINERO

Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España,
Y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Son sus padres principales,
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son Reales.
Y pues es quien hace iguales
Al rico y al pordiosero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

¿A quién no le maravilla
Ver en su gloria, sin tasa,
Que es lo más ruin de su casa
Doña Blanca de Castilla?
Mas pues que su fuerza humilla
Al cobarde y al guerrero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Es tanta su majestad,
Aunque son sus duelos hartos,
Que aun con estar hecho cuartos
No pierde su calidad.
Pero pues da autoridad
Al gañán y al jornalero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra
(Mirad si es harto sagaz)
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra.
Pues al natural destierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
(Francisco de Quevedo)

Quevedo escribió un famoso soneto que denigraba el dinero y sin embargo me atrevería a decir que es una de las creaciones más sublimes del ser humano. El dinero es unidad de cuenta que nos permite asignarle precio a las cosas facilitando su intercambio. Sin dinero el comercio sería reducido a un engorroso trueque. El dinero es una reserva de valor pues al contrario que otros bienes, no se deteriora y en lugar de almacenar toneladas de grano u otros productos perecederos, podemos guardar nuestras riquezas en forma líquida. Nos permite saldar nuestras deudas pues la moneda de curso legal debe ser aceptada como medio de pago. Pocas instituciones humanas cumplen tantas funciones y son por tanto tan útiles.

Es un lugar común decir que en origen el dinero fue un metal precioso, plata u oro, amonedado. La moneda no era más que una pieza metálica con un sello que garantizaba la pureza y peso de la pieza. Sin embargo los reyes podían cobrarse un señoreaje por acuñar moneda entregando monedas con un valor intrínseco inferior al nominal. El sentido común parecía indicar por tanto que el valor de la moneda procedía de su contenido en plata u oro y que la moneda surgió de forma consuetudinaria como medio para facilitar el comercio y evitar el engorroso trueque.

Sin embargo la Aantropología y la Historia cuestionan esta visión convencional. Nuestra explicación acerca del origen del dinero parece deberse más bien a nuestra experiencia moderna. El antropólogo David Graeber piensa que el origen está en el intercambio de regalos en las primitivas sociedades agrarias. Según su punto de vista el dinero surge como una forma de reconocer una deuda y por tanto estaría más bien vinculado al desarrollo del crédito que a la función de intercambio. La primera moneda del hombre sería pues un reconocimiento de deuda, una promesa de pago en el futuro. En las sociedades primitivas no existía la moneda y todo el intercambio se basaba en promesas. Tú me das hoy una calabaza yo mañana te doy algo equivalente en grano, por ejemplo. Randall Wray describe los hallazgos de tablas con muescas encabezadas por el nombre del deudor. Estas muescas se perpendicularmente a lo largo de una línea que luego servía para partir la cuenta por la mitad de forma que cada parte, deudor y  acreedor, conservaban un registro fidedigno. Al saldar su deuda el deudor aportaba su mitad que se podía cotejar con la que conservaba el acreedor.

En realidad hasta la edad moderna la moneda apenas se utilizaba para las transacciones diarias. Desde tiempos inmemoriales el comercio se ha basado en el crédito y en las obligaciones de reciprocidad. Durante el feudalismo el vasallo quedaba obligado a entregar a su señor una parte del producto de su trabajo, en realidad estaríamos hablando de un impuesto no monetario. El dinero parece que lo introdujeron los reyes como una especie de ficha o vale que reconocía una deuda. Antes que pagar a sus mercenarios o sus funcionarios con grano o aceite era más sencillo hacerlo con un título de deuda que el receptor podía utilizar en el mercado para comprar lo que necesitara. El valor de esos vales se derivaba simplemente de que el soberano los aceptaba como medio de pago de impuestos.

No hay otro modo de entender que las monedas hechas de metales de bajo valor como el hierro o el bronce hubiesen circulado en la antigüedad. De hecho el valor nominal solía ser bastante superior al del contenido en plata u oro de las monedas antiguas y por tanto su valor no podía derivarse del precio del metal sino de su uso como medio de librar el pago de impuestos. Parece ser que el uso de metales precios para acuñar moneda se debió más bien a que su escasez dificultaba la falsificación de la moneda.

La idea de que debía haber una correspondencia entre el valor nominal y el facial de la moneda es relativamente moderna y fue algo que tardó mucho en conseguir el estado moderna a costa de grandes dificultades, entre otras la obligación de acumular grandes reservas para poder estabilizar el precio del oro y de la plata y, por ende, el de la moneda. La naturaleza y la capacidad de extraer metales de la tierra limitan la cantidad disponible de plata y oro y por eso su precio podía experimentar oscilaciones salvajes. El problema de los patrones metálicos es que generan grandes problemas de escasez de moneda y así fue hasta que se pudo aumentar la producción sobre todo gracias al descubrimiento de las minas americanas de plata y oro. 

El Imperio colonial español permitió a la corona acceder a las mayores minas de plata del mundo. Entre 1500 y 1750 de México y Perú provino más del 80% de la producción mundial de plata que osciló entre las 40.000 y las 70.000 toneladas. Durante un par de siglos la moneda española, o más precisamente la acuñada en América, circuló por todo el mundo en un circuito que llegaba a los centros financieros de Flandes y Génova o a los puertos comerciales de China de donde procedían valiosas manufacturas. Merced a la plata americana el Rey de España mantenía el ejército más potente de Europa. Adam Smith en La Riqueza de las Naciones, explica cómo el descubrimiento de las minas del Potosí inundó Europa y el mundo de plata y describe su efecto inflacionista con un minucioso análisis de la evolución del precio de del trigo expresado en libras, chelines y peniques desde la edad media hasta el siglo XVIII. La plata del Potosí alimentó una expansión del comercio internacional sin precedentes y provocó un aumento espectacular de la demanda de manufacturas europeas. Sin esa expansión de la oferta monetaria durante los siglos XVI a XVIII quizás no se habría producido la acumulación de capital en Europa que despertó la Revolución Industrial del siglo XIX. La plata del Potosí alimentó una expansión del comercio internacional sin precedentes y provocó un aumento espectacular de la demanda de manufacturas europeas. Sin esa expansión de la oferta monetaria durante los siglos XVI a XVIII quizás no se habría producido la acumulación de capital en Europa que despertó la Revolución Industrial del siglo XIX.


Quizás haya sido el comercio internacional el causante de la convergencia entre valor intrínseco y facial de la moneda. Un extranjero no estaba obligado a pagar impuestos al soberano de otro país y por tanto no habría aceptado el valor facial impuesto por el soberano a sus súbditos. Pero la necesidad de disponer de moneda de plata u oro creaba un problema para aquellos países que carecen de minas de oro o plata. La única forma de conseguir moneda era a través de la exportación de bienes. Un superávit en la balanza de pagos permite a un país acumular reservas de oro y plata. Un país que experimenta déficits prolongados agota sus reservas de oro y plata. La carencia de moneda equivale a una contracción de la oferta monetaria que tiene efectos depresivos severos sobre la economía. Hasta el siglo XIX no eran infrecuentes las crisis de falta de liquidez que sumían a los países afectados en prolongadas depresiones y deflaciones. No sorprende que el mercantilismo fuera una política tan popular en los siglos XVIII y XIX.

Para resolver los problemas generados por la escasez de plata y oro los bancos privados y luego los bancos centrales en régimen de monopolio crearon los billetes de banco cuyo respaldo eran depósitos de plata u oro. Ese respaldo no era del 100% pues los bancos solo conservaban en sus cofres una fracción el oro o plata que respaldaba sus emisiones. Teóricamente se podían redimir los billetes de banco por monedas de plata u oro presentándolos en ventanilla pero esa convertibilidad se fue abandonando gradualmente. En el siglo XIX la escasez de moneda era acuciante y obligó a autorizar emisiones de papel moneda. Una real orden de 3 de junio de 1833 por ejemplo autorizó al Banco Español de San Fernando a duplicar el importe de billetes en circulación, limitándolo a 12 millones de reales. El bimetalismo imperante en muchos sistemas monetarios a principios del siglo y que consistía en una tasa de cambio fijada por ley para cambiar moneda de plata por moneda de oro agravaba los problemas de escasez. Si la tasa de cambio del oro por la plata fijada por ley era de 15,5 a 1 pero en el mercado internacional la tasa era de 16 a 1 era un buen negocio comprar oro a la tasa oficial y venderlo fuera. La moneda de oro se acaparaba y solo circulaba la de plata, un ejemplo del funcionamiento de la Ley de Gresham. El bimetalismo se abandonó a finales del siglo XIX y se impuso el patrón oro.

A finales del siglo XIX el Reino Unido utilizaba un patrón oro pero las necesidades de financiar la primera Guerra Mundial obligaron a ese país a abandonarlo. La guerra provocó problemas de fugas de capitales y de balanza de pagos que debieron resolverse emitiendo papel moneda. Los demás países europeos no tardaron en seguir su ejemplo. Los intentos de reintroducirlo en el período de entreguerras duraron poco pues la Gran Depresión lo hizo insostenible. Muchos culpan al patrón oro de haber agravado las consecuencias de esa crisis económica.

Tras la Segunda Guerra Mundial el acuerdo de Bretton Woods introdujo una limitada convertibilidad del oro del dólar y de las demás monedas respecto al dólar. Los bancos centrales podían intercambiar sus reservas de dólares por oro a razón de $35 la onza. En los años 60 Francia decidió cambiar sus reservas de dólares generando tensiones con EE.UU. Finalmente Nixon decidió abandonar la convertibilidad internacional del dólar en 1971 en gran parte debido a los problemas derivados de financiar la Guerra de Vietnam y de hacer frente a un creciente déficit en la balanza comercial.
El abandono del patrón oro fue saludado por Keynes quien afirmó “nos hemos quitado un enorme peso de encima” pues “el comercio británico recibiría un estímulo mucho más importante de lo imaginable. Es una gran noticia para nuestros empresarios, fabricantes y desempleados que puedan saborear la esperanza de nuevo”.   Debemos sin duda celebrar que en nuestros tiempos se ha renunciado a esa bárbara reliquia del pasado. Hoy en día solo algunos sedicentes economistas liberales, profundamente reaccionarios, como el economista que asesora a Mariló Montero en TVE1, Juan Ramón Rallo, defienden la vuelta al patrón oro. Mariló Montero defiende el Toro de la Vega así que no debería sorprendernos su afición por difundir tradiciones bárbaras.

Circulación fiduciaria

Pero si la moneda no es convertible ¿por qué confía la gente en la moneda “de papel” creada por el estado? La respuesta tradicional es que los agentes “se fían” del estado, de allí procede el término “moneda fiduciaria”. Algunos recordarán que en los antiguos billetes de banco españoles aparecía la leyenda “El Banco de España pagará al portador… X pesetas”. Era un vestigio de cuando los billetes de banco eran convertibles en moneda metálica. Obviamente eso era una ficción desde hacía ya muchas décadas. Hoy en día un billete de 20 euros vale lo que dice el Banco Central Europeo que vale. Pero intrínsecamente nuestro dinero no vale nada. El dinero es simplemente un título que nos reconoce un derecho sobre futuros flujos de ingresos.

Si el dinero no vale nada ¿por qué no se deprecia hasta disolverse triturado en un proceso inflacionista? De hecho se han dado períodos de inflación muy elevada tras el abandono del patrón oro. La hiperinflación alemana del año 23 o la de algunos países latinoamericanos de los años 80 son célebres. Sin embargo los bancos centrales cuando están bien gestionados regulan el crecimiento de la oferta monetaria de forma moderada para asegurar el cumplimiento de un objetivo de inflación moderada.

Teoría monetaria moderna

Entender que el estado no solo regula la oferta monetaria sino que además crea el dinero tiene consecuencias potencialmente revolucionarias. Si el estado quisiera, podría acabar con el desempleo. ¿Cómo? Comprando los servicios y contratando los trabajadores que el sector privado no quiere adquirir. ¿Y cómo lo podría pagar? Con dinero que crea el estado. Las únicas restricciones a las que se enfrenta el estado son la inflación y los arreglos institucionales. Por ejemplo, el estado español no puede hacerlo pues hace más de 10 años renunció a su soberanía monetaria.

La teoría monetaria moderna o neochartalismo postula que, puesto que el estado crea el dinero, su capacidad de compra es ilimitada y además el estado nunca puede ser insolvente. Además los neochartalistas describen y explican los flujos y relaciones entre los balances de los distintos agentes económicos. He creado este blog para dar un repaso a la teoría monetaria moderna y divulgarla.

En España y Europa padecemos una tasa innecesariamente elevada de desempleo y sufrimiento para la población. Opino que las causas se derivan en gran parte de nuestras instituciones y políticas monetarias. La teoría monetaria moderna puede ayudar a quitarnos las legañas de los ojos y entender que otra política es posible. En las próximas entradas de este blog iré describiendo mis reflexiones sobre el neochartalismo y dando a conocer el trabajo de algunos de sus precursores y proponentes como Georg Friedrich Knapp, Alfred Mitchell-Innes, Hyman Minsky, Randall Wray o Wynne Godley.